paz colombia polarizacion

Luego de la victoria del No en Colombia, las partes renegociarán el acuerdo. El uribismo manipuló miedos en campaña.

La noche del viernes 30, dos días antes del plebiscito para dar legitimidad al acuerdo de paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en la estación San Antonio del metro de Medellín, una mujer de unos 30 años le respondía a su hija de cinco o seis: “Hay muchos votos para el sí y muchos votos para el no. No se sabe aún quién ganará”, y lo decía a contracorriente de las encuestadoras que ponían al SÍ con ventaja. El no, promovido por el expresidente Alvaro Uribe, ganó por menos de 54.000 votos de diferencia, y ello le ha devuelto el protagonismo en la política, pues ahora su partido, Centro Democrático, colocará tres negociadores en nuevas rondas de negociaciones para revisar el acuerdo firmado cuatro días antes.

La votación del domingo tuvo un 60% de inasistencia y unos 12 millones 800 mil votos válidos. Si bien los representantes del Centro Democrático criticaron la “propaganda grosera” del gobierno de Juan Manuel Santos a favor del SÍ, la del NO prefirió manipular algunos miedos y los resortes más conservadores de la sociedad colombiana.

El uribismo sostuvo que el castrochavismo venezolano se iba a imponer en Colombia; que el líder de la guerrilla, Rodrigo Londoño (Timochenko) llegaría a la presidencia debido a que las FARC serían convertidas en partido político; que la reinserción a la vida civil de los armados quitaría recursos a una economía ya decaída, e incluso, afirmó que el Parlamento aprobaría una ley de ideología de género que atenta contra los valores de la familia, una acusación con la cual las iglesias católica y evangélica persiguen al Gobierno de Santos desde agosto. Los religiosos cuestionan los manuales de convivencia que llaman a no discriminar a quienes tienen una identidad sexual distinta al hombre o la mujer.

Al final de la tarde del jueves 29, consultado un transportista en Bogotá comentó que no estaba a favor del acuerdo de paz “porque las FARC no lo van a cumplir. Si lo cumpliera, sería bueno, pero no les creemos”.

Minutos después, un taxista de 25 años y que solo había llegado a cuarto de primaria porque tuvo que buscar trabajo cuando murió su padre, comentó escuetamente que estaba a favor del sí, y que el trabajo en el campo era muy mal pagado. “En la ciudad uno gana un poco más sin tanto esfuerzo físico como en el campo. Vengo de Muzo, en Boyacá, una zona esmeraldera donde son muy poquitos los que tienen mucho dinero; trabajaba en cultivo y cosecha de papas, a veces no podía cargar todos los sacos porque era muy pequeño”, cuenta.

Después de algunas horas de incertidumbre acerca del destino del acuerdo firmado el lunes en Cartagena, con presencia de Ban Ki Moon y 15 jefes de Estado, Timochenko se pronunció: “las FARC-EP reitera su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”, y el presidente Santos aseguró que hasta el último día de su mandato trabajaría por la paz.

“Recibo con entusiasmo la designación de tres voceros del Centro Democrático para llevar a feliz término el acuerdo de paz . Estoy seguro de que podremos llegar pronto a situaciones satisfactorias para todos, de ser así el proceso saldría fortalecido, de nuestra parte existe toda la voluntad y determinación para que así sea. Tendremos que actuar con prontitud pues la incertidumbre y la falta de claridad ponen en riesgo todo lo que hasta ahora se ha construido”, añadió el mandatario colombiano en un mensaje la tarde del lunes.

La polarización notoria desde la tarde del domingo, con los resultados del plebiscito, evoca la de Perú tras la segunda vuelta presidencial el 5 de junio último, cuando también por pocos miles de votos, se impuso Pedro Pablo Kuczynski, un candidato liberal, a Keiko Fujimori, cuya propuesta correspondía a una derecha rígida y en ciertos aspectos autoritaria, marcada por la huella que dejó su padre, el expresidente entre 1990-2000.

Dos polos que caracterizan al uribismo: el de la defensa de los valores familiares (pro-vida, contra la ley de unión civil de personas del mismo sexo) y el del miedo al terrorismo, coinciden con veinticinco años de discurso de los políticos fujimoristas. Si bien durante el Gobierno de Alberto Fujimori un grupo del Ejército cometía ejecuciones extrajudiciales en el contexto de la lucha antisubversiva contra el grupo Sendero Luminoso, durante el de Alvaro Uribe, el auge de los grupos paramilitares y la parapolítica, superaron al fujimorismo en el apoyo del jefe de Estado a vías extrajudiciales para combatir a otros violentistas.

Uribe ha logrado airear malestares contra el gobierno de Santos para la votación del domingo pasado. Algunos ciudadanos, por ejemplo se han quejado en los medios colombianos del presupuesto estatal que destinará el Gobierno para la desmovilización y reinserción de los guerrilleros, mientras que ellos ganan sueldo mínimo en trabajos de gran esfuerzo: “a nosotros nos deberían aumentar también”.

Santos ha reaccionado el lunes a la habilidad mediática que ha desplegado Uribe desde el lunes pasado, cuando en Cartagena prefirió no sentarse al lado de los otros expresidentes invitados a la ceremonia de la firma del acuerdo, sino al lado del pueblo que disentía. El líder del Centro Democrático no asistió a una reunión convocada con todos los partidos para evaluar los próximos pasos del acuerdo, pero ha indicado que serán parte de las negociaciones, para corregir lo que corresponde por “dignidad”. El presidente ha vuelto a dar su confianza al equipo negociador dirigido por Humberto Lacalle, y Naciones Unidas destacó nuevamente a La Habana a su enviado especial Jean Arnault. Una nueva etapa, luego de cuatro años de negociaciones, empieza para Colombia. Mientras todos quieren la paz, algunos aún preservan su conveniencia política, como el Centro Democrático y los miembros de la parapolítica, e incluso, algunos políticos destacados, como el expresidente Belisario Betancur, prefieren aún guardar silencio sobre los hechos de Palacio de Justicia, acerca de los que ha dicho que se conocerá lo que falta cuando él muera. Betancur fue el primero en intentar conversaciones de paz con el apoyo del Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

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