incongruencias

Con la sospechosa euforia de “bienvenidos, deportados” de la que han hecho alarde las autoridades en México tras la llegada de Trump, un par de universidades ofrecen apoyos a los jóvenes que sean víctimas de esta situación en los próximos meses. ¿No podrían hacer eso con algunos de los cientos de miles que deportó Obama y que ya están allá?

Este año está lleno de incontables incongruencias, y apenas vamos en febrero.

Si es usted lector frecuente de este cuadernero, sabrá que desde hace más de una década mi especialidad como periodista es la fuente de migración, en particular la inmigración en Estados Unidos, y en particular-particular, la de los jóvenes inmigrantes indocumentados que llegaron a este país siendo niños, conocidos como Dreamers.

A pesar de que desde hace 15 años existe una iniciativa de ley en el Congreso de Estados Unidos que busca regularizar la situación migratoria de estos chicos —conocida como DREAM Act, de ahí el nombre del movimiento Dreamer— ésta no ha sido aprobada. Eso quiere decir que una vez que cumplen la mayoría de edad, estos jóvenes son sujetos de deportación, como cualquier otro inmigrante indocumentado en Estados Unidos.

Por más de una década hemos visto a miles de jóvenes en esta situación —salvo un respiro de cuatro años para la mitad de ellos gracias al programa DACA —.

Han hecho su vida en Estados Unidos, salieron de México tan pequeños que a veces no recuerdan su lugar de origen, y terminan de vuelta en el país a los veintitantos años, sin familia, sin amigos, y sin una red para apoyarse; sin apoyos gubernamentales, ni académicos, ni laborales. Un estudio de Jill Anderson publicado en 2013 estima que en la década previa habrían sido cerca de 500 mil los chicos deportados en estas circunstancias. Para mí, un caso icónico es el de Nancy Landa, quien llegó a Estados Unidos a los 9 años de edad, vivió una vida académica y laboral ejemplar, y fue deportada a los 29 años; en México encontró puertas cerradas.

Pero aunque todo lo anterior es incongruencia suficiente, las de las últimas semanas hacen estallar el incongruenciómetro.

En un texto previo ya comenté mi escepticismo ante el anuncio de un programa para proteger a los mexicanos en EEUU ante las posibles consecuencias de la administración Trump, que parecen tener mucho de politiquería (¡hola, 2018!) y muy poco de auténtica voluntad de ayudar; porque si ésta fuera real, la ayuda habría llegado desde hace mucho para dos millones de mexicanos deportados durante la administración Obama.

En el mismo tono, en días recientes al menos dos universidades, la Ibero y la UNAM, anunciaron iniciativas para solidarizarse con los hipotéticos Dreamers deportados por Trump —de los que un mes después de la toma de posesión, aún no hay ninguno—. El rector David Fernández, de la Ibero, ofreció becas de hasta 100% para estos chicos, y Enrique Graue, rector de la UNAM, anunció que se creará “la oferta educativa necesaria” para que sigan estudiando.

A partir de estas declaraciones, algunos colegas mexicanos me han contactado para saber mi opinión sobre el asunto. En los medios mexicanos, e incluso entre algunos de estos funcionarios, es palpable el hambre de nota: parece que esperan con ansiedad que llegue el primer chico deportado de la administración Trump para hacer el despliegue mediático y político que anticipan desde ahora.

Incongruencia del Estado mexicano, incongruencia de sus instituciones, e incongruencia de la prensa que tendría que cuestionar a los dos anteriores.

1. Si el gobierno mexicano dice estar preparado para recibir a quienes podrían ser —o podrían no ser— deportados, ¿por qué no hizo nada durante los ocho años en los que sí y sí se registraron deportaciones de mexicanos a un ritmo de mil al día —abandonados, desempleados, rechazados por su sociedad, limitados en sus opciones a pesar de sus talentos—?

2. Si las instituciones académicas están preocupadas por aprovechar el potencial de los jóvenes mexicanos que han crecido en Estados Unidos y crearán programas para integrarlos, ¿abrirán los programas recién anunciados a quienes hayan sido deportados o hayan regresado el año pasado, hace dos años, hace tres? Bajo sus lineamientos, ¿será recibido alguien deportado en febrero, pero no alguien deportado en el noviembre previo? ¿Tendremos deportados de primera y de segunda?

3. ¿Por qué los periodistas mexicanos no están haciendo estas preguntas? Si los medios y los reporteros están tan deseosos de contar una historia de deportados, ¿no podrían empezar por voltear a ver a los que ya tienen ahí, en casa? Hace unas horas me contactó una colega ansiosa de saber si hay un estimado de cuántos Dreamers deportará Trump —déjenme sacar mi bola de cristal—, pero no tiene idea de cuántos deportados ha recibido su estado en el último año.

La solidaridad, cuando depende de la coyuntura política para existir, es incongruencia.

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