“No es posible tener verdaderos periódicos sin democracia y no se puede tener democracia sin periódicos”.

Alexis de Tocqueville

“Sus directores o jefes de redacción eran hombres y mujeres terribles, seres que si te los quedabas mirando mucho rato te dabas cuenta que habían surgido de las cloacas, una mezcla de funcionarios desterrados y de asesinos arrepentidos”.

“Los detectives salvajes“, novela de Roberto Bolaño ambientada en México en el caso del fragmento anterior.

1.

Manifestación en el Ángel de la Independencia.

Manifestación en el Ángel de la Independencia.

¿Cómo explicar que el asesinato de tantos periodistas no suscite en la sociedad mexicana la misma emoción (ya no digo indignación ni movilización) que en las sociedades de países democráticos cuando en estos llegan a suceder ataques contra la prensa y la libertad de expresión?

Las circunstancias son distintas y hay muchos matices, pero dos escenas sirven para medir realidades opuestas: en Francia casi cuatro millones de personas, incluyendo al presidente Francois Hollande y otros líderes europeos, participaron en todo el país en las marchas de unidad nacional convocadas tras el ataque terrorista cometido en enero último contra el semanario satírico Charlie Hebdo. En México, el asesinato de mi compañero fotoperiodista Rubén Espinosa y de otras cuatro personas en el DF congregó a mil colegas y otros ciudadanos en el Ángel de la Independencia, según reportaron las notas de prensa.

Hay que empezar señalando que, a pesar de que más periodistas y medios están dispuestos a ejercer correctamente su trabajo (ser un contrapeso al poder y guardianes del interés público), la nuestra es una profesión desacreditada socialmente en México. La prensa mexicana ha sido tan mansa con la clase dirigente que por eso los periodistas son vistos por el grueso de la población con desconfianza y menosprecio, y sus problemas con desinterés.

El periodismo crítico e independiente frente al poder ha sido en México una anomalía en el vasto paisaje dominado por la prensa oficialista o acomodaticia. El prestigio, por citar el caso más emblemático, del semanario Proceso (que en 2016 cumplirá 40 años de existencia) se debe a su resistencia frente al sistema de control gubernamental que otros medios aceptaban (y aceptan) gustosos o no.

Doy algunas estadísticas únicamente como punto de referencia general, aunque están sujetas a diferentes lecturas. En un sondeo realizado en 2013 por el Instituto Nacional Electoral y el Colegio de México, 32% de los encuestados declaró tener “mucha o poca confianza” en los medios de comunicación. El gobierno federal salía mejor librado (con 38% de confianza).

En Europa, en comparación, hasta los países con los niveles más bajos de confianza en su prensa (España, Italia y Francia, éste último con medios públicos de gran calidad) superan en la estadística a México (con 34, 35 y 38% de encuestados que, respectivamente, dicen confiar en la mayoría de las noticias).

Según las cifras que proporcionó este año el Reuters Institute for the Study of Journalism –basado en la Universidad de Oxford, en Inglaterra– la confianza que entregan austriacos, irlandeses, británicos, daneses, alemanes y finlandeses a sus medios se sitúa (aún cuando también son afectados por una crisis global de credibilidad) en una franja que va de 39 a 68%. Y si se pregunta a los europeos lo mismo pero respecto a sus propias fuentes de información (las que consumen por voluntad propia para informarse), la confianza se incrementa y oscila entre 46% de los españoles y 73% de los finlandeses.

(Un dato adicional: en Estados Unidos la confianza es la más baja de los países analizados por el sondeo de Reuters, es decir 32%, pero la que atribuyen los encuestados a sus medios de predilección alcanza 56%).

2.

Hace casi una década –cuando todavía era presidente Vicente Fox, el antecesor de Felipe Calderón Hinojosa–, entrevisté a Robert Shaw y Benoît Hervieu (revista Proceso, edición del 12 de marzo de 2006).

Ambos seguían en ese momento la situación mexicana para sus respectivas organizaciones; el primero en Bruselas para la Federación Internacional de Periodistas (FIP) y el segundo para Reporteros Sin Fronteras (RSF), en su sede parisina, donde lo visité.

Acusaron los bajos salarios de los colegas mexicanos, la falta de solidaridad en el gremio -principalmente de los medios “nacionales” y de las “vacas sagradas” del periodismo-, así como el cada vez mayor número de reporteros freelance como consecuencia de la mala situación de las empresas.

Tres años antes, en 2003, un estudio realizado por la FIP sobre las condiciones laborales de los periodistas en el mundo, que fue presentado a la Organización de las Naciones Unidas, arrojó que México y otros países de América Latina presentaban la proporción más alta de periodistas sin contrato ni protección de ningún tipo: en promedio, 50%, cinco veces más que en Estados Unidos y el doble que en Europa en ese momento.

Lo más probable es que el porcentaje haya crecido desde esa época.

Benoit Hervieu

Benoit Hervieu

“El periodista mexicano –consideraba Hervieu– está solo, no se gana bien la vida, y la profesión tiene mala imagen en la sociedad; en México, hay que admitirlo, el periodista es como un pobre perro en estas circunstancias”.

Hace unos días, a raíz del asesinato de Rubén Espinosa, volví a hablar con Hervieu, quien salió de RSF el año pasado y ahora imparte clases de derechos humanos y medios en el Institut des hautes Etudes de l’Amerique latine en París.

