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“Que no, que no, que no y que no”. Las autoridades se aferran a la mentira histórica. Murillo Karam dijo que se trataba de la mayor investigación de la historia. Él lo sabía como todo el mundo. Igual: hicieron un asco. La investigación de la PGR sí ha sido la más revisada que se recuerde, y la más criticada. Ningún otro organismo se ha atrevido a validarla. Por lo contrario, las críticas por sus torpezas, su desaseo y sus omisiones han sido señaladas por entidades nacionales e internacionales. Hasta la CNDH se permitió burlarse -porque no fue otra cosa sino una burla- de que la PGR nunca elaboró las fichas de identificación de los 43 desaparecidos: “antes de ponerte a buscar debes saber qué buscas”, dijeron en la Comisión.

Ahora, la CIDH le ha dado el tiro de gracia a la investigación de la PGR. Ha mostrado un caudal de pruebas y razonamientos. Ha señalado incongruencias que apuntan, para muchos, a una operación masiva de obstaculización y desvío de la investigación para engañar a la opinión pública. El caso del 5to autobús, y de cómo siguen ocultándolo, es clave.

La CIDH no llegó a ese extremo. Su papel no es confrontarse sino buscar una investigación seria que encuentre a los desaparecidos e identifique a los responsables. Por eso ha recomendado una reorientación de los trabajos, desde el principio. Y ha señalado que el presunto destino de los estudiantes -la incineración en el basurero de Cocula- es una idea absurda. “No hay ninguna evidencia que indique la presencia de un fuego de la magnitud de una pira para la cremación de inclusive un solo cuerpo”, establecieron a partir del análisis del perito José Torero.

Es una mentira dolosa, agrego yo, después de haber ido en persona a ese sitio, acompañado de David Espino, Coizta Grecko y Humberto Ibarra, como parte de la preparación del documental de Ojos de Perro vs la Impunidad sobre la noche de Iguala. No se sostiene ni la idea de que pudieron haber echado los 43 cuerpos pendiente abajo. Mucho menos la de que pudieron haber hallado ahí el combustible necesario, que pudieron mantener el fuego ni la de que pudieron acercarse a él sin morir quemados. Esa noche llovió, como sostuvo Claudia Munaiz en Cuadernos Doble Raya ya en noviembre del año pasado, y como ahora corroboraron los expertos de la CIDH. Y ya viéndolo un poco más de cerca, ni siquiera hay huellas de la sangre que deberían haber derramado los 28 normalistas que, según la PGR, ahí mataron a balazos.

Captura de pantalla 2015-09-07 a la(s) 11.41.52Témoris Grecko y David Espino descendiendo por el basurero de Cocula

La gran pira improvisada de Cocula es, simplemente, una fantasía, incapaz de resistir el examen directo, in situ, de cualquiera que no tenga que someterse a la línea oficial del gobierno (en el diario Milenio, un periodista que no ha estado allá –Esteban Illades-, insiste en la defensa de esa hipótesis basado en la entrevista a un experto estadounidense que no fue a Cocula, ni a Guerrero, ni vino al país, y que ni siquiera hizo personalmente un análisis documental del caso, sino que respondió a las preguntas que le presentó el propio Illades). Pero las autoridades, sin ella, se quedan sin nada, además de verse evidenciadas y ridiculizadas a nivel global.

Y tendrían que explicar: ¿de dónde sacaron el hueso cremado de Alexander Mora, que fue identificado con exámenes de ADN en Austria? ¿Cómo supieron dónde hallarlo, cómo lo pudieron obtener? Porque la hipótesis de que arrojaron las bolsas con los restos al río San Juan depende de la del basurero, y si ésta se desmorona, tenemos un grado más en el absurdo de esta falsificación, y el misterio del hueso de una persona asesinada que las autoridades obtuvieron en un sitio pero aseguran haber encontrado en otro. Si saben cuál fue ese primer sitio y qué pasó allí, pero no lo revelan, están insistiendo en una mentira más -una de las más graves- de todo este perverso montaje.

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El presidente Peña Nieto y la procuradora Muñoz salieron a dar las gracias por el informe de la CIDH, pero en el fondo del mensaje se siente que no saben qué hacer más allá de aferrarse. Tomás Zerón de Lucio, de la Agencia de Investigación Criminal, lo mostró de manera más diáfana: “Vamos a tomar en cuenta las consideraciones”, aseguró, “pero al final, la verdad, estamos sobre el mismo camino, la verdad que tenemos nosotros es que en el basurero fueron ejecutados, fueron incinerados y posteriormente trasladados al río un número importante de estudiantes”.

En el desamparo. Así se vio Zerón de Lucio. Ya no afirma, con la agresiva seguridad de Murillo Karam, que ahí cremaron a 43 jóvenes. Ahora se trata de “un número importante”. ¿Y de los demás? Es incapaz de decir nada. Su problema es ahora mucho, mucho mayor que el que alguna vez tuvo: su credibilidad y su margen de maniobra están en márgenes rojos. Y quedó, con las instituciones federales, como un tonto.

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