periodismo que amamos

Uno de los primeros textos que escribió Salvador Frausto para Cuadernos Doble Raya fue este: El periodismo que amamos. Para cerrar con nuestra semana sobre el caso Aristegui y los medios en México, recuperamos este decálogo –con su pilón– para hacer el periodismo que queremos, y el que creemos que México merece.

“Un buen periódico –dijo el dramaturgo estadounidense– es una nación hablando consigo misma”, Arthur Miller con Marilyn Monroe.

Las redacciones de los medios de comunicación están habitadas por periodistas chambones que dedican la mayor parte de su tiempo a reproducir las condiciones de mediocridad que posibilitan su desvencijada existencia. Sin embargo, para alivio de quienes no se han derrotado a sí mismos, estos personajes obtusos son fáciles de identificar:

a) Suelen obstaculizar las iniciativas ambiciosas o innovadoras, muchas veces propuestas por los colegas más jóvenes.

b) Están más preocupados por dialogar con los factores de poder que con la sociedad. Son hábiles para relacionarse con las élites políticas, económicas y culturales, pero carecen de talento para palpar los intereses de las audiencias. También se ocupan de aceitar las relaciones con directivos y dueños de medios, pero desconocen las inquietudes de los reporteros, redactores, diseñadores, fotógrafos, camarógrafos.

c) Ocupan buena parte de su tiempo en obstaculizar a colegas que destacan por su trabajo o procuran invisibilizar el talento por miedo a ser relevados.

“Un buen periódico –dijo el dramaturgo estadounidense Arthur Miller– es una nación hablando consigo misma”. La frase deviene antojadiza. Imaginar un medio de comunicación que dialoga con sus audiencias, que logra interesarlas, tocar sus gustos y preocupaciones es, cuando menos, el oasis donde muchos periodistas quisiéramos ahogarnos.

Pero no seamos ingenuos ni teatrales, la cosa de hacer medios es mucho más difícil: ¿Qué es la nación? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Cuántas diferentes audiencias caben dentro de La Nación? Parafraseando a Miller, me animo a decir que un buen medio de comunicación es un grupo de periodistas hablando con sus audiencias. Sí, que cada periodista y cada medio vayan por sus públicos. Porque es razonable que la revista Proceso no tiene que guiñarle el ojo a las lectoras de Quién. Las pretendidas alzarían las cejas. También es un hecho que a Joaquín López Dóriga no le queda coquetear con los radioescuchas de Carmen Aristegui. Lo verían feo. Y seguramente las lectoras de TV Notas no se sentirían atraídas por las exuberancias de Gatopardo. La notarían aburrida.

Pero hablando del futuro de los medios sí hay una serie de derroteros que hemos ido compartiendo varias generaciones de periodistas, ya sea que andemos con la Quién, el Proceso, la TV Notas, la Gatopardo o nos toque salir con Aristegui o López Dóriga. Una historia de la atrevida Soho no cabría en la exquisita Forbes. Ni viceversas.

Y sin embargo, me parece, el periodismo que amamos se mueve en al menos once pasos:

