Antes de dedicarme a lo que supuestamente me dedico, escribir novelas de ficción, trabajé en varios medios de comunicación: televisión, radio, una revista semanal. En el gobierno y la iniciativa privada. Es decir, he estado de los dos lados de la moneda. Mi última chamba, de hecho, fue en comunicación social de la Secretaría de Relaciones Exteriores cuando Jorge Castañeda ocupaba la oficina más grande. Sí, en la época de la “whole enchilada” y en la de “comes y te vas”. Para que quede claro, en ese lado de la moneda yo estaba en el equipo de quienes, entre otras cosas, debíamos, de manera sutil y delicada, dedicarnos al difícil “arte” de censurar. Cuidar la imagen del secretario y de sus decisiones. ¡No, no existe la censura!, me dirían mis ex colegas con quienes compartí trabajo en la Cancillería. Existen delineamientos, sugerencias, peticiones. Una sutil manipulación. Consentir a los periodistas, apapacharlos. Darles la información que requieren. Ocultarles ciertas cosas. Otorgarles algunas facilidades. Convencerlos. Regañar a quienes se pasan de la raya. Lo cierto es que reporteros y funcionarios trabajaban de común acuerdo. Dando y dando. Aceptando callar ciertos aspectos con tal de conseguir una exclusiva, por ejemplo. Se sabe que hay sobres (aunque confieso que nunca los vi) y una lista de quiénes los aceptan (la mayoría, lamentablemente) y a quiénes es mejor no ofrecérselos. En el juego de la corrupción, digo yo, hacen falta dos partes.

Mi primer trabajo, allá por 1986, también fue en el gobierno: en un área encargada de la imagen presidencial. El Centro de Producción de Programas Informativos y Especiales se dedicaba, en resumidas cuentas, a dar las tomas, a los diversos medios, de los eventos en los que participaba el presidente cada día. Sobra decir que cada  toma estaba cuidada, estudiada, pensada. También se producían programas para las distintas secretarías. Claro, resaltando sus logros y virtudes. No es ningún secreto que la objetividad no existe. Menos todavía cuando de televisión se trata.

Después llegué a la que fue mi verdadera escuela. Al menos en los años en que trabajé al lado de José Gutiérrez Vivó, en Monitor (de triste historia), hubo pocos intentos de censura exitosos. Presiones existieron muchas, todo el tiempo. De los políticos en el poder, de los empresarios, de los grupos de presión, del mismo dueño de Radio Red que alegaba cuidar sus intereses (y sí, estaba cuidando la supervivencia de la empresa fundada por su padre). Me parece que el secreto de Gutiérrez era mantenerse aislado. Rara vez aceptaba reunirse con un importante funcionario. Si lo hacía, acudía siempre acompañado. Trataba de no agendar desayunos, comidas y menos aún cenas con las personas cuyos intereses (poder y dinero) pudieran verse afectados por su noticiero de radio. No tenía amigos. Tal vez uno o dos. Estaba muy solo. Pero así garantizaba un cierto grado de objetividad y de lejanía. No le debía nada a nadie. O casi nada. Sacar una nota contra una empresa que estaba atentando contra el bienestar público no le importaba. Sacrificaba a un buen anunciante sin dudarlo, ante el horror del equipo de ventas. Por ejemplo, una compañía automotriz le quitó su publicidad por la manera en la que se cubrió la noticia de una huelga en sus plantas.

Me parece que, en Monitor, la autocensura se ejercía con un buen sentido de la responsabilidad. Pero como golpe maestro, como un final que nada tuvo de feliz, la censura en su máxima expresión llegó con la figura de Martha Sahagún. Ella fue la pieza clave en la debacle de Gutiérrez Vivó. Desde que desapareció, el noticiero dejó un enorme vacío. Independientemente de que su estilo gustara o no, hay un espacio informativo que no ha sido llenado. Lo mismo está pasando con Carmen. Igual sucede (y, por lo visto, seguirá sucediendo) con cada voz independiente (hasta donde esto es posible) que con la excusa que sea (una infidelidad, en el caso de Ferriz de Con, duro crítico de Peña Nieto), trate de acallarse. Lo lamentable es que cada vez hay más voces que guardan silencio por prudencia, por el miedo a perder su trabajo, porque en realidad comulgan con los lineamientos de quienes deciden de qué se habla y de qué no se habla o simplemente porque gustan de ver sus cuentas bancarias engordando. Vender la pluma o la voz puede ser un gran negocio.

