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Desde ayer, el cúmulo de escombros que pesan sobre las historias de los desaparecidos en México —y las mantienen en la impunidad— tiene una piedra menos.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación concedió un amparo para que el Instituto Nacional de Acceso a la Información Pública y Protección de Datos Personales (INAI) ordene a la Procuraduría General de la República hacer públicos los nombres de las víctimas de desaparición forzada durante la Guerra Sucia de los años 70 y 80.

En 2015 el INAI determinó negar a un particular dicha información, debido a que los nombres obran dentro de averiguaciones previas que se mantienen abiertas y por ello son considerados como reservados.

No obstante, en el proyecto votado por los ministros de la Primera Sala se argumentó que las identidades de las víctimas no están sujetas a reservas de confidencialidad porque se refieren a “delitos constitutivos de graves violaciones a derechos humanos”.

El proyecto avalado por el máximo tribunal del país es claro: “no podrá invocarse el carácter de reservado cuando se trate de delitos de lesa humanidad”.

Aunque los cuerpos de los desaparecidos continúen sin localizarse, quizás en el mar, en una fosa común o en un cuartel militar, desde ayer sus nombres ya no pertenecen a una procuraduría que muy poco hecho por investigar los crímenes, por resarcir el daño y, todavía menos, por garantizar medidas de no repetición. Desde ayer los nombres pertenecen a todos.

Con motivo del amparo concedido por la Corte recuperé este texto publicado originalmente en El Barrio Antiguo sobre las historias de dos personajes que protagonizaron, en uno y otro bando, esa etapa de enfrentamientos armados e ideológicos.

La Guerra Sucia: dos flancos

¿Qué une a dos sobrevivientes de la Guerra Sucia?

Agustín* y Álvaro tienen más o menos la misma edad. Sus brazos son correosos y fuertes, los dos usan lentes y visten mezclilla, botas y playera polo casi todos los días. Ninguno pinta sus canas, tal vez porque se saben iniciando el tramo final de sus vidas.

Ambos se levantan a las cinco de la mañana. Agustín comenzó los trámites de su testamento para dejar todo en orden a sus hijos cuando llegue el momento de partir. Álvaro se ha dedicado estos días a los preparativos de la primera comunión de su nieta; él come en La Tonina una vez a la semana, un lugar en la calle Serapio Rendón que pertenece a la familia del extinto luchador Tonina Jackson, en el que siempre pide lo mismo: dos chiles rellenos, consomé y tortillas de harina. Agustín, por su parte, sólo sale de su hogar para correr en la mañana y comprar algunas cosas; le gusta ver la televisión el resto del día. A sus casas las separan dos estaciones del metro y a simple vista parecen hombres comunes que caminan entre la apresurada muchedumbre de la ciudad. No obstante, ambos comparten un mismo rasgo: fueron protagonistas de dos de los ensayos revolucionarios más importantes de México.

Los cimientos del batallón

A mediados de 1974, el senador Rubén Figueroa comenzaba su campaña por la gubernatura de Guerrero. Su principal problema eran un joven normalista y sus acompañantes, quienes iniciaron un movimiento armado en busca de mejores condiciones para los pobres con apenas dos fusiles, una escopeta y una pistola que les regalaron los campesinos.

Eran Lucio Cabañas y los guerrilleros de la Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres.

Con algunos militantes que provenían de otra célula guerrillera urbana conformada por jóvenes recién llegados de estudiar en Moscú y de ser entrenados militarmente en la ciudad de Pyongyang, en Corea del Norte, la Brigada de Ajusticiamiento había logrado desde hacía dos años espectaculares victorias sobre el ejército; tendían ingeniosas celadas para emboscarlos y realizaban algunos secuestros.

La crisis moral entre los soldados no se hizo esperar, se reflejó en la resistencia de pelotones enteros a internarse en la sierra para combatir a Lucio y llevó en algunos casos hasta la deserción.

Así inició en la Costa Chica de Guerrero una campaña de reclutamiento disfrazada de enlistamiento de jóvenes en supuestos equipos deportivos dirigidos por militares, cuya condición era firmar un contrato y estar siempre dispuestos para las tareas que les ordenaran sus jefes a la par de los soldados de línea.

