Durante el seguimiento desde Berlín de la cobertura del caso Aristegui, quiese apoyar con datos, entrevistas desde la capital alemana, comentarios, pero todo paería muy lejano.

Y nunca lo vi tan lejano como después de hablar con colegas periodistas alemanes, a quienes normalmente les interesan los casos de abuso de autoritarismo, de falta de libertad de expresión y quienes se interesan por lo que sucede en otros países –quizás a veces más que lo que pasa en su propio país-.

Hablé con alemanes para saber qué opinan del atropello de la libertad de expresión en México. Evité hablar con los colegas que tienen afinidad a México o a temas de la región, porque es muy clara su opinión: Peña Nieto es un presidente que va en contra de todo lo bueno para hacer de México un buen país.

El caso de Aristegui me conmocionó porque no solo se trata de una colega que se queda sin un espacio de difusión. Todos lo hemos sentido de alguna manera. A nivel personal, es un desastre. Pero además como mexicano y con los antecedentes de la periodista, de la radiodifusora, del presidente, y del partido del presidente, me parecía muy claro que se está tratando de silenciar a las voces críticas.

Después de hablar con los colegas alemanes, me he quedado sin palabras.

“Pues si pone un ultimátum a la emisora, se llevó su castigo”, me dijo uno de ellos.
Poner un ultimátum al jefe de una empresa es llegar a la renegación, desobediencia y mal comportamiento. Es ir en contra de las reglas. Al parecer nadie en Alemania haría eso, ni si quiera por buscar su bien o el de los demás. El jefe de una empresa no tiene por qué tolerar que una empleada le diga cómo hacer las cosas.

Los mexicanos y los conocedores de Aristegui la clasificamos como algo más que una “empleada”, y perdemos de punto de vista la relación entre empleador y empleado.
“Involucrar a la empresa con otras actividades es intolerable”, me dijo otro.
Es decir que el hecho de haber bienvenido la campaña de MexicoLeaks diciendo que ella apoya y su empresa la apoyan, es un gran error. Cuando un empleado comienza a involucrar o incluso usar el nombre de su empresa para hacer actividades no autorizadas, incurre en violación de las normas.

Para muchos de nosotros sería normal que un medio quiera involucrarse en actividades de investigación, como las de MexicoLeaks. El punto es que desde la fundación de Wikileaks no ha quedado tampoco claro que la filtración de documentos sea periodismo ni mucho menos investigación. Así que tampoco está claro que un medio de información deba de ser parte de ese tipo de plataformas. Lo mismo le pasó a Assange y ahora parece que así ven algunos a MexicoLeaks.

En fin, que antes que una censura o una comanda desde Los Pinos, lo que se ve desde Alemania es un mal comportamiento en la relación institucional-empresarial. Algo que se podría creer y compartir si el país estuviera bien y sus instituciones y empresas tuvieran la fortaleza de quedar de pie por sí solas. Pero esa visión también ha surgido desde el mismo huracán de información de México, por lo menos en los comentarios de columinstas como Ricardo Raphael o Jesús Silva Herzog. Aquí abajo dejo el de este último a consideración.

Los medios ante la Restauración

La salida del aire de Carmen Aristegui parece una arrebatada decisión empresarial, una afrenta a su audiencia, un problema adicional para un gobierno cuestionado, un nuevo golpe a nuestro precario sistema de equilibrios. Si tiene elementos de verdad el argumento de que se trata de un pleito entre particulares, es innegable que tiene repercusiones políticas. El espacio de Aristegui no es el único

islote de crítica en el charco de aplausos y silencios de nuestros medios pero ha sido desde hace tiempo una tribuna independiente de denuncia que es, en estos tiempos, insustituible.

A dos años de la segunda alternancia puede decirse sin exageración que está en marcha un proceso restaurador. No es, naturalmente, una reposición ladrillo a ladrillo del antiguo edificio. Es una habilidosa adulteración de los dispositivos democráticos en beneficio de la coalición gobernante. Lo que puede detectarse es el afán de reconstruir un modelo de eficacia consensual capaz de eludir contrapesos y torcer reglas. El ensayo restaurador camina en el descaro de una corrupción que empieza desde lo más alto; en la degradación de las instancias de neutralidad; en la capitulación de las oposiciones. También en la intimidación de la prensa, en su pasividad. ¿Puede negarse el realineamiento de los medios para respaldar, de manera burda o disimulada al gobierno? Valdría hacer un simple comparativo de las primeras planas de hoy y de hace seis o diez años. La severidad con la que la prensa trató a los gobiernos panistas contrasta con la benevolencia con la que cubre al gobierno peñista. Hace unos años había indignación por el precio de unas toallas o de unos colchones. La revelación cubría pronto todos los periódicos que se sumaban a la crítica. Hoy los escándalos inmobiliarios de la familia presidencial y su círculo inmediato se relegan a páginas interiores, enmarcados siempre por la versión oficial. El cuento del triunfalismo reformista marca el tono de la prensa. La narración de los medios hace eco de la historia que el gobierno quiere contar de sí mismo.

Soy injusto: hablo de la prensa como si fuera un bloque compacto; de los medios como si hablaran con una sola voz. No es así. El pluralismo de los medios es innegable. Hay en la prensa escrita, en radio y en televisión espacios para el cuestionamiento. Hay también nuevas fuentes de información, de queja, de denuncia que escapan de los ductos tradicionales. Creo, sin embargo, que el paisaje de nuestros medios se ha encogido, que la diversidad es hoy menos rica que hace unos pocos años, que las plataformas de la crítica se cuentan con los dedos de una mano. Encuentro en la televisión, en los periódicos, en la radio una preocupante confluencia hacia el oficialismo. Nuevamente es la prensa internacional la que hace el trabajo elemental de revelar lo que se desea oculto. Después de haberse tragado el cuento del México que ya cambió, hoy leemos en medios extranjeros los reportajes que no encontramos en la prensa mexicana. No digo que sean particularmente imaginativos, digo que hacen las preguntas y las investigaciones elementales y que son, otra vez, una fuente que llena en México el vacío que la prensa mexicana abre.

Es en este contexto que se da la salida del aire de Carmen Aristegui. Si los espacios de la crítica abundaran, si las ondas del radio estuvieran cargadas de periodismo independiente, de reportajes que develaran lo que el poder esconde, su salida habría sido un simple movimiento en un medio de comunicación como los que suceden cotidianamente en todas partes. Un conflicto entre particulares. En este momento, es imposible dejar de insertar ese cambio en el proceso de involución democrática de México. Es que su trabajo se ha convertido en emblema de independencia y posición crítica. Su periodismo inquiere, investiga, denuncia. Periodismo incómodo, sin duda. Cuestionable, también. El rigor periodístico cede con frecuencia a los impulsos del activismo. Pero, vale preguntar, ¿hay periodismo que no se viva como causa? En su activismo veo el origen de su méritos y también de su defectos. De la pasión de la activista proviene el valor y la determinación de encarar los poderes de gobiernos y empresas. También de ahí proviene, seguramente, su parcialidad, su monomanía. Como sea, su trabajo se ha convertido en parte de la historia que se hace todos los días.

En tiempos de incredulidad, la desaparición de un espacio de crítica independiente es una catástrofe. No es necesario sumarse a la lógica conspiratista para advertir que la ausencia de Carmen Aristegui del aire empeora severamente el clima público de México

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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