gay talese ilustracion

Karla Casillas

El reloj marcaba casi la una de la madrugada de este domingo y yo estaba sobre la cama, con los ojos puestos en la página 423 de un libro al que he dedicado mis noches de lectura a veces a pasos agigantados, y a veces cortitos, dese hace tres meses.

En esta ocasión no podía parar, y ante mis expresiones de asombro, las cuales se traducían en pequeños “hiiiiiiii” que salían naturalmente uno detrás de otro, mi marido no pudo evitar preguntarme qué coño era lo que estaba leyendo.

Lo que voy a contar sucedió en 1993, cuando el escritor y periodista Gay Talese – ya consagrado como uno de los pioneros del Nuevo Periodismo- estaba cubriendo para la revista The New Yorker el caso Bobbitt, esa brutal historia reporteada por cientos de cronistas que luchaban por contar los entresijos de un hecho que dio la vuelta al mundo. La madrugada del 23 de junio Lorena cercenó el pene de su esposo John Bobbitt con un cuchillo de mango rojo, tras haber sido violada por él, según su versión.

Gay Talase estaba obsesionado por contar esta historia y se propuso convencer a la entonces editora de New Yorker, Tina Brown, de mandarlo a cubrirla. Después de una primera negativa, el escritor le argumentó que el caso prometía “ser una tribuna en la que se ventilará mucha de la ira que transpiran las alcobas norteamericanas en estos días y, si yo hago la investigación y escribo el artículo, creo que podemos tratar el asunto de manera digna y literaria, al mismo tiempo que captamos todos los detalles sórdidos y fascinantes que caracterizaron el trabajo que hizo Capote en A Sangre Fría”. Un día después la señora Brown contestó a Gay: “Está bien, estás contratado para hacer el artículo sobre la cortadora de penes…”.

A partir de la página 361 de su autobiografía, Talese comienza a desvelar los detalles de sus viajes entre Nueva York y Manassas, Virginia –donde sucedió el hecho-. Su febril reporteo le llevó a entrevistar durante medio año a “decenas de personas que estaban directa o indirectamente relacionadas con la historia de los Bobbitt: los abogados de la pareja, sus médicos, sus parientes, sus amigos, sus vecinos y sus compañeros de trabajo… al sargento de policía que descubrió el pene de John entre la maleza” y un largo etcétera de personajes a los que también desentrañó parte de su vidas.

Gay Talese narra de manera extraordinaria este capítulo de su trayectoria periodística: mientras va deshilando la vida de la pareja y los personajes que la rodeaban desde que se conocieron hasta el momento de la tragedia de alcoba, revela la suma de obstáculos que enfrentó durante los meses de trabajo; uno de los más desafiantes era, sin asomo de duda, contar desde un ángulo inédito un suceso que estaban siguiendo más de 200 reporteros locales y del mundo.

Veintidós años atrás Talese ya había publicado Honrarás a tu padre (1971), el libro que le encumbró como gran exponente del periodismo literario americano de los años 70 y que le costó seis años de investigación sobre una de las familias neoyorquinas de la mafia: los Bonanno. Además había trabajado más de una década para The New York Times.

Antes de entregar su texto Talese había pasado una noche en blanco, escribiendo sin parar el artículo al que titularía “Incidente en Virginia”. Lo envió y se quedó profundamente dormido, víctima del agotamiento; y cuando despertó a las 4 de la tarde, tenía un sobre debajo de la puerta de su habitación de hotel. Era un fax que le había enviado su editora Tina Brown.

Después de un breve párrafo en que la implacable mujer, le dice a Talese que está consciente de la cantidad de tiempo y energía que invirtió en ese trabajo, le explica: “Lamentablemente, creo que después de todo, era un tarea imposible (…) Tal vez porque no tuviste acceso a la esposa (Lorena solo dio una entrevista a Vanity Fair y otra a un programa de televisión llamado 20/20), o quizás porque el infante de marina (John) simplemente es un tipo opaco y estúpido (…) no siento que sepa nada más acerca de esta pareja de lo que sabía después de leer los periódicos (…)”.

Luego de leer este mensaje, Talese confiesa que quedó sumamente contrariado: “No sólo había arruinado la oportunidad de que me publicaran en New Yorker sino que había decepcionado a la editora que había expresado con frecuencia admiración por mi trabajo en el pasado, y en esta ocasión había sido yo quien había fallado al tratar de desarrollar una historia que yo mismo había elegido”.