A los pocos meses aparecieron estos jóvenes armados, vestidos de verde y listos para combatir en Ometepec, San Luis Acatlán, Azoyú, Copala, Cruz Grande, Cuautepec y San Marcos.

Agustín comenzaba su paso por el ejército mexicano en Guerrero:

“En esos momentos andaba Figueroa contendiendo para gobernador y no lo quería el pueblo guerrerense. Él encontró la coyuntura para poder sacar provecho de esa situación para su campaña y dijo ‘Yo me voy a encargar de hablar con Lucio Cabañas, lo voy a convencer de que deje de andar secuestrando gente inocente’. Fue y se reunió con él pero ya no regresó. Resultó secuestrado por Lucio y salió en los periódicos”.

La pesada lluvia, la vegetación espesa, los ríos crecidos y el cielo nublado en la sierra de Guerrero hacían de aquel un momento óptimo para ocultar a Figueroa y sus captores de las pesquisas del ejército.

“Figueroa era pudiente, uno de los más ricos en ese momento, y era muy amigo de Echeverría, quien ordenó que se buscara a Lucio Cabañas y se le capturara a como diera lugar. Eran nuestras primeras experiencias y él nos agarraba de sorpresa a nosotros. Lucio tenía mucha ventaja porque en ese tiempo el ejército no tenía experiencia para pelear en la sierra, estaba inexperto, y él conocía muy bien el terreno donde andaba. Además, el pueblo lo apoyaba, le daba toda la ayuda necesaria para atacar al ejército”.

Luego de los intentos estériles por apresar a Cabañas, el comandante de la 35 zona militar de Chilpancingo le dijo a sus hombres: “El día que dejen de abastecer a los guerrilleros, acabaremos en una semana con ellos”.

La estrategia del ejército tomó un nuevo giro al abandonar las escaramuzas y comenzar de lleno con la contrainsurgencia; cortaron los suministros de los pueblos cercanos e interrogaron a los habitantes arbitrariamente.

“Había militares vestidos de civil en la ciudad. Había también judiciales en el Batallón. A los que eran sospechosos se los llevaban al cuartel y ellos se encargaban de sacarles la verdad”, narra Agustín.

El cerco abarcó desde Atoyac hasta los límites de Petatlán, Tecpan y Chilpancingo. Los militares impidieron el paso de alimentos, proporcionaron raciones suficientes para que una familia pudiera comer una semana y se ordenó el cierre de comercios, incluidas las tiendas Conasupo. Así obligaron a los hombres de Lucio a alimentarse de raíces, yerbas y otros productos de la selva.

Sin embargo, las tropas enviadas a la sierra padecieron de este estrago que ellos mismos habían creado: el hambre y la sed.

“Como ya todos los que andábamos ahí ya estábamos enfadados, un soldadito salió disparando, se entrelazó con otros guerrilleros y se mataron. Luego nos ordenaron que nos reuniéramos en un pueblito llamado Corral de las Flores, en el municipio de Tecpan de Galeana, porque decían que ahí estaba ya Lucio Cabañas con Figueroa”, continúa el ex militar.

El senador Figueroa fue hallado en otro punto de la sierra entremezclado con 48 personas más, entre las que se contaban su secretaria, sus ayudantes y los guerrilleros. A las siete de la mañana a los sobrevoló un avión de fuselaje azul. Para las nueve y media sonó el primer bazukazo y Figueroa no dudó en dar el primer salto hacia esa dirección. Después vino el sonido inconfundible de las ametralladoras.

La secretaria y un grupo de ayudantes se escondieron en el tronco de un cacayo (árbol típico de la región) y minutos después salieron en busca de Figueroa, quien vestía guayabera y pantalón blancos que habían adquirido varios tonos más al calor de la montaña. De pronto escucharon un grito que provenía de una roca cercana: “¡Viva Echeverría, hijos de la chingada!”.

—¿Es usted, senador? Preguntaron.
—Yo soy… Tengo tres días sin comer.

Esa tarde Figueroa devoró una bandeja de frutas y un filete. Al día siguiente regresó a su hogar agachado en el suelo de su coche para burlar a los periodistas.

La Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres se dividió en dos y la columna de Lucio partió hacia la sierra de San Luis a través de Tecpan; nunca pudieron reestablecer el contacto.

