playa paraiso

El paraíso es un litoral saturado de color y está en el pueblo de San Jerónimo, Guerrero, habitado por apenas 7 mil 200 almas, cuyo principal atractivo es una playa enclavada entre el Océano Pacífico y una laguna pantanosa con manglares y cocodrilos. Para llegar aquí hay que abordar una panga por treinta pesos, manejada con un enorme remo por un capitán que parece la viva imagen de la Santa Muerte: un saco de huesos, ojos hundidos hasta las cuencas, descalzo, terroso y con los dientes llenos de remiendos.

Es Playa Paraíso.

Llegamos a casa de Martín y Estrella, una construcción de madera sin piso firme y con techo de ramas rodeada de viejas cáscaras de coco ahumadas que utilizan como leña para ahuyentar a los mosquitos, en donde juegan sus hijos gemelos: Nano y Nano; sólo ellos saben quién es quién.

Antes de venir aquí, estuve en otras regiones de Guerrero donde conviví con madres y amigos de personas que parecen haber sido tragados por la Tierra luego de ser vistos por última vez rodeados de policías o militares.

A pesar de eso, ni al Negro, Mario, Juan o a mí nos daba miedo Guerrero, o eso creíamos. En nuestra aparente burbuja de paz que es la Ciudad de México hemos visto asesinatos, robos, crímenes de odio por homofobia, extorsiones, feminicidios, tráfico de drogas y hasta operativos de la Policía Federal.

Mis acompañantes fuman mariguana religiosamente, del alba al ocaso. Mario, por ejemplo, se ha fumado en dos días su dosis para un mes sentado en una silla blanca de plástico frente al mar, como en una novela de José Agustín. Mario y los otros se han acabado su ración y quieren más pero, a decir verdad, a todos les da miedo ir a buscarla, aunque nadie lo dice. Miedo de no volver.

En Paraíso los miedos son otros: Martín y Estrella recuerdan muy bien el “mar de fondo” que ocurrió el año pasado, un fenómeno en el que las olas se propagan fuera de sus límites naturales llegando a lugares muy lejanos —a la laguna y el pueblo, en este caso—. En aquellos días, el oleaje dañó todos sus electrodomésticos, se llevó varias casas de campaña y su enramada quedó hecha pedazos. Una de esas casas llevaba a dos niñas que se enredaron entre la lona y las varillas y fueron a dar hasta la laguna.

El relato de Martín es interrumpido por la Santa Muerte que se nos aparece de nuevo con sus ojos convexos. El capitán de la raquítica lancha de alguna manera se ha enterado de que mis acompañantes andan en busca de drogas y ofrece llevarnos en nuestro coche por mariguana hasta su casa, pero nadie se anima a decir que sí; todo parece sospechoso. Se va.

Ese mismo día frente a nuestros ojos, a unos metros de la enramada de Martín, un gringo que manejaba su camioneta muy cerca de “la barra” (zona donde se juntan el agua dulce de la laguna y la salada del mar) es llevado mar adentro por la corriente con todo y su vehículo. Los pobladores dejan todo por ir a mirar, las palapas se quedan sin gente, los comedores se vacían y las hamacas permanecen desiertas, pero sólo los hombres entran al rescate; unos cuarenta sujetos luchan contra las olas por varios minutos para rescatar la camioneta, algunos tiran de una enorme cuerda desde la arena, mientras la mayoría empuja todos los extremos del vehículo, haciéndolo parecer un enorme escarabajo metálico con decenas de pies humanos. El mar huele a gasolina y el gringo sólo mira desconsolado.

Entonces vuelve nuestro capitán luego de haber cruzado la laguna —que en esa época del año se pone roja— con una bolsa abultada de mariguana que nos ofrece por setenta pesos. Dice que es un precio justo por venir así, “greñuda”, sin retirarle las ramas ni las semillas porque tiene poco de haber sido cortada y secada en la sierra. Parece cara pero nadie se atreve a regatearle, no sólo por su intimidante fisonomía sino porque ha llegado portando la enorme guadaña con la que corta cocos de las palmeras.

Él también se acuerda del canijo mar de fondo. Aquí dicen que hay que saber leer el mar para estar pendientes: si se aleja mucho de la playa al reventar la ola deben tener cuidado porque es cuando se forman los oleajes de hasta diez metros. “Hay que estar alerta, pero la última palabra la tiene Dios”, afirman.

Aquel día del desastre, la Santa Muerte se jugó el pellejo para nadar hasta la laguna, que yacía invadida por el agua salada que trajeron los vientos del “mar de fondo” creando fuertes corrientes, para rescatar a las dos pequeñas que habían desaparecido envueltas en una casa de campaña. En el fondo de la laguna, donde la vista es casi imposible, rompió la cubierta exterior y las varillas y nadó hasta puerto seguro con una y después con otra para entregarlas a sus padres. Luego vino un político a tomarse la foto con él y le ofreció cien pesos.
El capitán se emociona con su historia, pero apenas termina de contarla con su voz honda, rasposa, se va en busca de nuevos consumidores de droga o clientes para su lancha, dejando las enormes huellas de sus pies huesudos en la arena, junto con la marca de su guadaña.

Todos lo vemos hacerse más y más pequeño conforme avanza por la costa, pero casi nadie nota el tatuaje de tinta negra su espalda que hace camuflaje con el color de su piel y dice en mayúsculas: DIOS. Pasarán algunos días para que El Negro y compañía vuelvan a buscar mariguana sin mucho éxito y tengan que recurrir a “Dios”, como algunos le dicen por aquí en Paraíso…

Él tiene la última palabra.

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