También pasé por Imevisión, la XEW (Televisa Radio) y la revista Milenio desde antes de que fuera fundada. Tal vez para los periodistas que están leyendo este texto, lo que aquí escribo sea una lista de lugares comunes. De secretos a voces. Lo han sabido siempre. Pero he encontrado, entre quienes nunca han trabajado en un medio de comunicación, que pocas personas conocen lo que sucede dentro de sus paredes. En cada uno de los lugares donde trabajé, se sabía de sobra que existían temas prohibidos. Como un manual de la buena conducta. Enemigos y amigos de los dueños de ese medio en particular. Personajes gratos y non gratos. Noticias que era mejor evitar. Llamadas del director general para regañar al jefe de información por haber pasado al aire o haber publicado cierta nota. Protagonistas intocables. Por ejemplo, un muy cercano amigo, que además de escritor es columnista, renunció dos veces a un diario: la primera porque le pidieron (de manera amable, claro) apoyar abiertamente al candidato priísta a la presidencia (no recuerdo en qué elecciones) y, la segunda, porque le prohibieron seguir escribiendo en contra del Cardenal Norberto Rivera. Ejemplos como éste, hay muchísimos. De parte de todos los gobiernos: priístas, panistas, perredistas. También por parte de los empresarios. La revista Milenio, allá por el año 1998, perdió la cuenta publicitaria de Banamex por una fotografía de Roberto Hernández, quien era el presidente del banco, simplemente porque no le favorecía. Anécdotas así, sobran.

El otro día estuve en una comida con un grupo de personajes del círculo de quienes algún día detentaron el poder. Hablaban de la actuación de los medios frente a los difíciles acontecimientos por los que está pasando nuestro país, y los calificaban como una “punta de irresponsables”. De revoltosos. “Están desatados”, afirmaron. Concedo que, a veces, ciertos periodistas se exceden en la libertad de expresión. No la ejercen con la responsabilidad y la madurez necesarias, es cierto. Pero prefiero que haya excesos de ese lado y no del otro. La obligación de los medios, a mi manera de ver, es equilibrar el desmesurado poder de unos pocos. Monitorearlos. Darles seguimiento. Auditarlos. Informar a los ciudadanos a quienes no nos queda más que observarlo todo desde la lejanía. Acercar a las audiencias, a los lectores, a los ciudadanos de a pie, con al acontecer político y social que puede afectarlos.

Los personajes de los que hablaba, copa de vino en mano, decían: “No saben lo que están pidiendo. Y cuando lo que piden a gritos se les conceda, serán los primeros en horrorizarse. Los reporteros no tienen límites, están llamando a una revuelta”.

No. Se equivocan. Nadie está pidiendo una revuelta. Me parece que los periodistas independientes reflejan el sentir de la sociedad que por fin está despertando: lo que deseamos es que le permitan a los medios trabajar con la mayor libertad posible, exigiendo la construcción de una verdadera democracia. Una democracia en la que la censura deje de presentarse en cualquiera de sus formas: amenazas con quitarles concesiones de tele o radio, amenazas con no darles publicidad oficial o privada. Una democracia en la que los funcionarios de comunicación social no ofrezcan sobres con dinero y en la que los reporteros los rechacen. Una democracia que ponga fin a la impunidad. Una democracia que permita, como bien dice la frase de la organización de periodistas independientes, Ojos de Perro, que “el país funcione como país” y no como el botín de unos cuantos.

Comments

comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

today
• No te pierdas •