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El discurso incendiario del próximo presidente de Estados Unidos y su amenaza de encabezar un gobierno racista y antiinmigrante no es la causa de los males de este país (ni del país vecino), sino su consecuencia.

1. Hace unas semanas una amiga relataba un incidente desagradable: en un evento sobre migrantes centroamericanos desaparecidos en México, escuchó a alguien decir que “se lo merecían por entrar indocumentados a nuestro país”. El comentario mi amiga fue: “¿cuántos siglos pudo Trump retroceder al mundo en el discurso de derechos humanos?”.

La reacción me sorprendió mucho. ¿Qué tiene que ver Trump en esto? Desde que yo recuerdo, el racismo, la xenofobia y el clasismo han sido parte del tejido social mexicano, como muchas otras características que conforman la complejidad de las naciones. Llevo trece años viviendo en Estados Unidos, el mismo tiempo que he cubierto inmigración y relaciones México-Estados Unidos, y se cuentan por decenas los artículos que he escrito, y por centenas los que leído sobre ese asunto. ¿Qué es lo que lleva a alguien a decir ahora que la culpa de todo la tiene Donald Trump?

2. El caso de mi amiga no es el único. Desde ese termómetro extraño que son las redes sociales, hasta la cobertura de medios serios y otros no tanto, Donald Trump se ha convertido en la explicación de todo el mal del mundo. Un día después de la elección del 8 de noviembre, empezaron a aparecer en redes sociales denuncias de ataques racistas y antiinmigrantes aquí y allá, que gracias a la magia del share y el retweet se multiplicaban con airados comentarios: un amigo anunció alarmado en su página de Facebook: “se multiplican los ataques de odio”. ¿Se multiplican con respecto a qué? ¿Cuál era la cifra previa como para sacar tal conjetura? Me llamó particularmente la atención que este boom de mensajes de alarma provenían de personas y medios de comunicación fuera de Estados Unidos, principalmente en México. La mayoría de los comentarios se quedaban en “mira nada más que mal, y eso no es nada, lo que nos espera, pero eso querían, pobre país, tal vez se lo merecen, aunque nadie se merece eso, vámonos por un mezcal para olvidar”.

Ciertamente el discurso de campaña de Trump, y algunos de sus desplantes como presidente electo, han provocado, o provocarán después de la toma de posesión, que quienes comulgan con esta línea racista y antiinmigrante se sientan legitimados y con mayor derecho a cuestionar, atacar, o incitar a la violencia contra grupos minoritarios. Sin embargo, pensar que la causa de todo es Trump, es una visión facilista, casi perezosa, de quienes no quieren buscarle un poquito hacia abajo. Al igual que como ocurre con México, la historia de racismo y xenofobia de Estados Unidos data de siglos y ha sobrevivido –y en ocasiones se ha agudizado– en las últimas décadas. Las ideas de supremacía blanca y las propuestas de poner límites en el ejercicio de los derechos civiles son un virus latente que resurge con fuerza en ciertas coyunturas. Si de alguna manera hay que ver a Trump, no es como causa, sino como consecuencia: Donald Trump es el síntoma de la dinámica en una sociedad que obedece a la teoría del péndulo; por cada avance de los grupos progresistas, hay un golpe de reacción en sentido opuesto.

3. En agosto de 2014 el diario mexicano El Universal, del cual soy colaboradora, publicó un texto de mi autoría que hablaba sobre los grupos de odio activos en Estados Unidos, con base en un reporte de la organización Southern Poverty Law Center: 940. Casi mil grupos de odio que abarcan desde neonazis, KKK, racistas skin head y blancos nacionalistas, hasta anti-LGBT, antimusulmanes, negros separatistas, extremistas nativistas, vigilantes de la frontera y otros grupos antiinmigrantes. De estos grupos, la mitad se ubica en el sur de Estados Unidos, es decir, en 14 de los 50 estados; tan solo en los cuatro que colindan con México —California, Arizona, Nuevo México y Texas— operan 160. Un investigador me dijo en esa ocasión que el incremento se veía especialmente en California y Arizona, donde los grupos prevalecientes eran antiinmigrantes y antilatinos.

