Foto: Hernán Piñera.

Beatriz Rivas

“Si no te mueves, te entumes”, me repetía mi abuela cuando me veía desparramada en un sillón, leyendo alguna novela. El ejercicio nunca ha sido lo mío. Y yo, en ese entonces, en plena adolescencia, pensaba que la sabiduría de la madre de mi madre se refería únicamente a que sentada todo el día, mi cuerpo acabaría por atrofiarse. Con el tiempo me he dado cuenta de que su mensaje iba más allá: quien no se mueve, se entume por completo. Información, ideas, sueños, metas acaban por quedarse anquilosadas, carcomidas por algún bicho o, en el mejor de los casos, olvidadas. Una sociedad quieta, conformista, que no sabe protestar, también termina por paralizarse. La vida es cambio, movimiento constante. Sólo hay que saber hacia dónde debemos dirigirnos y de qué manera evolucionar.

Las movilizaciones sociales son oxígeno puro para cualquier nación, aunque no siempre tengan como consecuencia el cambio deseado. Para poner en claro las cosas, con movimientos sociales me refiero a protestas llevadas a cabo por organizaciones o grupos de ciudadanos, en las calles o en las redes sociales, con el objetivo de generar un cambio social con el que la mayoría de los ciudadanos salgan beneficiados. Las movilizaciones buscan, precisamente, un movimiento hacia determinada dirección ya sea a través de protestas, boicots o simplemente divulgando. Desean cambiar el rumbo de una decisión o de algún hecho que afecta a la mayoría de los seres humanos de una comunidad, de un país o, inclusive, del mundo entero.

En México, sobre todo en la capital, estamos muy acostumbrados a las marchas, que son una manifestación (aunque no siempre) de algún movimiento social. Sólo en el año 2014, la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (SSPDF) registró 8 mil cuarenta y cuatro movilizaciones sociales en vías públicas; más de la mitad eran del ámbito federal. ¡Es una locura! Con esas cifras no podemos dejar de preguntarnos qué tan eficaces son las marchas y bloqueos. Nos hemos vuelto expertos en hacer público cualquier descontento. ¿No habrá una manera más efectiva de incidir en la transformación? ¿Existirá una forma casi expedita de cambiar el rumbo de ciertas decisiones tomadas de manera unilateral y que nos afectan a todos?

Quisiera creer que sí es posible. ¡Debemos creer que sí es posible! Ahora bien, hay que encontrar la manera. Hace falta tener una meta precisa y ser muy pacientes para lograr que los cambios deseados se activen.

Según el colectivo Mosaiko , en una definición que me parece muy útil, las movilizaciones sociales son “un proceso participativo de acciones colectivas orientadas a promover, contribuir e impulsar propuestas y críticas al modelo de sociedad dominante que ahonden en una mayor justicia social. Este proceso entiende que la transformación pasa por la ocupación y la presencia en los espacios públicos para denunciar, reivindicar, educar y sensibilizar sobre dichas alternativas”. Esta definición habla de justicia social y de alternativas. Aparentemente, pues, una movilización eficiente, además de tenaz, tiene que dar propuestas concretas, soluciones tangibles. Así lo dicen: “Son clave la información y la reflexión previa para hacer propuestas alternativas, concretas, y promover acciones creativas”.

Agregan: “En este proceso son fundamentales la creatividad, la afectividad, conectar con lo cotidiano, enredarnos, acompañarnos, ser conscientes de la interdependencia entre lo local y global, la diversidad y la pluralidad”. Me gusta lo que afirman. Sobre todo esa parte de “enredarnos, acompañarnos.” Un movimiento social ideal, entonces, conlleva un acto de amor, de solidaridad, de conciencia como ciudadanos. De lograr sensibilizarnos. De saber que existen “los otros”; nuestros vecinos con quienes compartimos problemas en común o conciudadanos que, aunque lejanos, participan de nuestros ideales. Formamos parte de un país y lo que hagamos o dejemos de hacer, afecta a los demás. Hay quienes protestan, ya sea en las calles o formando parte de organizaciones no gubernamentales. Hay periodistas valientes que ponen su vida en riesgo con tal de denunciar las injusticias de las que han sido testigos. ¿Cuántos periodistas desaparecidos o asesinados llevamos en los que va de este sexenio? Sin embargo, me parece que el resto de los mexicanos nos quedamos observando cómodamente desde nuestras casas, sin comprometernos. Nuestras quejas no van más allá de una conversación de café o de algún comentario tibio en las redes sociales.

