#DesigualdadEs Ciudad de México

 

 

Julía vivía en la segunda entidad más próspera del país, según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social: la Ciudad de México, a quien sólo le gana Nuevo León.

Vivía en el municipio más rico de México, de acuerdo con Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática: la delegación Benito Juárez, al centro de la Ciudad de México.

Vivía en una de las 53 colonias de su delegación que aparecen en el mejor rango de mejor nivel socioeconómico, el “alto”, como lo establece EvalúaDF: la colonia Narvarte.

Vivía en una calle de la colonia Narvarte llamada Pitágoras, que en los últimos años acumuló cuatro edificios nuevos, tres de ellos con departamentos “de lujo” cuyo precio de venta supera los 2.5 millones de pesos. Una de esas torres, la que tiene gimnasio privado, roof garden común y seguridad privada, es la 129, cuyo muro está pegado al 126, la vecindad donde vivía Julia.

Y pese a vivir en lo alto de-lo más rico de-lo segundo más próspero del país, Julia a sus 71 años no sabía lo que era bañarse en regadera hace 50 años.

La casa de Julia no tiene infraestructura para entubar el agua. Y si ella, pensionada del gobierno capitalino, hubiera tenido dinero para hacerlo, no lo gastaría en eso. Había cosas más importantes: el techo se está cayendo, el piso se está levantando y la humedad se cuela en temporada de lluvias. Y si hubiera tenido dinero para sustituir su viejo techo de lámina por uno de concreto, poner losetas nuevas a su casa en la vecindad y tener paredes que no gotean, tampoco lo hubiera hecho. Había cosas más importantes: Julia tenía diabetes y el dinero que lograba ahorrar se iba a procurar una dieta que debería ser estricta para no perder la vista. Eso era primero: comer. Lo realmente urgente en su vida.

La conocí en febrero de 2011. El entonces director del Instituto de Asistencia e Integración Social del gobierno defeño y hoy diputado local electo, César Cravioto, me puso en contacto con ella para escribir un reportaje sobre desigualdad en la ciudad para un diario nacional. Me habló de ella como un caso que ejemplificaba una alerta para el gobierno local.

Unos meses antes de conocerla, la Secretaría de Desarrollo Social del DF había censado su vecindad, junto con otros predios, para incluirlos en un estudio que los llamaría “lunares de pobreza”, es decir, pequeños focos rojos de miseria en zonas donde los mapas del gobierno no advertían problemas.

El estudio contabilizó que hace cinco años años la ciudad tenía 201 “lunares de pobreza”, que en realidad eran guetos económicos: quienes viven ahí están separados de la comunidad. Se trataba de unas 20 mil personas cuya condición de desiguales los aísla del resto de los vecinos porque los estereotipa como peligrosos o flojos, un estigma doloroso.

Hoy, la Secretaría de Desarrollo Social del DF no tiene una actualización del estudio de “lunares de pobreza”. La actual administración descontinuó ese informe y en su lugar ha hecho otros similares que establecen que 54 por ciento de los habitantes de la capital del país son pobres. Desiguales a casi la mitad de la población.

Julia representaba el extremo de la desigualdad en la ciudad. Ella lo sabía. Cuando el fotógrafo la retrató afuera de su vecindad, le pedí que mirara hacia el edificio de sus vecinos. Terminamos y confesó que estaba pensando en lo bonito que sería tener agua caliente con sólo girar una llave.

Tener una cama seca, a prueba de goteras.

Tener una sala que no oliera mal por la humedad.

Tener un baño.

Y Julia vivía, según el gobierno, en una colonia de nivel alto. El mejor nivel del país.

Hace tres días fui a buscarla para escribir esto. Quería saber qué había hecho la ciudad en un lustro a partir del diagnóstico de “lunares de pobreza”, qué había hecho el gobierno por Julia y sus 40 amigos de la vecindad que se caía a pedazos.

Murió el año pasado.

Dejó de respirar en su casa sin conocer en más de medio siglo lo que era bañarse en una regadera.

Ana, una vecina suya, me contó que la despedida de la más viejita del 126 fue tan aislada como su muerte: ella era tan desigual a sus vecinos con los que compartía muro que sólo los de la vecindad la velaron. Nadie más le llevó flores.

Cuando murió, los habitantes del “lunar de pobreza” hicieron una breve procesión por la colonia en honor a Julia.

El recorrido fúnebre pasó frente a la farmacia donde ella compraba sus medicinas y frente a los vecinos que nunca quisieron conocerla. Por pobre. Porque no era igual a ellos.

Los dolientes se pasearon en nombre de Julia en la esquina siguiente. Una calle llamada Esperanza.

 

 

www.cambialasreglas.org

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