  1. Detectar la información oculta, escondida, lo que no se sabe o se conoce insuficientemente. La historia de las razones de la ruptura entre Diego Luna y Camila Sodi puede implicar un nivel de reporteo tan intenso como la de las empresas fantasma de los hijos de Caro Quintero. ¿Quién no quisiera encontrar la correspondencia perdida entre Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha o leer una crónica de lo que ocurre al interior de un casino clandestino de la Ciudad de México?
  2. Identificar la relevancia pública del hecho noticioso. Casi todo tiene una consecuencia social, económica, cultural o política, o al menos cumple con una necesidad de conocimiento. El modo de vida de la amante de cierto arzobispo nos muestra una realidad de la que muchos queremos enterarnos, así como el desvelo de un hecho de corrupción pauta las costumbres de nuestras élites.
  3. Planear la investigación. Como método didáctico, siempre ayuda ubicar por escrito las fuentes de información que debemos consultar. Las víctimas y los victimarios. Los afectados por una política pública o por una infidelidad. Quiénes son los ganadores y perdedores de la aprobación de un nuevo impuesto. Y para hacerlo hay que documentarse lo más posible antes de iniciar una indagación. Revisar lo que se ha escrito sobre el tema, consultar estudios e informes sobre el asunto, recabar datos duros, cifras y estadísticas acerca del hecho noticioso. Así tendremos armas para enfrentarnos a la guerra que pueden ser las entrevistas.
  4. Identificar los intereses del medio. De poco sirve intentar publicar en la orgullosa Etiqueta Negra un reportaje duro sobre los negocios turbios de un político poderoso. O sí, pero hay que contarlo como lo hizo Carlos Paredes en su enorme “Las mentiras de un héroe oficial”, donde se acomodó a las reglas del periodismo narrativo para describir el lado indignante de Antonio Ketín Vidal Herrera, un exministro peruano que ofendió las leyes de su país. Proceso o una televisora peruana lo hubieran hecho de otra forma.
  5. Encontrar historias que acerquen el tema noticioso a la gente, a las audiencias. El testimonio de una madre que busca a su hijo desaparecido dota de relevancia histórica a una tanda de cifras oficiales. El documento que revela desvío de recursos de un programa gubernamental tiene mayor potencia si va acompañado de las historias de los afectados.
  6. Elegir un enfoque específico. No podemos hablar de todo en un reportaje, es imposible agotar un tema en un espacio finito. Por ello es importante definir el ángulo desde el que vamos a contar la historia. Documentar los pormenores de cómo ha sido Joaquín Sabina con sus exparejas es propio de un libro, no de la nota que hablará de la nueva conquista del cantante español. Delimitar el tema ayuda a ser prolijo en detalles desconocidos.
  7. Determinar y definir la estructura con que vamos a contar la historia. ¿Narrativa? ¿Informativa? ¿En primera persona, tercera, segunda? La dosis de los elementos es importante. No es lo mismo iniciar el reportaje con una anécdota que soltando datos duros que denuncian un hecho. Las cifras que revelan cómo se incrementó la violencia en México de 2006 a la fecha son una opción para capturar a la audiencia. La experiencia del mesero de un bar, quien quiere irse a casa pero no puede hacerlo porque los parroquianos escuchan frenéticamente las canciones de una artista, sirve para contar que Thalía agarró su segundo aire.
  8. Descartar y seleccionar. Mientras reporteamos, recabamos una gran cantidad de declaraciones, datos, cifras, estadísticas, estudios, contextos históricos. No pongamos cuatro frases entrecomilladas de un funcionario sólo porque nos concedió dos horas de entrevista, elijamos una o dos, las más significativas, las que añadan valor agregado a lo que queremos contar, retratar, y acompañémoslo de una anécdota, siete cifras, cinco contextos, tres referencias a un estudio, y contemos en nuestras propias palabras lo que opinan los opositores al personaje que hace las revelaciones más importantes.
  9. Contar la historia sin la presión de la grabadora ni de la cámara. Al final de la investigación, nosotros sabemos más que los aparatos donde registramos las voces y las imágenes de las fuentes. Es por ello que hay que narrar lo que descubrimos sin confiar desmedidamente en la tecnología. Después de escribir la primera versión habremos de visitar las transcripciones exactas, los datos precisos de los informes, los contextos específicos que nos faltan.
  10. Revisar la coherencia, verificar, comprobar. Luego de incorporar los datos precisos, hace falta visitar el reportaje por tercera vez, para revisar que la historia sea congruente. Sólo entonces nos daremos cuenta de qué falta y qué sobra. Una historia sobre la vida privada de un funcionario público, escrita para la revista Quién, puede tener un exceso de contextos políticos; una reportaje sobre corrupción puede pecar de incluir demasiadas anécdotas. En esta fase podemos darnos cuenta de que al corroborar datos, declaraciones y contextos necesitamos corregir informaciones inexactas.
  11. Dejar reposar. Conviene alejarnos de la pieza construida y volver a ella más tarde, para tener una mirada fresca que se concentre en dar congruencia, verosimilitud y agilidad al relato. Mirar la historia pensando en los lectores, radioescuchas o televidentes nos hará ser más claros y contundentes.

Los periodistas chambones nos dirán que hay prisa, que esto no se puede, pero como dice el reportero colombiano Alberto Salcedo Ramos: “Si no eres porfiado, olvídalo. Te dirán que no hay espacio, ni dinero, ni lectores”El periodismo que amamos no es fácil, ni propio para todos, ni conveniente.

* La semana pasada, durante una conversación que sostuve en Facebook con Óscar Balderas, un reportero veinteañero que está contando historias bien padres, leí de su autoría la frase “el periodismo que amamos”, y recordé que a su edad, solía hablar con fruición del periodismo que amamos: el que indaga, pone método, delimita un enfoque, escribe, verifica, comprueba, enfoca. Y así.

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