En la historia mundial reciente, hay ejemplos de los que vale la pena aprender. Movilizaciones que inspiran un gran cambio social. La que más me gusta, por haber sido pacifista, es la Marcha de la Sal, en cuyo liderazgo estuvo nada más y nada menos que Gandhi. Un recorrido de 390 kilómetros, del 12 de marzo al 6 de abril de 1930, cuyo resultado fue “solamente” la independencia de la India. O los disturbios de Soweto, en junio de 1976. Una protesta de los estudiantes del barrio negro que marcó el comienzo de la lucha organizada por la abolición del Apartheid. ¿Qué tal la huelga de los astilleros de Gdnask, en agosto de 1980? Con Lech Walesa a la cabeza y la fundación del primer sindicato independiente, Solidarnosc, poco a poco se logró la democracia en Polonia. Muy cerca de ahí (en espacio y tiempo), el mundo fue testigo de otro movimiento pacifista, la Revolución de Terciopelo, en Checoslovaquia. Más recientemente, en 2003, la movilización de las Mujeres de Liberia por la Paz forzó un acuerdo entre el gobierno y las fuerzas rebeldes y, a largo plazo, consiguió el ascenso de la primera mujer en el poder.

Otros movimientos no han corrido con buena suerte, si es que podemos llamar mala suerte al fracaso de un sueño. A la derrota de una necesidad. Por ejemplo, la Primavera Árabe que comenzó en Túnez y vio su punto climático en la Plaza Tahrir en El Cairo, y que llegó a Libia, Siria (¡pobre Siria!), Yemen y Argelia. O la Revolución Naranja en Ucrania.

Hay movilizaciones, por otro lado, que no queremos que se repitan. Seres humanos manipulados por el nazismo de Hitler o el fascismo de Mussolini, por mencionar solo dos ejemplos. Movimientos empujados por el miedo. ¿Y qué decir de quienes se mueven en favor de Trump, del Brexit o decidieron votar contra la paz colombiana? ¿Y de los muchos mexicanos que asisten a marchas por obligación o para conseguir alguna ganancia económica, aunque sea pequeña, sin tener la menor idea de las razones por las que se están manifestando?

Vale la pena recordar algunos movimientos en México y, en un acto de sincero análisis, ver en qué porcentaje se ha llegado a las metas buscadas. Es cierto que en 1953 las mujeres lograron el derecho al voto y a la igualdad de derechos constitucionales, aunque hay que reconocer, con vergüenza, que fuimos uno de los últimos países en conseguirlo. 2 de octubre no se olvida y el movimiento del 68 es el más conocido, uno de los que más nos duelen. 1988 y 2006 fueron años en los que se vivieron fuertes movilizaciones en protesta por “supuestos” fraudes electorales, el primer fraude contra Cuauhtémoc Cárdenas y el segundo, contra López Obrador. En 1994 estalló el movimiento zapatista. Cinco años más tarde, 1999, la huelga de la UNAM. En 2001 vivimos el movimiento de Atenco que se opuso a construcción del aeropuerto en Texcoco. 2006: la APPO en Oaxaca. Desde el enorme movimiento magisterial de 1958 hasta la fecha, hemos sido testigos de continuas manifestaciones de los sindicatos de los maestros. 2008 y 2009 movimientos a favor del Sindicato Mexicano de Electricistas. En el 2012 el movimiento #Yosoy132. Finalmente, el 2014 vio los movimientos del Instituto Politécnico Nacional y, a partir de los eventos de Ayotzinapa, las protestas por los 43 estudiantes desaparecidos.

Seguramente he olvidado algunos. Lo importante es darnos cuenta de cuáles movilizaciones han logrado sus objetivos. Sí, todas los han difundido. La mayoría han puesto sus metas y preocupaciones en las redes sociales, sobre las mesas, en las conversaciones, en los medios de comunicación y en las agendas de ciudadanos, organismos independientes y hasta de algunos gobernantes. Eso ya es mucho. Pero no basta. Seguimos sin saber la suerte de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Seguimos sin saber en dónde están tantos y tantos desaparecidos. La educación en México continúa como rehén de grupos de interés a quienes nada les importa el alumnado. Nuestro país sigue siendo botín de unos pocos, en detrimento del bienestar de las mayorías. La corrupción y la impunidad son los platillos más servidos. Y estamos hartos. Todos estamos hartos, pero no sabemos qué hacer, hacia dónde jalar, a qué movilización unirnos, cómo conseguir resultados.

Hay muchos retos pendientes y no podemos darnos por vencidos. Tenemos que seguir intentando que las cosas mejoren. Es imprescindible, para que nuestra sociedad no se entuma, que continuemos creyendo en las movilizaciones, en movilizaciones creativas y propositivas, aunque muchas veces no veamos los resultados a corto plazo. Bien dice Gloria Steinem, una tenaz luchadora por los derechos de las mujeres: “Sé que debemos comportarnos como si todo lo que hacemos importase, porque puede que importe”.

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