Entre los años 2000 y 2013, el número de grupos de odio en Estados Unidos creció en 56%. Este periodo coincide con el reforzamiento de la seguridad en la frontera tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el aumento del porcentaje de inmigrantes no blancos, la recesión económica de 2008-2009 y el triunfo de Barack Obama, el primer presidente afroamericano. Todos estos factores fueron el detonador del crecimiento de estas organizaciones. Y sí, muchos de estos elementos han sido oportunistamente incluidos en el discurso de campaña de Trump; quienes comulgan con la visión de estos grupos han encontrado un portavoz y un legitimador de su ira, pero ellos estaban ahí antes que él.

En un reporte de 2012, el FBI registró 5 mil 796 crímenes de odio, que involucraron a más de 7 mil víctimas. De ellos, 48% fueron por motivos raciales. Más de la mitad de los agresores fueron de raza blanca y una cuarta parte afroamericanos. En el caso de las víctimas que fueron agredidas por su nacionalidad u origen étnico, seis de cada 10 eran latinas.

Con la facilidad que otorgan los dispositivos móviles y las redes sociales, muchos de estos incidentes ahora pueden ser difundidos y denunciados con mayor facilidad, y eso también ha abierto la puerta a que puedan ser sancionados en mayor medida. La percepción al público puede ser que los incidentes aumentan, pero para afirmar tal cosa habría que hacer una medición seria y compararla con los ataques en el pasado. No digo, desde luego, que no vayamos a ver algún incremento de estos incidentes en los meses por venir; lo que pretendo establecer es que la violencia racial y la discriminación son el pan de cada día entre ciertas comunidades, particularmente las inmigrantes. Todos los que somos inmigrantes en este país hemos escuchado alguna vez el “go back to your country” –mi primera vez fue afuera de un supermercado en 2005–, y recibido o presenciado algún otro tipo de violencia racial cuando las cosas se ponen peor. Nada de esto ha sido culpa de Trump.

4. Lo anterior ayuda a explicar lo que ha ocurrido del lado norte de la frontera, pero ¿por qué en México se repite sin cesar la fórmula que sataniza a Trump? Desde hace algunos meses reúno algunos apuntes que, espero, terminarán en un ensayo, sobre la forma en que el antiyanquismo mexicano, el culpar de todo a los “pinches gringos”, en ocasiones se ha convertido en la explicación de muchos de los males que aquejan al país, relevando así de su responsabilidad a los verdaderos culpables. La obesidad se debe a la comida chatarra que nos han enviado los gringos; a la cultura de los videojuegos que los tiene enajenados, y ahora a nosotros también. La gasolina sube por la voracidad de quienes manejan sus Hummers en los freeways, lo que ha traído una horda de piratas a los países productores de petróleo. El campo mexicano se ha muerto por el maíz transgénico que nos mandan del otro lado. ¿Cien mil muertos por una guerra contra el narco? La culpa es de los güeros drogadictos, que además nos mandan pistolotas. La culpa nunca es de nuestros gobernantes que hacen las leyes que mataron al campo, ni de los que omiten regulaciones para que se instalen trasnacionales, ni de los que saquearon a Pemex, ni de los que por décadas pactaron con el narco que luego se les salió de control y que acabaron pidiéndole chichi (léase dinero y armas) a Estados Unidos, ni de todos nosotros, los que votamos por ellos y nunca les volvemos a pedir cuentas. No. Si a alguien hay que señalar, que sea un gringo, mientras más malo, mejor. Y mira nada más, qué conveniente: justo ahora aparece Trump.

