thumb_385520_300157250006749_511402529_n_1024Cuando en octubre de 2008 me llamó a su oficina el dueño del periódico en el que llevaba tres años trabajando en Madrid para despedirme, un sentimiento que no sabría describir del todo se apoderó de mí. Fue una combinación entre desolación y rabia que me acompañó por varios días. La razón de mi salida–me dijo el dueño de origen catalán- obedecía a un recorte de personal como consecuencia de la crisis que comenzaba a arreciar en España.

Caminé a paso lento, como en una especie de limbo, desde la plaza de las Cortés –frente al hotel Palace y la fuente de Neptuno- hasta el barrio de Lavapiés, donde vivía. Pasé la tarde llamando a mi amigos para contarles mi “tragedia”; y ya por la noche no me lo pensé dos veces: me fui de ‘cañas’ con un par de amigas.

Elegir un bar en Madrid para tomar ‘cañas’ (cervezas de grifo con espuma en pequeños vasos) era lo más sencillo de este mundo. En mi caso, sólo tenía que cruzar un par de aceras para estar sobre Argumosa una de las calles más populares del barrio. En seis minutos se recorrían sus 500 metros de longitud, sobre los que había, calculo sin temor a equivocarme, una treintena de pequeños bares.

España era en el 2008 uno de los países con más bares per cápita del mundo. Las estadísticas de Eurostat indicaban que ocupaba el primer lugar dentro de la Unión Europea (UE) con el mayor número de establecimientos (bares, restaurantes, cafeterías) con 344 mil 426. Estaba muy por delante de Francia, Alemania, Italia o Reino Unido, que tenían mucha más población, y hablando específicamente de bares, había uno por cada 129 españoles, el segundo mejor ratio de la UE, sólo superado por la pequeña Chipre.

Con tanta barra, tanto vino, tantos vermús y tantas ‘cañas’ parecía imposible que en España nos muriéramos de sed, aunque a veces, bebiéramos sin sed.

Total que aquélla noche un par de amigas solidarias se emborracharon conmigo, y juntas tratamos de espantar el lado más oscuro del despido entre una ‘caña’ y otra. El lado no tan terrible de la situación estaba claro: tendría poco más de un año de derecho a “paro”; es decir, una compensación económica que te abona el Estado mensualmente cuando eres despedida, y que se calcula en base a las aportaciones que haces a la seguridad social. Tendría, pues un tiempo razonable, para pensar qué iba a hacer de mi vida.

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Llegué a Madrid en el año 2000, y una de las cosas que más me llamó la atención, fue precisamente, la cantidad de bares que había; y más aún, la cantidad de gente que se refugiaba ahí a todas horas del día y de la noche. A partir de la una de la una de la tarde uno ya podía ver esos pequeños locales bulliciosos donde todavía se permitía fumar, atestados de gente, que de pie, se tomaba, una caña, un vino, o un aperitivo antes de la comida. El ritual se repetía por la tarde, a la salida de los trabajos, y el suelo se convertía en pocos minutos en una alfombra hecha a base de servilletas, huesos de aceituna, cáscaras de camarón y colillas de tabaco que la gente tiraba sin rubor, mientras charlaba a los gritos. Y claro, no es que estuvieran todo el día borrachos, sino que se bebía de una manera muy diferente a como se hace en México o en América Latina.

Aferrada a la ciudad en la que ya había echado raíces durante ocho años, decidí que quería quedarme ahí, y no se bien en qué momento, se me ocurrió la idea de poner un barecillo, bajo una lógica que me pareció infalible: cualquier negocio podía quebrar en Madrid, menos un bar.

Así que todo el 2009 me dediqué en cuerpo y alma a esa tarea. Los anuncios y propaganda gubernamental de un país que comenzaba a caer en picada a una crisis abismal -de la que pocos calcularon la profundidad- insistían en que la salida era reinventarse: ser un “emprendedor”. Así que me tomé todos los cursos que pude sobre emprendimiento, finanzas para pequeños negocios, hostelería, coctelería y por supuesto, aprendí a servir “cañas” como la mejor.

Y mientras España cerraba el 2009 con una cifra récord de “parados” (desempleados) que superaba los 4,3 millones de personas (el número más elevado desde 1976), yo abría mi “Café de las Estrellas” a un costado de la Plaza de España, en enero del 2010.

Todo con tal de no volver a México. No quería regresar al país de la desigualdad por excelencia, de la corrupción por antonomasia y de los primeros lugares mundiales de inseguridad.

El bar estaba ubicado en una calle llamada Martín de Los Heros. Se trataba de una zona de culto para los amantes del cine. Justo enfrente estaban los Renoir y los Golem, con varias salas cada uno, en los que se proyectaban películas con sello de cine de autor. Directores, productores, actores y estudiantes de cine frecuentaban la zona, y no era raro toparse con figuras como Almodóvar, Amenábar o Bardem. A lo largo de esa calle unos diez locales nos disputábamos los cinéfilos clientes al acabar las funciones.

El primer año de funcionamiento no fue tan mal, pero la crisis -que se movió por barrios- comenzó a sentirse en el nuestro a principios de 2011. Según Emmanuel Rodríguez, miembro del Observatorio Metropolitano de Madrid -entrevistado en aquel año por el periódico Diagonal- la desigualdad entre barrios se acrecentó de manera significativa con la crisis.

Los clientes del bar estaban cada vez más irritados y en las charlas predominaban de manera absoluta ciertas palabras: crisis, depresión y desempleo.

El tiro de gracia para los locales de esa calle llegó cuando en julio de 2012, al presidente del Gobierno Mariano Rajoy, se le ocurrió imponer un IVA de 21% a la cultura del país, con lo que la entrada de los cines pasaría de 7.5 a 9 euros. Al mes siguiente, de nuestra caja no salió ni para el alquiler y tuve que decir adiós a una de mis empleadas.

Pasaron 4 meses en los que seguí abriendo mi bar quebrado, solo para poder pagar el alquiler de mi departamento, mientras intentaba un casi milagroso traspaso. Al poco tiempo me llegó la notificación del desalojo. El 14 de enero de 2013 la policía nos sacaría del local.

 

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La crisis económica en España provocó el cierre de 50.000 bares, entre 2008 y 2012, y una caída acumulada de la producción de 8.000 millones de euros -el 13%- en este sector, según un informe difundido en ese tiempo por la Federación Española de Hostelería (FEHR). Con ello miles y miles de familias que vivían de sus negocios se quedaron sin salida.

El balance total hasta la fecha es de 60.000 establecimientos cerrados. Un dato alarmante ha saltado en estos días: a junio de 2015 la tasa de paro de los menores de 35 años se ha triplicado, pasando del 10.8% de hace ocho años, al 32% a principios de 2015.

Mientras esto sucede, los tres españoles más acaudalados del país (los dueños de Zara y Mango) duplican en riqueza a los nueve millones de personas que forman el 20% de la población más pobre, según un reciente informe de Oxfam.

En mi caso, la fortuna me sonrió: logré traspasar el bar, pagué los alquileres atrasados y los impuestos que debía a Hacienda, logré liquidar a mi trabajadora, y me compré mi boleto de regreso a México… Donde la desigualdad se mide en tacos.

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