Envoyé Spécial del 23 de abril pasado.

Envoyé Spécial del 23 de abril pasado.

El pasado 23 de abril, el programa faro del periodismo de investigación de la televisión pública francesa, Envoyé Spécial (Enviado Especial), transmitió el reportaje “Mediterráneo, un mar amargo”, el cual aborda los peligros que enfrentan los migrantes que buscan llegar a Europa en embarcaciones de fortuna. En seguida va un resumen de ese reportaje, en un afán por compartir información que ayude a entender la actual crisis de refugiados en Europa.

El reportaje original en francés lo puedes ver al final (dura la primera media hora).

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El equipo de periodistas de la emisión siguió a una familia siria que atravesó clandestinamente el Mediterráneo para llegar a Francia. Viajaron en un barco carguero con cientos de personas más que terminó a la deriva cerca de la costa italiana.

Walid y su esposa Lara cuentan su historia desde el departamento de una tía que les da alojamiento, en la periferia de París. Llevan cuatro meses en Francia. Llegaron con sus dos hijas y su pequeño hijo. El día de la filmación es el primer día de escuela para el niño, que tiene cinco años: “el comienzo de una nueva vida”.

Tres meses antes, la familia había embarcado en un viejo y destartalado carguero, el Blue Sky M, en un puerto turco. Walid muestra una fotografía que tomó: están sentados y rodeados de basura. Tenían una cobija, que utilizaron para sentarse sobre algo limpio.

Su hijo les preguntaba cada rato si iban a morir. Le respondían que no, que llegarían pronto. Walid y su esposa eran comerciantes exitosos en Damasco. La emisión señala que la nueva migración clandestina está compuesta de médicos, abogados y otros sirios que viven cómodamente pero que han decidido huir de la guerra. Poniendo en riesgo su vida atraviesan el Mediterráneo en barcos donde pueden subir hasta mil personas.

Refieren el drama de la travesía por el Mediterráneo, los naufragios que se multiplican. Aparecen imágenes de cuerpos flotando. En una se ve el cuerpecito de un niño de la misma edad que Aylan Kurdi, el niño encontrado en una playa turca hace unos días. El pequeño del reportaje viste una chamarrita amarilla y unos pantalones de color gris oscuro (Aylan vestía una playera roja y unos pantalones cortos negros).

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Mersin, un puerto al sur de Turquía, uno de los más grandes del país, a a 300 kilómetros de la frontera siria. Es un lugar de espera para los migrantes que quieren buscan llegar a Europa. Ahí permanecieron tres meses Walid y su familia antes de tomar el carguero. Fácilmente habían contactado por internet al traficante de personas (“coyote”) que los pasaría.

Relata: “Un día vi un anuncio para embarcar con unos 60 pasajeros. Debía partir dos semanas después. Me dije: ´vámonos´. A veces encuentras el número del coyote en internet. A veces se explica que hay que ir a tal o tal hotel para encontrarlo. Yo pagué por toda la familia 14,000 dólares”.

Para pagar, Walid vendió todas sus pertenencias. Una vez que entregó el dinero al coyote, la familia tuvo que esperar tres semanas en un hotel de Mersin. El 25 de diciembre Walid recibió la confirmación de que la salida era inminente. Fueron transportados a Tasucu, otra localidad portuaria turca a 40 kilómetros de distancia. Esa misma noche se embarcaron en un pequeña lancha, en la que navegaron 10 kilómetros hasta alcanzar el carguero.

Comenta Walid:

“Cuando montamos al carguero, constatamos que había ya gente que estaba esperando desde hacía cinco días. Nos sorprendió encontrar ahí a toda esa gente. El fondo estaba lleno de agua. Me dio mucho miedo y me dije: ´Esto no es posible, nos vamos a hundir´. Era asqueroso, repugnante, estaba todo sucio…”

–¿Te dieron ganas de dar media vuelta y regresar en ese momento?, se le pregunta.

–“No, en ningún momento, en mi cabeza estaba escrito: partir o morir”.