5. De los eventos que he seguido en las semanas posteriores a la elección en Estados Unidos, el que más me ha irritado fue el anuncio de un programa de 11 medidas para proteger a los “connacionales” –les encanta esa palabra– ante las posibles consecuencias de una administración Trump, realizado por la Secretaría de Relaciones Exteriores, entonces aún encabezada por Claudia Ruiz Massieu –a quien, a juzgar por su rol de cero a la izquierda durante la visita de Trump a México, le sale mejor el guacamole que las relaciones diplomáticas–. Las medidas tales no son más que los servicios habituales que la dependencia tiene a su cargo desde siempre: expedición de documentos de identificación para los mexicanos en Estados Unidos, difusión de información sobre sus derechos, protección en caso de violaciones a dichos derechos, cabildeo con autoridades. Muchas de estas medidas, dijo entonces la secretaria, tendrían como objetivo estar preparados en caso de que Trump iniciaría un proceso de deportación masiva. Y ahí es donde la secretaria, el gobierno mexicano completito, y los medios que repiten lo que éstos dicen, se agarran los dedos con la puerta.

Como parte de su campaña electoral, Donald Trump dijo que deportaría a los 11 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos, de los cuales la mitad son mexicanos. La mayoría de los medios mexicanos, y algunos en Estados Unidos, repitieron sin cesar la frase –al igual que la otra, sobre el muro en lafrontera– sin investigar lo que esto significaría. Si fuera posible deportar a 11 millones, ¿por qué nadie lo ha hecho?

Durante los dos periodos de la presidencia de Barack Obama, el gobierno estadounidense deportó a un promedio de 400 mil personas por año. Este es el mayor número de deportaciones registrado en la historia de Estados Unidos: 3 millones en esta administración. Deportar personas a un ritmo mayor que ese implicaría una cantidad de recursos económicos y humanos de los cuales difícilmente puede disponer el gobierno estadounidense –el mismo caso ocurre con el muro en la frontera; también en El Universal escribí al respecto–. Esto lo sabe Donald Trump: en la primera entrevista que dio como presidente electo, moderó la cifra y dijo que las deportaciones en realidad serían de entre dos y tres millones de personas, principalmente aquellas que tengan antecedentes penales. Ese es exactamente el criterio que en teoría siguió la administración Obama; esa es también la cifra de personas que deportó.

Si el gobierno mexicano dice estar preparado para recibir a quienes podrían ser –o podrían no ser– deportados, ¿por qué no hizo nada durante los ocho años en los que sí y sí se registraron deportaciones de mexicanos a un ritmo de mil al día –abandonados, desempleados, rechazados por su sociedad, limitados en sus opciones por su gobierno? ¿Por qué en todos estos años no se ha pronunciado con firmeza contra los ataques raciales, antiinmigrantes, de los que son víctimas cada día cientos de mexicanos en este país? ¿Por qué entre los alarmistas de las redes sociales existe tan poca solidaridad, o a veces un franco desdén, para el migrante que vuelve, para sus hijos que regresan sin saber español o hablando con acento, extrañando Estados Unidos? ¿Por qué la amenaza y la emergencia sólo existen cuando van acompañadas de la figura del gringo malo, muy malo, encarnado por Trump?

En México el antiyanquismo ha sido, por décadas, la mejor coartada de los gobiernos cínicos y rapaces.

Dejo claro en este punto: no defiendo, ni lo haré nunca, las políticas imperialistas y el aparato arrollador, inmoral, de Estados Unidos hacia otros países, incluido México; cuestiono, eso sí, el uso de dichas políticas como argumento para lavarle la cara a quienes desde los gobiernos mexicanos han arrollado a su propia gente, radiantes de impunidad.

A esos, a partir de este viernes, el turbio, doloroso gobierno de Trump, les dará una nueva coartada por al menos cuatro años más.

ADD: Terminé de escribir este texto el martes 17 de enero por la noche. La mañana del miércoles 18 la noticia del tiroteo en un salón de clases de Monterrey nos volvió a sacudir a todos (con sus inevitables referencias a Estados Unidos, un par de despistados mencionando, claro, a Trump). Decidí publicar este artículo tal como lo dejé la noche previa. Ya habrá tiempo para volver sobre el asunto y hablar, además, de la responsabilidad de las autoridades locales y federales, el control de armas en México, la violencia a la que están expuestos nuestros hijos no en las redes sociales, sino en las calles. El tema da para varios artículos más.

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