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Todos decimos “a mí no me va a pasar”, hasta que nos pasa.

Sabemos, porque lo escuchamos a diario, que los periodistas corren riesgos. No hablo necesariamente de ese nivel de riesgo que les cayó encima, casi sin avisar, a los colegas mexicanos que trabajan en las zonas donde la violencia y las guerras de sexenio empezaron a arrasar –eso duele, ofende, nos ha vulnerado a todos, y en algún momento deberá parar–. Hablo de los riesgos a los que cualquier periodista, en acontecimientos inesperados, en momentos coyunturales, bajo una democracia más o menos funcional, está expuesto. Los riesgos que acompañan de manera natural al oficio, aquellos que a veces, de tan cercanos, ya no alcanzamos a ver.

A todos nos ha tocado estar en una marcha en la cual de pronto hay violencia: porros, represión policiaca, provocadores, pueden hacer que termines en medio de una golpiza, de palos y piedras voladores, de bombas molotov, de un tiroteo de balas de goma, o de las otras. El riesgo físico ahí resulta evidente. Está también el riesgo que corremos cuando trabajamos en un asunto delicado: la información que se almacena en la computadora, las llamadas que pueden ser intervenidas, el espionaje si trabajamos temas de corrupción que involucran a políticos o al poder; la información sensible cuando se entrevista a víctimas, a exiliados, a perseguidos. El riesgo entonces radica en la vulnerabilidad del equipo de trabajo, la posibilidad de perder la información y que esta sea usada en tu contra o en contra de aquellos que te han confiado sus historias. Y está también el riesgo que se corre cuando se publica sin completa certeza, sin evidencia, sin corroborar: entonces el riesgo de demandas y acciones legales, de amenazas y vendettas, se convierte también en una posibilidad.

En general, a los periodistas nadie nos prepara para enfrentar estos riesgos para nuestra seguridad –legal, informativa, física, digital–. Por eso, cuando escuché del proyecto Salama (<– link, chéquenlo y hagan el test), y cuando supe que Jorge Luis Sierra (<– link) y su proyecto de seguridad para periodistas de ICFJ Knight estarían dando un taller para quienes trabajamos en la frontera, corrí a apuntarme –el año pasado dieron uno que me quedaba cerquita, en Tijuana, pero yo estaba viajando. Esta vez fue en Nogales, y para allá me lancé.

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Durante un par de días un grupo de 50 periodistas de Sonora, Sinaloa, Nuevo León, Arizona, y otros estados de México y Estados Unidos, compartimos experiencias, estrategias, y aprendimos sobre seguridad: desde la que se consigue recordando los estándares éticos básicos del periodismo, hasta la que se logra lanzándose al suelo en posición ventral para esquivar las balas. Ahí aprendí cuál es la mejor manera para presentar una denuncia en caso de amenaza, envié mi primer correo electrónico encriptado, y ensayé cómo bajar la silueta e identificar de dónde vienen los disparos por si un día se necesita.

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Algunos de nosotros somos más vulnerables a un tipo de agresión que a otro –algunos compañeros, curtidos en la violencia diaria, sonreían condescendientes cuando nos veían a los menos experimentados esquivando balazos imaginarios–, pero todos estuvimos ahí para recordar y recordarnos: no estamos solos, y prevenir es la mejor manera de evitar. El mejor consejo es “cuídate”.

El próximo Taller Binacional de Seguridad para Periodistas de la Frontera (<– link) se realizará el 10 de marzo en Brownsville, Texas, y no tiene costo. Si conocen a alguien de esa región que esté interesado, por favor pasen la voz. En momentos en que nos amenazan los muros, que el oficio nos ayude a tender puentes\\.

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