Cartel en el camino del recorrido a Uchuraccay. (Foto de la Asociación Nacional de Periodistas de Perú).

Cartel en el camino del recorrido a Uchuraccay. (Foto de la Asociación Nacional de Periodistas filial Huamanga).

El 26 de enero de 1983, campesinos de la comunidad altoandina de Uchuraccay, en Ayacucho, asesinaron a ocho periodistas y al guía que los acompañaba a una localidad cercana, donde pretendían indagar acerca del asesinato reciente de miembros de Sendero Luminoso a manos de la población local. Para esa fecha, las autoridades políticas habían cedido a las fuerzas armadas el control de la lucha contra los alzados en armas, una agrupación maoísta que amenazaba con la muerte a quienes no querían ser reclutados. Luego del asesinato de los hombres de prensa, la versión más repetida y burda fue que los comuneros confundieron las cámaras fotográficas con armas -terroristas en vez de periodistas- debido a su falta de contacto con la civilización. Pero las revelaciones de una investigación reciente, prueban que los militares impusieron a los comuneros la tarea de matar a quienes llegaran a pie -pues las fuerzas del orden irían siempre en helicóptero- garantizándoles que nada les pasaría. El libro de los periodistas Víctor y Jaime Tipe contiene nuevos testimonios para que la justicia retome un caso aún abierto, e individualice responsabilidades en los militares que sirvieron en la zona, como a los líderes de Sendero Luminoso quienes en represalia por éste y otros hechos, mataron a decenas de comuneros de Uchuraccay en los años posteriores.

Una de las revelaciones más desconcertantes del libro ‘Uchuraccay, el pueblo donde morían los que llegaban a pie’ se debe a una antigua costumbre de los reporteros gráficos [antes de que fueran llamados fotoperiodistas]: usaban un paño (franela) de color rojo o verde para proteger sus cámaras y lentes. Uno de los fotógrafos que llegó aquel día caminando, Jorge Sedano, abrió su maletín para calmar a los comuneros de Uchuraccay, nerviosos con la llegada de los extraños, y la tela fue confundida con la bandera roja de Sendero Luminoso. Entre 1982 y 1983, la organización terrorista había hecho numerosas incursiones a Huaychao y a Uchuraccay, comunidades de las alturas de la provincia de Huanta que se resistían a someterse a la autoridad de Sendero. La organización plantaba una bandera roja con la hoz y el martillo para mostrar su presencia o alguna victoria, un asesinato, un reclutamiento forzado, el robo de ganado, etcétera.

Relatan los hermanos Tipe en la página 118:

En octubre de 1982, Martín y un grupo de jóvenes senderistas volvieron a rondar Uchuraccay. En la víspera de la tradicional fiesta de la Virgen del Rosario, una bandera senderista apareció en un cerro aledaño al pueblo. Luego de la celebración, cuando retornaba a su casa, Alejandro Huamán contempló enojado el ondeante trapo rojo.

“Carajo, para qué ponen esto”, exclamó. Resultaba una provocación a su autoridad. Llegó hasta la bandera, la arrancó, la tiró al suelo y la pisó; luego la quemó. Sin saberlo, el presidente comunal había firmado su sentencia de muerte.

Dos meses después lo asesinaron, quemaron su casa y dispararon en las piernas a su esposa.

Otro importante aporte de los periodistas Tipe es destacar un hallazgo académico poco difundido en el Perú. El investigador ayacuchano Ponciano del Pino incluyó en su tesis doctoral (Universidad de Wisconsin) el acuerdo de la asamblea comunal 1º de enero de 1983 para rechazar a Sendero Luminoso en Uchuraccay y que remitieron al subprefecto de Huanta. En la asamblea estuvo presente una patrulla militar, indican los entrevistados por los autores del libro. Firmaron el oficio 39 campesinos, otros 82 colocaron su huella digital. De 16 comuneras, solo firmó una mujer.

El libro es eficaz en registrar los antecedentes del 26 de enero, días y meses en que los comuneros batallaban para defender su vida. A fines de diciembre de 1982, un grupo de uniformados permaneció en Uchuraccay cinco días, llevó alimentos y aguardiente, enseñó a los jóvenes a cavar trincheras, y a los pastores de las zonas altas les encargó la tarea de ser vigías.  Antes de la llegada de los periodistas, llevaban varios días de enfrentamiento con senderistas, e incluso, el 22 de enero habían asesinado a cinco. El aguardiente y el refugio por las noches en cuevas eran las formas de lidiar con la continua amenaza de venganza de los terroristas.

El relato describe con precisión y crudeza la violencia de esos días, por parte de todos los involucrados en el conflicto, con la voz de varios sobrevivientes y documentos, pero también refleja la pena de los familiares y amigos de las víctimas, que contribuyen a reconstruir lo ocurrido y a perfilar quiénes eran los periodistas que iban a buscar la verdad a Huaychao. La intención de evitar que detalles crueles de la violencia y la tristeza de la pérdida se fijen en la memoria acelera la lectura de las casi 200 páginas.

En 2003, la Comisión de la Verdad y Reconciliación -creada para investigar la violencia que afectó el país entre 1980 y 2000- halló que después del asesinato de los periodistas en 1983, 112 comuneros uchuraccaínos murieron en circunstancias inexplicables. La justicia no ha buscado responsables de esas muertes como sí intentó hallarlos para el caso de los periodistas. Sin embargo, los familiares de los periodistas aún esperan que los tribunales sancionen a quienes orillaron a los campesinos a matar, y por ello en 2010 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos admitió el caso.

Otro periodista peruano, David Hidalgo, entrevistó a los autores del libro y contaron que cada año, en la romería y la peregrinación que se realiza hacia el Santuario de Uchuraccay, donde están los restos de los periodistas y el guía, los residentes de Uchuraccay piden perdón por lo que los más antiguos hicieron.

El alcalde de Uchuraccay da la bienvenida a los ocho periodistas que este año realizaron el recorrido de los asesinados en 1983. (Crédito: ANP Filial Huamanga)

El alcalde de Uchuraccay da la bienvenida a los ocho periodistas que este año realizaron el recorrido de los asesinados en 1983. (Foto: ANP Filial Huamanga)

La Asociación Nacional de Periodistas ha contribuido en años recientes a acercar más a los residentes de Uchuraccay y a los familiares de los muertos del 26 de enero de 1983 -todos víctimas al fin y al cabo-, y colecta libros para llevarlos anualmente a la escuela local, e invita a ocho periodistas a repetir el recorrido de 1983, a cerca de 4.000 metros de altura, caminando casi diez horas para ser recibidos con comida y flores por las autoridades comunales. Además, en 2014 inauguró, en convenio con la comunidad, un micromuseo llamado ‘La casa para no olvidar‘, que contiene fotos de los periodistas al llegar al paraje donde minutos después fueron ultimados y enterrados.

El periodista César Hildebrandt, amigo y contemporáneo de algunas de las víctimas de Uchuraccay, al recordarlos este año ha escrito en su semanario: “Para recordarnos qué alto pusieron la varilla, para eso están los compañeros invariables de Uchuraccay”.

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