Las mejores historias de Gatopardo

Las mejores historias de Gatopardo

 

El torrente de manifestantes saltaba sobre las páginas despanzurradas de un periódico de la Ciudad de México. Corría julio de 2006. Los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador se habían cansado de gritar “fraude electoral” y se refugiaban ahora en otra antigua bandera de las protestas ciudadanas: “prensa vendida”. Ignoro si una crónica en particular desató esa ira colectiva, pero sí recuerdo que por aquellos días era impopular presentarse como periodista en el plantón que sostuvo el líder izquierdista más sonoro de este siglo quinceañero.

La imagen me dolió: esas suelas enfadadas estaban haciendo trizas la expresión impresa del trabajo de algunos colegas. Me propuse entonces hacer una crónica con una intentona precisa –acaso justa–, que retratara lo que acontecía debajo de esas carpas que ocupaban avenida Reforma.

Pocos meses antes, en enero, había tomado un taller de crónica con Alma Guillermoprieto, en Cartagena de Indias, Colombia. La maestra de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) nos había puesto un ejercicio: redactar una escena que mostrara a nuestro jefe en su justa dimensión. La docena de alumnos leímos nuestros respectivos textos, pero ninguno se atrevió a decir “Sí” cuando Guillermoprieto preguntó quién se atrevería a mostrar el experimento al personaje descrito.

Traigo a cuento la enseñanza de la maestra porque el día en que los manifestantes destrozaban el periódico me propuse registrar meticulosamente en la libreta todo lo que miraba, escuchaba y olía, pero también la impresión que ese maremágnum me provocaba. La mayoría eran personas realmente enojadas, ciudadanos con la esperanza herida. Lo difícil no fue reportear, sino decidir qué escribir. Y más aún: por dónde empezar.

Una urna gigante en la plancha del Zócalo capitalino acaparaba las miradas. Las filas de inconformes depositaban votos de papel en el recipiente que emulaba a manera de performance el sitio donde la gente deposita su preferencia electoral. Las noticias de diarios y revistas ya habían dado cuenta de esa urna, pero opté por redactar mi propia versión de ese momentum de catarsis. La crónica de los nueve días que pasé en el plantón de López Obrador se publicaría en una revista mensual, Gatopardo, y eso permitía darle reposo y contexto al relato de la insubordinación ciudadana frente a los resultados de la elección presidencial de aquel año.

La apuesta por la mirada propia es el mayor acto de honestidad y justeza del cronista. Entretejer las voces de los protagonistas de una historia con la observación personal otorga sentido al trabajo del reportero, quien no está ahí para reproducir versiones, sino para interpretar sucesos: para ser filtro entre los hechos y la audiencia. Los periodistas somos traductores de las realidades de nuestro tiempo, para eso estudiamos, para eso nos entrenamos, para darle sentido a los datos, a las declaraciones, a los contextos, a los documentos, a las atmósferas, a los asegunes.

“La mirada y la voz del cronista se reciben como certezas. Nos rescatan de la ambivalencia, nos devuelven parcelas de lo real, de conocimiento, y sus voces se nos muestran confiables, basadas en la experiencia. Ante la velocidad y ansiedad informativa, ante el despliegue de subjetividades, de opiniones fugaces, ocurrentes y lúcidas, el cronista mira en profundidad. La crónica emerge pausada, analítica, reflexiva, informativa y honesta, luego real”, escribe la periodista española María Angulo en Crónica y Mirada (Libros de K.O., 2013).

Hablar de crónica es hablar de un modo de contar, porque hacemos crónica también en el reportaje y en la entrevista, y lo hacemos en tanto cuanto nos ajustamos a plantear un historia desde la perspectiva informada del que mira, recogiendo testimonios, datos y contextos, con la deliberada intención de relatar una historia como la capturamos para después revelarla.

A la crónica se le confunde con la llamada “nota de color”, que describe ambientes y curiosidades, pero la crónica no es crónica si carece de investigación, corroboración y contraste. Las fronteras entre los géneros periodísticos se difuminan con frecuencia, olvidando que la tarea nodal del reportero es mirar lo que otros no ven, escuchar lo que muchos no tienen oportunidad y olfatear desde una trinchera privilegiada.

“Mirar es traducir. Es percibir los espacios, atender al ángulo muerto, al fuera de campo, a lo liminar, a la fisura. Mirar es contar con estas variables espacio-temporales, cuando parece que la ceguera cotidiana se ha generalizado por saturación informativa”, comenta María Angulo en el prefacio de su libro.

Aquellos días de julio de 2006, durante el plantón de López Obrador –a quien se conoce popularmente como “El Peje”, en alusión a una especie de lagarto–, escuché por primera vez el apelativo “Pejezombies”, y pude haberlo escrito –era tentador–, pero no lo consideré justo ni preciso. Miré gente enojada, desesperanzada, también a muchos “acarreados”. Y eso conté en la crónica que publicó Gatopardo.

Prefiero entradas descriptivas con un punto de vista explícito, como las de la periodista argentina Leila Guerriero, que suele hacerme morir de envidia cada que visito los primeros párrafos de sus crónicas.

“Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento. Sentado en una butaca cubierta por una manta, viste camisa de jean, un suéter beis que tiene varios agujeros, un pantalón de corderoy. A sus espaldas, una puerta corrediza separa la sala de un balcón en el que se ven dos sillas y, más allá, un terreno cubierto por plantas, por arbustos. Después, el océano Pacífico, las olas que muerden rocas como corazones negros”. Así abre Guerriero su célebre “Buscando a Nicanor” (Una conversación con el poeta chileno Nicanor Parra).

Tres años después de la cobertura del plantón de Reforma recibí un correo electrónico del director editorial de Gatopardo, Guillermo Osorno. Había decidido incluir “La encrucijada de la resistencia” en el libro Crónicas de otro planeta. Las mejores historias de Gatopardo. Me puse feliz al sentirme satisfecho de haber atendido la oportuna y pulcra edición que hizo de mi texto el jefe al que nunca le mostraré el ejercicio que nos puso hacer Alma Guillermoprieto en Cartagena de Indias, en el inmortal enero de 2006.

 

 

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