El ejército, por lado, continuó con su cacería.

—¿Hubo torturas? Le pregunto a Agustín.
—Sí hubo torturas. Cuando se estaba construyendo el batallón de infantería que se estableció ahí en Atoyac de Álvarez, la gente hablaba mucho, decían que conocían a Lucio, que eran familiares de él. Entonces, para sacarles la verdad, los torturaban. A esas personas las torturaban, se quedaban muertos en los baños y como estaba en construcción el batallón se dice que los enterraban en las zanjas de los cimientos y ahí quedaron varios. Es lo que yo sé.

Lucio Cabañas fue asesinado un 2 de diciembre de 1974.

¿Asesino?

Álvaro nació el día del soldado en Guaymas, Sonora, en febrero de 1952. Fue a la primaria descalzo y siempre vivió en el seno de una familia amorosa y trabajadora. Su primer gran dolor, recuerda, fue separarse de su madre cuando lo enviaron muy chico a estudiar a Guadalajara la secundaria. Allí encontró un grupo de compañeros suyos norteños que también habían sido enviados a estudiar y que pronto se organizaron en agrupaciones de izquierda independientes de la Federación de Estudiantes de Guadalajara, muy cercana al PRI.

Iniciaban los años setenta, la violencia contra los estudiantes se reproducía en casi todos los rincones del país y Jalisco no era la excepción. El 29 de septiembre ocurrió un fuerte enfrentamiento entre las federaciones de estudiantes que derivó en una balacera y el firme respaldo de la policía local a uno de los bandos que era afín al gobierno. Álvaro no corrió ni se escondió como todos los demás, se quedó en unas canchas a observarlo todo. Cuando terminó el pleito y quedaron sólo los mirones, encontró una camioneta repleta de propaganda. Así comenzó su vida política.

El dueño de la camioneta lo convenció de crear una brigada que comenzó repartiendo panfletos entre los barrios pobres de Guadalajara y que en cuestión de meses se uniría a la guerrilla urbana de inspiración marxista-leninista que con más saña combatió el gobierno de Luis Echeverría: la Liga Comunista 23 de Septiembre.

La célula de Álvaro comenzó entrenando en la barranca de Huentitán y la primer arma que expropiaron fue una Colt .38 que su papá compró en Nogales. Se iniciaron con un operativo que consistió en el robo de mimeógrafos y máquinas de escribir a una escuela primaria, en las que se escribirían varios volúmenes de Madera, el periódico que se repartía en las calles y las fábricas. Se imprimieron también las Cuestiones, el documento fundacional de la Liga, que fue redactado por cristianos radicales muy cercanos a la Teología de la Liberación y era de obligatoria lectura entre los militantes. Aunque siguieron las expropiaciones a una vinatería y a un banco, la Liga consideraba como una tarea prioritaria “las repartizas” de propaganda entre obreros, amas de casa y estudiantes. No era tarea fácil. Ser descubierto con propaganda radical era condenarse a las peores arbitrariedades de la policía.

Álvaro ideó un ingenioso sistema en el que introducía los volantes a manera de cono en una caja de cereal de forma que pudieran ser extraídos por la parte de abajo. Con el tiempo y otros méritos, se convertiría en instructor militar.

“A mí me tocó hacer un polígono. Es una casa donde se puede tirar y no se escuchan los balazos en la calle ni se percibe el olor. Impermeabilizaba todo por dentro, ponía una chimenea para que se fuera el olor a pólvora y saliera debajo de un anafre con hoyitos que tenía carbón con grasa de cerdo y un pedazo de hueso. Tirábamos una hora, luego me subía a prender el anafre y empezaba el olor a chicharrón”.

Álvaro cayó preso en condiciones infrahumanas el día de su santo en 1974. Fue torturado personalmente por Florentino Ventura, uno de los responsables de la Interpol en México y fue recluido en el penal de Oblatos en Jalisco junto con reos de alta peligrosidad.

Ahí estaba Joel Estevané, un preso del fuero común que por casualidad había caído con los guerrilleros y que descubrió un día que el lavabo se despegaba de la pared de Oblatos y se podía sobreponer de nuevo. Así dio inicio a una de las fugas más exitosas en la historia del país que, por cierto, duró menos de tres minutos.

