Hans Blix. Foto: www.buzzquotes.com

Hans Blix. Foto: www.buzzquotes.com

“Uno nunca sabe para quién trabaja”, versa el dicho. Va en seguida una pequeña anécdota sobre aquél día en que un gesto de camaradería entre corresponsales mexicanos terminó en un pintoresco dilema profesional debido a un golpe de suerte. 

Comienzos de 2003. Posterior a los atentados terroristas contra las Torres Gemelas en Nueva York, el gobierno de George W. Bush acusó a Irak de poseer armas químicas y de destrucción masiva. La ONU encomendó entonces a los inspectores de la Comisión de Control, Verificación e Inspección comprobar la existencia de tal armamento (que en realidad jamás existió). Su presidente ejecutivo, el sueco Hans Blix, se convirtió en uno de los hombres más seguidos por la prensa mundial.

En ese momento México era miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Todavía medio brillaba el aura internacional del primer gobierno mexicano de alternancia, presidido por Vicente Fox, y la diplomacia nacional presumía su dizque moderna transformación bajo la dirección del canciller Jorge G. Castañeda (que pronto dejaría el puesto). México se oponía a una guerra contra Irak.

Bruselas, Bélgica. Voy acompañado de una colega que trabaja para una agencia mexicana de noticias. En un histórico inmueble dependiente del ministerio belga de Relaciones Exteriores, en el centro de la capital, está por comenzar una plática sobre México en la que participaría el embajador Porfirio Muñoz Ledo. Recibo una llamada telefónica; me alejo un poco para contestar: un periodista mexicano me avisa que Hans Blix se encuentra en una oficina a lado de donde estoy y afuera lo espera la prensa local.

–Pero estoy con nuestra colega, le advierto.

–Mmmmm…Pues tráetela, me responde.

***

En la escalinata estamos los tres periodistas mexicanos esperando la salida de Blix, que se reunía con el entonces primer ministro belga Guy Verhofstadt. Varios camarógrafos de las televisoras belgas están listos para entrar en acción.

Por alguna razón (creo que se habían instalado uno o dos podios) pensamos que Blix se detendría a declarar algo y respondería preguntas de los periodistas. En cualquier caso, el encuentro con él sería breve y estábamos en desventaja numérica y temática con nuestros colegas belgas (se trataba de una reunión con su gobierno). Así que nos pusimos de acuerdo los tres para que, si teníamos suerte, uno planteara una pregunta colectiva, que tenía que ver con la posición del gobierno foxista en el Consejo de Seguridad. Así quedamos.

Pero el sueco Blix no se detuvo ni para saludar. Salió de prisa para abordar un automóvil con chofer que, no sé a qué hora, se estacionó justo a la salida del lugar. El hombre venía de frente a nosotros, poniéndose el saco de su traje gris, cuando intentamos acercarle nuestras grabadoras de “microcaset” que se usaban todavía en aquella época.

–¿Cómo califica el papel de México en el Consejo de Seguridad?, le preguntó algo así uno de mis colegas, el que nos trajo con Blix. Éste contestó de forma políticamente correcta: “Determinante”, “excelente”, algo por el estilo.

Blix se había terminado de poner el saco y se dirigía a la puerta trasera del automóvil color negro.

Mi colega, a quien habíamos llevado, hizo otra pregunta que no recuerdo, pero que no tenía nada que ver con lo que Blix contestó y que causó esa extraña sensación que sentimos de golpe los periodistas cuando se nos proporciona una información que consideramos provechosa.

El jefe de la Comisión de Control, Verificación e Inspección de la ONU nos acababa de revelar (sinceramente, sin que se lo pidiéramos) que inspectores mexicanos de armas se integrarían al grupo de expertos sobre el que todo el mundo estaría atento. (Al final sólo uno, Benjamín Ruiz Loyola, firmó contrato con la ONU para ir como inspector a Irak, pero eso sucedió poco antes de que Estados Unidos invadiera el país el 20 de marzo de 2003).

En ese tiempo se creía que de los hallazgos de esos inspectores dependía si Washington volvería o no a declararle la guerra a Sadam Husein.

Blix se subió al Mercedes Benz mostrándonos una sonrisa bonachona y partió.

***

Surgió entonces un contratiempo. Nuestra compañera trabajaba, casi en tiempo real, para una agencia informativa con una filial europea en Madrid; nosotros para periódicos con sede en México. Era de mañana todavía en Bélgica (madrugada en México, pues hay siete horas menos de diferencia) y nuestras notas saldrían hasta la edición del día siguiente, es decir más de 24 horas después.

En esos años, la información por internet no estaba tan desarrollada como ahora y no había redes sociales como las actuales. La importancia del soporte en papel era entonces mayor que en estos días.

Nuestra colega nos arrebató todas las esperanzas cuando nos anunció que ella enviaría de inmediato su nota para que pudiera salir, también lo antes posible, en el hilo informativo a disposición de los medios suscritos a su agencia. Eso nos anulaba. Le propusimos, impulsivamente, que aguantara su nota al día siguiente muy temprano, dando tiempo a que por lo menos fueran impresos nuestros respectivos diarios en papel. No quiso, alegando (quizás con razón) que su editor la iba a correr cuando se enterara de que la noticia se había originado un día antes.

Nos hizo una propuesta alternativa, tan mañosa que nos exasperó: que cada quien explotara su pregunta y la correspondiente respuesta de Blix, con lo cual ella se guardaba la mejor información, mi otro colega la declaración equis, y yo, nada.

Viendo en mi imaginación cómo se iba alejando entre nubes mi nota, lo único que se me ocurrió fue resumir los hechos desde una perspectiva de honestidad (muy ingenua, por cierto):

–¿Te das cuenta de que no hubiéramos podido cruzar palabra con Blix si el colega (lo señalé con un movimiento de cabeza) no me hubiera llamado y no hubiera estado de acuerdo en que te avisara?

Pero ella nos planteó su propio dilema de consciencia: no quería disgustarse con nosotros, pero tampoco podía desatender su obligación de enviar la información, ya que, insistió, hacerlo la pondría en riesgo de perder su empleo.

La colega envió su información y, como lo presentíamos, fue una de las notas principales del día en los medios mexicanos desde que amaneció. En el transcurso de las horas, las redacciones de México localizaron y entrevistaron a los famosos inspectores (de la Facultad de Química de la UNAM, por cierto) “que irían a Irak”. La nota de Bruselas perdió toda su fuerza inicial y se volvió relleno en la edición del otro día.

–¿Cómo te fue con tu nota?, le pregunté días después a la colega.

Me contestó, en un tono humilde, que no había nada especial qué remarcar.

Cuando meses más tarde platicaba con su jefe en Madrid, salió el tema a colación:

“¡Qué buena nota se ganó!”, me dijo; “hasta la felicitamos”.

Preferí quedarme callado… y hablar de otra cosa.

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