Recupero algunos fragmentos esenciales de su diagnóstico actual:

–“En México es común escuchar que el periodismo no es una profesión sino un oficio. La relevancia del periodista no es como en Europa. América Latina es de las regiones más violentas del mundo y falta una solidaridad gremial regional y dentro de los mismos países”.

–“En México los sindicatos de periodistas son casi inexistentes; no hay reconocimiento profesional del periodista fuera de sus medios; no hay una asociación nacional o colectivos de periodistas con peso suficiente para agrupar a la profesión en su diversidad. ¡En México
comienza a hacerse eso, pero caminando sobre los cadáveres!”.

–“No hay que esperar de los propietarios una solidaridad que no llega”. Los periodistas deben comprometerse en su propia protección, pero ello debe ir de la mano con una “reivindicación profesional de todo el gremio”, de tal modo que los periodistas “existan” de forma independiente a los medios de comunicación que los emplean.

–“Una situación de dependencia extrema de los medios, a sus recursos políticos y económicos, se convierte en un obstáculo a la solidaridad que falta en el gremio periodístico”.

Para Hervieu, en breve, una de tantas condiciones básicas para intentar frenar la violencia contra los periodistas es que su importancia social sea reconocida y, más aún, apreciada por la sociedad mexicana.

3.

En los países europeos hay esfuerzos de todo tipo y escala en esa dirección. En mi opinión, falta mucho a la sociedad mexicana para alcanzar el grado de importancia que –a pesar de sus propios desafíos– se le confiere de este lado del Atlántico a la libertad de expresión y a una prensa independiente.

Y eso desde la escuela. En Bélgica, por ejemplo, desde hace 17 años existe el programa “Periodistas en clase”, por medio del cual los periodistas son invitados a las aulas “para explicar a los alumnos de primaria y secundaria su trabajo, debatir un tema de actualidad, acompañar algún proyecto escolar sobre medios de comunicación o reflexionar juntos temáticas como la libertad de expresión, la función de los cartones o la diversidad en la información”.

Ese programa está financiado por la Comunidad Francófona de Bélgica (es decir, una autoridad) y lo pone en marcha la Asociación de Periodistas Profesionales del país.

Otro ejemplo. El año pasado los estudiantes más grandes de la primaria pública donde asisten mis hijos presentaron un periódico mural compuesto por tres sencillos cómics titulados “Un periodista ha desaparecido”. Los niños narraban historias que requirieron tiempo de discusión en clase con sus profesores. En un caso, un periodista había sido arrestado tras haber publicado una información que molestó a Nicolas Sarkozy (sí, el otrora presidente francés, así lo eligieron los chicos). En otro, el motivo del encarcelamiento había sido la denuncia periodística de un fraude millonario cometido por un “importante ministro”. En el último, el periodista fue secuestrado y llevado a prisión.

"¡Un importante ministro se robó nuestro dinero!". Foto: Marco Appel

“¡Un importante ministro se robó nuestro dinero!”. Foto: Marco Appel

En las historietas se planteaba el dilema (y el riesgo) que entraña divulgar o no una noticia incómoda para los poderosos. Se destaca también el compromiso que asume el personaje en cuestión al decidir revelar la información por interés público. Al final, las protestas ciudadanas conseguían liberar a los valerosos periodistas. En los tres cómics se integraron las cartas (enternecedoras) que los propios niños habían redactado con peticiones para liberar a los periodistas. Una de ellas decía: “Estimado ministro: un periodista ha desaparecido; quienes lo secuestraron no respetaron las reglas de los derechos humanos, la libertad de expresión y la prohibición de encarcelar sin razón”.

Es así como los futuros ciudadanos de este país van aprendiendo desde pequeños a valorar y reconocer el trabajo periodístico, para luego poder defenderlo en su vida real adulta.

Acabo de leer que en Dinamarca los partidos políticos están discutiendo la conveniencia de añadir en la asignatura de historia o de ciencias sociales el estudio del caso de las famosas caricaturas de Mahoma que publicó el periódico Jyllands-Posten en 2005. Aquellas caricaturas desataron una ola de protestas y de violencia de islamistas indignados con los dibujos, pero también generaron un importante apoyo en Europa de la sociedad y de gran parte del gremio al diario danés y a sus moneros (el Charlie Hebdo, cuya sede parisina fue atacada por terroristas el 12 de enero pasado, dejando un saldo de 12 personas muertas, reprodujo esas caricaturas). El objetivo de esta iniciativa danesa es cultivar en sus niños la importancia de proteger la libertad de expresión incluso por encima de las creencias religiosas.

En el escenario ideal, cuando el ejercicio periodístico (su ética, su misión social y su papel democrático) sea de verdad parte de los valores comunes y alcance un nivel de respeto decoroso en la sociedad mexicana, la prensa retrógrada –que hoy sostiene los intereses del poder y propaga prejuicios y visiones autoritarias– será naturalmente confinada a los márgenes del panorama mediático, aislada. Sus plumas o voces representativas, hoy líderes de opinión en diarios de gran tiraje o grupos radiofónicos, serán expuestas a la vergüenza y a la condena de una sociedad mexicana informada y democrática, y no sólo de una minoría ilustrada.

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