En el carguero había 700 personas hacinadas. Había un solo baño. Los dos últimos días no había agua para tomar.

–“Mi marido sufría mucho. Tenía más miedo que los niños. No sabía a quién debía calmar más, si a él o a mis hijos. No dejaba de angustiarse. Yo tenía confianza”.

Después de siete días de navegación, el capitán del carguero, un sirio de 36 años, activó en medio de la noche el piloto automático y el barco comenzó a dirigirse hacia las costas italianas. Amenazaba con irse a pique. Se dirigió a Galípoli, al sur de Italia, donde la capitanía ya seguía la ruta del carguero con sus aparatos geolocalizadores. El Blue Sky M estaba a 9 kilómetros de distancia y se apresuraba peligrosamente a la costa. A las 3 de la mañana la capitanía recibió una señal de auxilio. Un pasajero del carguero se comunicó por radio, estaba desesperado.

El carguero transportaba además 10 toneladas de petróleo. Por radio, el pasajero había dicho a las autoridades portuarias que el barco navegaba sin tripulación, que ésta había huido y dejado bloqueados los controles. Las personas a bordo no podían hacer nada para detenerlo. Esa noche estaba anunciada una tempestad. El comandante del puerto, Attilio Daconto envió dos helicópteros con la misión de posicionarse sobre el carguero para que militares pudieran descender y recuperar el control, como sucedió finalmente. Se evitó la catástrofe.

Cuando fueron rescatados, los migrantes estallaron de alegría.

“A la llegada de los rescatistas italianos, todo mundo se puso a cantar. Fue el día más feliz de mi vida”, recuerda Walid, que grabó la escena. En el puerto, él y su familia fueron recibidos por los socorristas. Los pasajeros bajaron; hombres, mujeres y niños estaban hambrientos y congelados. La temperatura era esa noche de cero grados. Cuatro cadáveres fueron extraídos del carguero y el capitán arrestado por la policía.

Fueron llevados a una escuela, enrejada y con custodia policiaca. Después, escoltados por patrullas, fueron subidos a camiones. Como muchos otros, la familia de Walid decidió irse de Italia para ir a Francia.

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Lara habla desde París con un familiar que espera en Turquía para también atravesar el Mediterráneo. Este explica que ya no encuentra cargueros disponibles. Que le proponen viajar en un viejo bote con motor fuera de borda que no sirve desde hace 20 años. Los coyotes subieron sus precios, ahora piden 6 mil dólares en lugar de cinco.

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En los primeros cuatro meses de este año más de 1,600 migrantes habían muerto ahogados en el Mediterráneo, más que en 2013 y 2014 juntos. Las labores de rescate de la Operación Mare Nostrum, realizadas por 8 embarcaciones militares italianas y helicópteros, terminó en octubre pasado después de sólo un año de duración. La reemplazó la misión Tritón, cuya misión ya no es el rescate de migrantes en peligro, sino la vigilancia de las fronteras europeas. La consecuencia es que ahora los barcos mercantes son los que deben desviarse de sus rutas para prestar auxilio a los inmigrantes que están a punto de naufragar.

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En el verano de 2014 el ejército israelí arrasó el barrio Shahaiya de la franja de Gaza. El 2 de septiembre siguiente 200 de sus habitantes decidieron huir. Se dirigieron a Rafah y de ahí cruzaron a Egipto a través de un túnel clandestino de un kilómetro de largo y sostenido por paredes de refrigeradores apilados en posición vertical. De ahí zarpó a Europa en un barco que naufragó. El saldo fue de 450 migrantes desaparecidos. Sólo 8 sobrevivieron.

Mamun, un palestino de 28 años, fue uno de ellos.

Al salir Mamun del túnel que conecta Rafah con territorio egipcio, un cómplice del coyote al que había contactado lo recogió en automóvil para conducirlo a Damiette, un pequeño puerto en el Delta del Nilo. Mamun dejó en Gaza a su mujer y sus cuatro hijos. Lo acompañaban su hermano de 25 años y su sobrinito de cinco. El 6 de septiembre se embarcó a Europa con familias enteras, la mayoría palestinas, pero también sirias y somalíes, en una frágil embarcación. El viaje duraría cinco días y el destino era Sicilia, Italia.

