Por: Rubén Espinosa/Óscar Balderas

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Veintidós días antes del asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa, Nadia Vera, Yesenia Quiróz, Alejandra Negrete y “Nicole”, al menos dos personas aprovecharon la oscuridad de las calles en el centro de Huatulco, Oaxaca, para rociar de balas el cuerpo del periodista Édgar Hernández García, director del diario digital Foro Político (FP).

Un comunicado de prensa de la procuraduría de justicia oaxaqueña y testigos del crimen dan cuenta que Édgar no tuvo oportunidad de defenderse: apenas salió del bar, sus victimarios dispararon en varias ocasiones. No se llevaron su teléfono, ni cartera ni alguna otra pertenencia. Lo esperaron detrás de la puerta de salida y cuando tuvieron la mira despejada, tiraron a matar. Huyeron dejándolo en agonía hasta su fallecimiento sobre la banqueta.

Édgar Hernández sentía la muerte cerca desde mediados de 2013. Un trabajador de FP me habló de ello, con la condición de no revelar su nombre: en privado, el director confiaba a su reducida planilla – menos de 8 personas – que había noches en que creía que lo seguían hasta su casa. Caminaba por la calle y se sentía vigilado. Decía que le habían puesto “halcones” para intimidarlo e impedir que su portal – cuyo lema era “Análisis de la vida pública y privada de los personajes en Oaxaca” – publicara lo que el vox populi huatulqueño decía: “el (entonces) alcalde Lorenzo Lavariega tiene nexos con el crimen organizado”. En concreto, con grupos ligados al Cártel de los Beltrán Leyva.

Su miedo estaba fundado en un “incidente” a finales de 2013: luego de ser acosado por Lavariega, un vehículo supuestamente impactó a propósito el automóvil del periodista para sacarlo de la carretera libe que conduce a Huatulco. El presunto atentado ocurrió en una zona de barrancos, donde los conductores que caen por ahí no salvan la vida.

A principios de enero de año pasado, Édgar hizo pública su preocupación y apuntó al probable responsable del “accidente”: el presidente municipal Lorenzo Lavariega, el mismo que el 8 de febrero de ese año vio a elementos del Ejército mexicano entrar a su domicilio en busca de armas y drogas. El mismo que a raíz de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa la gente empezó a apodarlo “el Abarca de Oaxaca”. El que tuvo que renunciar a ser candidato a diputado federal por Morena porque la gente acusó con Andrés Manuel López Obrador que ese hombre es operador de la industria del narcotráfico.

A él, Édgar responsabilizó de lo que le pudiera pasar. Y el 9 de julio de 2015, sucedió: a los 36 años, murió cerca de las 22:15 horas en la colonia La Crucecita antes de que poder llegar al hospital. Las balas que salieron de una o unas pistolas 9 milímetros en el pecho fueron demasiado para su cuerpo.

“¿Tú crees que Lavariega está detrás de eso?”, pregunto a mi fuente y del otro lado de la línea hay silencio. “Mira, él es el cacique, la mafia de acá, el que ya había amenazado a Édgar. Al menos, que lo investiguen”.

Quienes también piden que el asesinato sea investigado como un delito contra la libertad de expresión son, al menos, tres organizaciones dedicadas a la defensa del gremio: la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (FAPERMEX), la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP-México) y la asociación civil  Club Primera Plana.

“No es porque yo lo haya conocido, pero Édgar era un soñador. Quería cambiar el mundo. Amaba el periodismo, pero se frustraba porque sentía que su trinchera era chiquita, muy chiquita. Se lanzó varias veces como candidato de acá (Huatulco), pero no ganaba y se regresaba a escribir. Así le hacía. La gente lo apreciaba mucho, pero allá arriba lo bloqueaban. No sólo no querían que ganara, lo querían callado”, me dijo el entrevistado.

Lo querían callado.

Veintidós días después, Rubén Espinosa fue asesinado. También sentía la muerte cerca. También señaló al probable responsable de lo que le pudiera suceder. También luchó contra lo que la vox populi sabía: Javier Duarte, el gobernador de Veracruz, es un mafioso. También sus victimarios tuvieron toda la oportunidad para dañarlo. También lo querían callado.

Rubén y Édgar representan dos caras de la misma moneda: ansiosos por cambiar su comunidad y su país, alternaron su oficio con el activismo, el primero, y la actividad política, el segundo. En ambos casos, se trataba de periodistas que dejaron constancia en escrito y entre sus cercanos que la muerte les rondaba.

Que un gobernador y un alcalde sostenían la guadaña.

Que ellos querían callados.

¿Qué se dirían, si se hubieran encontrado para contar sus historias?

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