Participaron tres comandos: uno, el de los guerrilleros presos, encargado de hacerle un hueco a la pared del penal, retirando con precisión milimétrica los mosaicos para raspar durante dos meses los ladrillos que estaban detrás y poder escapar hacia las torres de vigilancia; otro comando, en el exterior, atacó la estación eléctrica El Álamo para provocar un apagón a las 19:19 horas y otro más estaría encargado de distraer y vigilar a los custodios que patrullaban el penal. En apenas unos minutos, Álvaro y los demás presos escaparon para reintegrarse a la lucha armada desde el clandestinaje.

Vinieron más expropiaciones, secuestros de altos diplomáticos y magnicidios. Se repartieron más de 50 ediciones de Madera y se perdieron las vidas de cientos de militantes en los enfrentamientos y las desapariciones forzadas. Álvaro fue detenido en la colonia Narvarte en 1978 y llevado a los sótanos del Campo Militar Número 1. Ahí le vaciaron todo un cartucho de pistola en la pierna. Fue electrocutado, golpeado y ahogado por varios días.

Además de las prisiones militares, hubo otros centros de detención ilegales en lugares tan dispares como el hotel Papagayo, el fraccionamiento Copacabana y en un edificio de la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas en Acapulco. Muchos testimonios coinciden en señalar durante las torturas la existencia de médicos profesionales, cuya función era resucitar a las víctimas para poder seguirlos horrorizando. La presencia de agentes blancos que hablaban en inglés solía ser bastante común.

Era la Guerra Sucia.

Álvaro pasó varios años más en el Reclusorio Oriente y quedó en libertad con otros guerrilleros en 1978, gracias a la Ley de Amnistía promulgada por el presidente José López Portillo.
Hoy trabaja en los talleres del Metro desde 2007 y no planea jubilarse. Vive una vida normal a pesar de que le amputaron una pierna, debido a que se le negó la atención médica en los sótanos militares. Lo que lo hace más feliz son sus 17 nietos.

La Fiscalía Especializada en Movimientos Sociales y Políticos del Pasado contabilizó en su informe 532 casos de personas desaparecidas desde la década de 1960.

—¿Valió la pena? ¿México fue distinto después de la Liga Comunista 23 de septiembre? Pregunto a Álvaro.
—No. Al sistema no le hicimos ni cosquillas, todo sigue igual. Está peor…
—Echeverría sigue vivo en su casa de San Jerónimo. ¿Has pensado qué le dirías si lo tuvieras enfrente?
—Nada. Si hubiera estado Lázaro Cárdenas hubiera hecho lo mismo que él, fue una política que le dictaron los gringos… ¿Qué le podría decir? ¿Asesino? Él podría decir lo mismo de mí.

***

Las historias de Álvaro y Agustín se confunden por momentos con la historia de México. Agustín se retiró con el grado de teniente. Sus hijos piensan que siempre anda de malas, pero reconocen en él a un padre que siempre los ha protegido y les ha enseñado a ser felices sin importar lo que esperen los demás. Los hijos de Álvaro han recibido numerosas condecoraciones por su desempeño académico y profesional  y dice que no los quiere ni socialistas ni comunistas, sólo quiere que sean humanos.
No es difícil imaginar que las decenas de sobrevivientes de la Guerra Sucia se hayan cruzado más de una vez con sus víctimas o victimarios en esta ciudad, que puede separarlos en apenas dos estaciones.

Bibliografía
Baloy, M. (1980). La guerrilla de Genaro y Lucio, análisis y resultados. México, Distrito Federal: Diógenes.
Bellingeri, M. (2003). Del agrarismo armado a la guerra de los pobres 1940-1974. México, Distrito Federal: Casa Juan Pablos, Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.
Castellanos, L. (2007). México armado 1943-1981. México: Era.
Serna, C. (Dirección). (2007). Vivos se los llevaron, vivos los queremos [Película].
Suarez, L. (1980). Lucio Cabañas el guerrillero sin esperanza. México: Editorial Roca.
Tort, G. (Dirección). (2005). La guerrilla y la esperanza Lucio Cabañas [Película].
* El nombre de Agustín fue cambiado para proteger su identidad.

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