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Seis jóvenes periodistas en un bar. Todos aventando tequila al hígado, medio frustrados, medio divertidos contando anécdotas.

– Yo pedí el historial académico de Enrique Peña Nieto y ¡nada! – dice uno, el más joven de nosotros, unos 22 años, y se le cae la mandíbula a risotadas — ¡y dicen que no existe!

Brindamos. Según las reglas de esa noche, que fijamos antes de sentarnos en esa cantina del Centro Histórico, todos debíamos beber bebemos medio caballito de un tequila malísimo en honor a esa respuesta. El juego fue el siguiente: siéntate con nosotros, cuenta sobre una solicitud que hayas hecho usando la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental y si te respondieron una estupidez o negaron información que es de interés público, podrás emborrachar a tus colegas con media onza de un destilado que promete convertirse en una resaca terrible.

– ¿Ah, sí? Pues yo pedí los informes que elaboró el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) sobre Ayoztinapa y me regresaron… ¡unos links de notas de La Jornada y El Universal!

Ni hablar: lo vale. Otro medio caballito para aguantar la frustración.

– No, espérate: yo pedí una copia de la Agenda Nacional de Riesgos ¡del año 2000! Quería hacer un trabajo sobre cómo inició México el milenio… ¡y que es información reservada porque pone en riesgo la seguridad nacional! ¡De hace 16 años!

– Pero tu, güey, cuenta la de (el secretario de Hacienda, Luis) Videgaray.

– ¿Cuál?

– La de sus coches…

– ¡Yaaaa! Pedí una base de datos con todos los autos adscritos a altos mandos de la Secretaría de Hacienda: marca, modelo, año, placas, a qué precio se compraron, quiénes los usan… ya sabes, ¿cuántos carros usa la gente que te cobra impuestos? Igual y por ahí salía un carrazo de lujo para Videgaray ¿no? Y no. Que por seguridad de los funcionarios, no podían dármelos.

Medio caballito. Había que pedir más cacahuates.

– Pero aguanta, güey. Yo tengo una mejor: Secretaría de Relaciones Exteriores. Entre otras cosas, deben ayudar mexicanos en el extranjero a través de embajadas, cancillerías, consulados. Les pedí ¿cuántos mexicanos han solicitado asilo en otros países por ser perseguidos políticos? Checa eso: mexicanos asilados en el extranjero. Su respuesta fue ¡no tenemos esa información!

La cantina dio vueltas para los seis.

– Nah, les gano – dijo el que tiene más experiencia enfrentándose a las oficinas de transparencia del gobierno federal – yo pedí copia a Presidencia de la República para saber cuánta gente cuida a Peña Nieto. No nombres, no direcciones, sólo el número de agentes del Estado Mayor Presidencial ¿quieren saber? Pues esperen a 2025. La información estará reservada por dos sexenios.

Fue el último medio caballito de la noche. Paramos el juego porque si seguíamos el gobierno nos iba a llevar a una congestión alcohólica. Pero el desahogo continuó: gastos de Presidencia de la República al staff encargado de la imagen de Angélica Rivera; pagos de la Secretaría de Gobernación a contratistas por remodelaciones de oficinas; facturas hechas por la Secretaría de Desarrollo Social a proveedores de la Cruzada Nacional Contra el Hambre, desembolsos de la Procuraduría General de la República en el Programa de Recompensas; supuestos estudios pagados por el Sistema Nacional de Seguridad Pública para diagnosticar la trata de personas a nivel municipal… todos topaban con la pared de la opacidad del gobierno federal.

Cada periodista en la mesa tenía, al menos, diez solicitudes de información rechazadas de manera inverosímil. Casi todas esperaban una resolución del pleno del Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos, es decir, el “réferi imparcial” entre ciudadanos y gobierno. Pero no nos abandonaba la sensación de que jugábamos un partido que debía ser entre iguales, pero al otro se le permitía tirar patadas, golpes, escupitajos y lo mejor que podíamos hacer no era tratar de ganar, sino apelar a un árbitro que olía a vendido.

Nos lo habían dicho en varios momentos colegas más experimentados: desde que se creó la ley federal de transparencia, este era el tiempo más difícil para obtener información pública. Con el PRI en Los Pinos, los expedientes reservados se acumulaban con tanta rapidez que los periodistas apenas podíamos reaccionar. El veto presidencial se extiende por la mayoría de la información sensible que los ciudadanos merecen conocer.

Alguien sacó su celular. Halló un texto de Mauricio Rubí, publicado el 6 de agosto de 2013 en El Economista: “Presidencia de Peña ha reservado más información que FCH (Felipe Calderón Hinojosa)”. Decía que de 2012 hasta esa fecha, de las mil 207 solicitudes de información recibidas en el gobierno del PRI, en 4.9% se respondió que no existía la información; en 7%, que la petición no correspondió al marco de la ley, y en 1% se negó, al argumentar que se trata de datos reservados o confidenciales. Con el PAN, los porcentajes fueron 0.5%, 0.5% y 0.1%, respectivamente.

– Oye, tu cubriste la campaña presidencial de Peña, ¿no? – preguntó una colega, tratando de enfocar con un ojo cerrado — ¿dijo algo de un gobierno de esto?

Recordé que cuando el movimiento #YoSoy132 empezó a empujar al PRI y al PVEM hacia abajo en las encuestas, el mexiquense tuvo que hacer una conferencia de prensa para presentar su “Manifiesto Democrático”. El punto 9 prometía “avance en transparencia y rendición de cuentas”, que hacia dupla con el 3 y 4, “libertad de expresión” y “libertad periodística”.

– El chiste se cuenta solo – terció el convocante de la reunión, quien identificó hace un año que si solicitaba información pública con el nombre que usa para firmar sus notas, los datos les llegaban incompletos o se los negaban. Por eso, ahora se identifica como Mickey Mouse ante el sistema de solicitudes de información del gobierno federal.

Nos reímos como único remedio para aliviar noche. Nos inspiramos con otra botella de tequila más y a la 1 de la mañana el mesero llegó con la cuenta. Prometimos que al día siguiente, como fuera, daríamos seguimiento a nuestras solicitudes de información, buscaríamos discursos de funcionarios para nuevos requerimientos o enfilaríamos recursos de revisión.

Nos despedimos. Cada bien caminó hacia su propio rumbo y detrás de nosotros la cantina apagó sus luces y cerró las puertas.

A la mañana siguiente, la cruda nos taladró la cabeza a los seis. No supimos qué nos golpeó tan fuerte: si ese tequila blanco o las tinieblas del país.

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