Mamun:

“El barco era muy pequeño para tantos pasajeros. No podías incluso estar sentado y estábamos todos pegados uno contra otro. Si te movías, perdías tu lugar”.

El naufragio ocurrió al cuarto día, provocado por un ajuste de cuentas: la embarcación de un traficante rival golpeó el barco de Mamun y lo hundió. La mitad de los pasajeros estaba en la bodega de la embarcación, y ahí quedaron. En la superficie sobrevivieron 150 personas, entre ellos Mamun y su hermano. Pero su sobrino murió.

Otra vez Mamun:

“Abracé durante cinco horas el cuerpo de mi sobrino, esperando que volviera a la vida. Era una situación horrible, estaba rodeado de cuerpos de niños e incluso de bebés. Alrededor de mí había un montón de cadáveres. Muchos de mujeres. Después de cinco horas, rezamos y dejamos partir a mi sobrino en el mar”.

Los sobrevivientes se encontraban a 150 kilómetros de las costas de Malta. Durante el naufragio, Mamun y su hermano recuperaron chalecos salvavidas y botellas de agua. Pasaron las horas y los días. Uno, dos, tres. Al cuarto sólo quedaba una decena de sobrevivientes. Ellos no sabían que, antes del hundimiento, el capitán había lanzado un mensaje de auxilio. Un buque, el Antártica, se había desviado para socorrerlos.

La televisora contactó al capitán de ese buque, un francés, que narra el rescate de los sobrevivientes. El agua a 32 grados les había salvado la vida. No así a su hermano. El capitán del Antártica narró que con la obscuridad de la noche no se dieron cuenta de la amplitud del drama. Fue con los primeros rayos del sol que pudieron observar que había más de 50 cadáveres flotando en el mar.

Mamur fue enviado tres días más tarde a Malta, país miembro de la Unión Europea, a un campo de refugiados con disciplina carcelaria. Sin papeles y sin empleo, tampoco había tenido la fuerza para decirle a su madre que su hermano y su sobrino habían muerto. Frente a la cámara él habla por teléfono con ella, quien le pregunta por ellos, cómo se encuentran. Él calla.

Después del naufragio de Mamur, las autoridades egipcias anunciaron que habían desmantelado esa red de pasaje de clandestinos. Habían realizado unas treinta detenciones, entre ellos de quien pasó a Mamun, se suponía. Sin embargo, en el reportaje un periodista le pide al traductor que los asiste que marque al número de ese coyote. Sorpresivamente, el tipo responde. Le preguntan cuanto cobraría por transportar de Gaza a Europa cuatro personas. Les responde que 3,500 dólares por cada uno, “todo incluido”.

–¡3,500! Pero entre ellos hay niños…

–Ahhh, de acuerdo, ¿de qué edades?

–De entre 5 y 6 años…

–¿Entre 5 y 6 años? No les voy a cobrar el viaje…pero deberán pagar por pasar el túnel (a Egipto).

–OK. ¿Pero no es peligroso? Se habla de naufragios, muertos…lo que ha pasado últimamente…

–No puedo hacer nada. Es la voluntad de Alá. Pero ahora no hay peligro. Esos viajes son seguros, ¿sabe?

En el bote en que iba Mamun había 350 adultos y 100 niños. El coyote se habría embolsado un millón 220 mil dólares.

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Un pequeñísimo puerto de pescadores de Túnez. El equipo de investigación encuentra al menos 30 coyotes operando ahí. Hablan con ellos. Éstos afirman que los policías les llevan a los migrantes que quieren cruzar a Europa y se quedan con la mitad de lo que se les cobra para pasarlos. Durante la filmación se ven alrededor muchos niños del pueblo. ¿Qué quieren ser de grandes?, se les pregunta. Todos contestan que coyotes.

 

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