FOTO: MARCO APPEL

FOTO: MARCO APPEL

Fotografía tomada con teléfono celular el 2 de febrero de 2015. Ciudad: Ginebra, Suiza. Lugar: Palacio Wilson, sede de la Oficina del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Motivo: El Comité sobre Desapariciones Forzadas de la ONU examina públicamente la situación en México en un formato de diálogo “constructivo” con más de 20 altos funcionarios del gobierno de Enrique Peña Nieto. Contexto: cinco meses han pasado desde la desaparición forzada de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Los protagonistas de la imagen: un padre y una madre de muchachos desaparecidos.

***

Del otro lado de los ventanales está el esplendoroso Lago Ginebra. La mañana es fría pero soleada. La luz se refleja en la dócil carpeta de agua que vierte el río Ródano y entra sin tamices a un espacioso atrio del Palacio Wilson. No hay cortinas ni persianas que la contenga. El resplandor que produce no enceguece; al contrario, nos ilumina agradablemente… pero se mezcla con la deprimente atmósfera exportada desde México.

En ese atrio, dos padres mexicanos se preparan a responder las preguntas de los periodistas de medios nacionales y europeos. Pedían hablar con ellos desde temprano por la mañana. La insistencia fue tal que ahí se tuvo que improvisar una rueda de prensa a la primera oportunidad posible.

Bernabé Abraján porta una playera blanca con el rostro de su hijo Adán estampado en el pecho; a su lado, Hilda Leguideño expone una reproducción fotográfica del suyo, José Antonio, en un rótulo que sostiene con firmeza (y que así sostendrá durante largos momentos en el transcurso de las horas y los días que seguirían en su viaje por Suiza y Bélgica).

Hilda y Bernabé llegaron el día anterior, procedentes de un violento mundo que, paradójicamente, los arrojó a este especie de paraíso terrenal, en donde las tasas de criminalidad son de las más bajas del mundo y la riqueza parece desparramarse hacia todos lados. Hilda y Bernabé se ven agotados. Tienen ojeras. Pero aquí están, clamando por la aparición de sus hijos con la fuerza que les queda.

Hay que aferrarse a guardar la necesaria distancia periodística en relación con los afectados. Pero también soy padre y me cuesta trabajo dejar de imaginar (y así no imbuirme de) el inmenso sufrimiento y rabia que deben soportar las dos personas que tengo frente a mí. Me sacudo ese pensamiento. Me desprendo del grupo para tomar la imagen, con esa luz casi celestial que baja, atraviesa por las ventanas e ilumina naturalmente los rostros de piel morena de estos tristes personajes de una siniestra historia colectiva. Pero estorbo a mis colegas y algunos me hacen caras de disgusto. Está lista la cámara de mi teléfono. Sólo unos segundos más. Ya. La foto está hecha.

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