El sábado 1 de agosto por la tarde llegó la alerta a mi celular: mataron a Rubén Espinosa. Me encontraba viajando y apenas unos minutos antes había visto el mensaje previo, otra alerta reportándolo como desaparecido desde la tarde anterior. Ahora no había duda: a este fotoperiodista amenazado, exiliado y aterrorizado –que abiertamente dijo a otros en la ciudad de México que temía por su vida y que necesitaba terapia psicológica–, le cumplieron la amenaza.

Varios colegas ya han descrito la sensación cuando uno recibe la noticia: un golpe en el estómago que te deja sin aire momentáneamente, para luego subir como oleada de angustia hasta el pecho, e instalarse en la cabeza, que se vuelve pesada. A veces, una punzada en la sien izquierda también aparece sin avisar.

Los periodistas mexicanos llevamos años sintiendo esto. Empezó como un malestar, un sabor agridulce cuando nos enteramos de las primeras muertes en Veracruz, esas que aún no identificábamos como parte de un patrón: los asesinatos están siendo ordenados desde el poder; las propias víctimas apuntan hacia el gobernador Javier Duarte. El malestar devino en esa patada en el estómago que, al menos yo, recuerdo claramente haber sentido cuando asesinaron a Regina Martínez, la corresponsal de la revista Proceso en Veracruz. Surgieron las primeras protestas, el movimiento Los Queremos Vivos, la marcha en la ciudad de México en la que cerca de un millar de periodistas –reporteros y fotógrafos la mayoría, algún otro solidario por ahí; pocos editores, ningún dueño de medios– salieron a la calle a exigir garantías para realizar su trabajo de manera segura.

Cuando vino el asesinato de Gregorio Jiménez, la ira, la rabia, la impotencia nos desbordó. En mi caso, me recuerdo a mí misma sentada en mi escritorio en Los Ángeles llorando de manera descontrolada cuando, tras varios días de haber sido reportado como desaparecido, encontraron su cadáver. Yo había regresado de la ciudad de México unas horas antes; ahí me sumé a los periodistas que lanzaron la campaña Frente a sus Balas, Nuestras Palabras, con la esperanza de que el ruido mediático asegurara la aparición con vida de Gregorio. Fue demasiado tarde, y también fue inútil: a Goyo le siguió Moisés; a Moisés, Armando; a Armando, Juan; a Juan, Rubén.

Si el lector me ha seguido hasta aquí, habrá percibido el detalle que encierra la intención de este texto: en este recuento, los protagonistas son los periodistas. Reporteros de a pie y fotógrafos que siguen en las calles cada día –las mismas calles donde los están asesinando–, y que tienen que tomar la foto y hacer la nota al tiempo que lloran la pérdida de un amigo, de un colega o de un mentor. En esta historia, la víctima y el testigo son la misma persona, y esa persona esta sola.

Ese es el asunto: la sociedad nos ha dejado solos. Con quince periodistas del estado de Veracruz asesinados; con un régimen autoritario que compra el silencio o la información a modo en los medios de comunicación, y que elimina a quienes no se dejan comprar; con un gobierno que cínicamente administra corruptelas sabiéndose intocable, la sociedad civil en México incomprensiblemente ha decidido dejar solos a sus periodistas. No hay marchas multitudinarias exigiendo justicia para los reporteros asesinados, ni protección para los que siguen trabajando. No hay indignación ni rabia; no hay un reconocimiento de que cada imagen tomada por un fotógrafo que arriesga la vida es una ventana a una verdad que el sistema se empeña en ocultar. La sociedad mexicana ha perdido –o nunca ha tenido– la conciencia de que el acceso a la información es su derecho, y de que los periodistas que arriesgan la vida protegen ese derecho. El ciudadano de a pie, el que cada noche enciende la televisión para ver el noticiero de las diez y media, o sigue pagando diez pesos para leer un periódico por las mañanas, no parece sentirse afectado de manera personal cuando la nota del día está salpicada de sangre.

Si dentro de México la indiferencia y el silencio de la sociedad se convierten en comparsa del régimen, en el ámbito internacional las cosas no están mucho mejor. Algunas de las grandes organizaciones de defensa de derechos humanos hacen algún pronunciamiento a través de una carta entregada a una oficialía de partes, y contados medios de comunicación –más ahora que antes– publican artículos editoriales apuntando al gobierno mexicano por la impunidad que devora al país; más allá de eso, no hay posicionamientos enérgicos, contundentes, por parte de los gobiernos que se jactan de ser paladines de la democracia, y el gran “concierto de naciones” tiene oídos sordos: mientras en México se entierra un cuerpo que aún no se enfría, el presidente Peña Nieto y su comitiva de decenas de manobesadores son recibidos con honores por presidentes y jefes de Estado en un país, y en otro, en el que sigue.

En el caso particular de Estados Unidos, además de doloroso, el silencio es un silencio cómplice. En los encuentros entre Barack Obama y Peña Nieto el tema no se toca. Periodistas mexicanos perseguidos, que han sido secuestrados y han salido con vida, piden asilo político en Estados Unidos y sus casos son rechazados: sólo 3% de las peticiones de asilo de mexicanos se aprueban, porque los jueces estadounidenses no consideran que exista evidencia suficiente de que México no es un país democrático. La simulación viene de los gobiernos, pasa por la justicia, y se diluye en la indiferencia de la sociedad.

Tras el anuncio del asesinato de Rubén, al menos dos colegas externaron su dolor y frustración diciendo: “no lo pudimos proteger”. Y a mí el dolor se me vuelve ira, porque esa no tendría que ser nuestra función. La función de los periodistas es buscar la verdad y llevarla a donde el poder no desea que se escuche. La función de los periodistas es ejercer su derecho a informar para garantizar el derecho de la sociedad a ser informada. Esta función, indispensable para el ejercicio de la democracia, tendría que estar siendo protegida y garantizada por las autoridades, por las organizaciones nacionales e internacionales, pero principalmente por la sociedad civil. Los periodistas somos los ojos y los oídos de cada ciudadano; una ola de impunidad y corrupción busca apagarnos y está visto que nosotros solos no nos podemos proteger, porque esa no es nuestra función. Si los gobiernos, las organizaciones, los ciudadanos, la comunidad internacional siente que ese tampoco es su trabajo, entonces, ¿a quién le toca?

 

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