Pero el escritor no se dio por vencido y redactó una respuesta a Tina, en la que le propuso hacer un texto más corto, con un nuevo ángulo y le recordó que sólo él “había tenido acceso al varón emasculado”. Respecto a su apreciación sobre lo poco novedoso de su artículo, le contestó: “dices que no te enteraste de muchos datos que no hubieses oído antes; bueno, ¡pues la mayor parte de todo eso lo supiste por mí! (…)”.

A la mañana siguiente Tina le contestó con una nueva negativa. Convertir su artículo “en una columna corta y exigua, sería un esfuerzo titánico, que no aportaría ganancia alguna (…)”.

Pasaron algunos días y Gay Talese, quien se adivinaba obstinado con el tema, le hizo saber a su editora una buena nueva, y era que él había tenido la oportunidad de estar sentado en la sala de la casa de John Bobbitt y sus familiares, mientras todos veían por la televisión el programa 20/20 de la cadena ABC, en el que Lorena por primera y única vez –según su representante- accedería a dar su testimonio sobre el morboso suceso. Talese estuvo sentado en un palco de honor al que nadie más había tenido acceso a un mes de que se celebrara el juicio de John por abusar presuntamente de su pareja.

Muy querido Gay, respondió Tina Brown “para ponerle punto final a esa correspondencia: he llegado a sentir que realmente deberíamos decirle adiós a esta saga peniana y encargarte algo más gratificante (…)”.

A lo largo de este intercambio de cartas y argumentos, Tina le sugiere a Talese que mejor piense en la idea de volcar todo su esfuerzo en un libro.

Supongo que en ese momento el escritor cayó en la cuenta de que su editora le había cortado definitivamente las alas para narrar esa historia que tanta pasión le había provocado. A pesar de ello, Talese decidió quedarse para dar seguimiento a los mediáticos juicios que enfrentaron cada uno de los protagonistas: Lorena, la chica de origen ecuatoriano que se dijo ultrajada por su marido, y John, quien la acusó de haber cometido ese crimen consciente de lo que hacía, y de haber actuado con dolo en un terrible acto que pudo haberle costado la vida.

El 11 de noviembre de 1993 John Bobbit fue absuelto, y más tarde Lorena correría con la misma suerte.

Entonces Talese preparó sus maletas y volvió a su casa en Nueva York pensando que a él “tampoco le importaba ya el caso (…) aunque no podía olvidar con facilidad el hecho de que había invertido 6 meses en esta historia, y no tenía mucho que mostrar excepto dos gruesas carpetas llenas de notas y mi artículo de 10 mil palabras que Tina Brown no quiso publicar en The New Yorker”.

La confesión con todo tipo detalles de este pasaje que Gay Talese narra en su libro “Vida de un escritor” (Santillana ediciones Generales), es absolutamente reveladora de uno de los grandes dilemas que enfrenta a editores y reporteros en todas las redacciones.

Y perdón que recurra a una extraña pregunta en sentido figurado, pero de pronto se me ocurre plantear: ¿Me vas a contar algo nuevo de la historia que ya he escuchado y leído mil veces, así me la cuentes desde un helicóptero?

He escuchado un montón de argumentos de un lado y del otro. De hecho, este tipo de discusiones suelen ser invitadas frecuentes en noches de trago y parranda entre periodistas. Con estos debates filosóficos nos encanta entretenernos, pero nunca se llega a una conclusión.

Hay incluso un dicho al respecto que va mas o menos así: no importa quien cuente primero la historia, sino quien la cuente mejor.

Y si alguna vez tendría que plantearme una conclusión diría que la intuición y el instinto del editor son ingredientes básicos en las decisiones finales, pues cada caso tiene sus particularidades. En el caso de los Bobbitt ¿quién se atrevería a decir ‘no’ a una pluma como la de Talese, para narrar una historia, así estuviese excesivamente manoseada? Tina Brown lo hizo, y al final del capítulo Talese confiesa que nunca escribió ese libro que ella le sugirió. Pero a cambio, en “Vida de un escritor” nos regala unas 100 páginas absolutamente envolventes y grandes acerca del artículo nunca publicado al que tituló “Incidente en Virginia”.

*Ilustración: Fernando Rodríguez Durán

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