Seguimos hundidos. ¿Para qué más que la verdad? Las noticias, una tras otra, indignan y deprimen. En esas andaba, lamentando (sí, todavía) no encontrar nada concreto qué hacer por mi país, cuando me reencontré con un libro que ya había leído desde que salió, en el 2013, pero que vale la pena releer ahora: Instrucciones para mudar un pueblo, publicado por Alfaguara. Es que de verdad dan ganas de mudarse: de casa, de pueblo, de municipio, de ciudad, de estado, de nación. Pero no podemos. Al menos, yo siento que no debo. Y que no quiero. Además, si aprendemos la lección de lo que puede pasar cuando todo un pueblo se muda, al recorrer las páginas que ahora intentaré recomendar, nos daremos cuenta el por qué no nos conviene. Más vale encontrar soluciones y solidarizarnos para tratar, al menos, de sacar adelante nuestro proyecto. Un proyecto de un México democrático, justo, en paz.

Esta novela, la tercera de Jorge Alberto Gudiño, es un rompecabezas que el lector va armando poco a poco, con placer y al mismo tiempo con un requisito indispensable: inteligencia. Sí, el autor nos va dando diferentes piezas del argumento, distintos personajes, y salta del presente al pasado para entregarnos, al final, una historia redonda, profunda, frustrante y triste. Pero me estoy adelantando; ni siquiera les he contado cuál es el tema.

Instrucciones para mudar un pueblo es un libro que trata, precisamente, de un poblado, el Goterón, cuyos habitantes son mineros, bastante pobres, y en el corto plazo se ven obligados (literalmente) a dejar sus casas para instalarse en otro poblado pues los dueños de la mina han descubierto que debajo de donde habitan hay un metal valioso. El propio interés, antes que nada. La corrupción. El engaño. La manipulación para lograr los objetivos personales de quienes son dueños del dinero y del poder sin importar, en absoluto, las historias personales de cada uno de los habitantes.  ¿Les suena?

En las páginas, 168 para ser exacta, conviven diferentes personajes: casi todos entrañables y muy bien construidos. Sí, aunque suene raro, el protagonista, que fue un asesino a sueldo y ahora se encuentra viviendo un terrible duelo, es muy querible. A pesar de que su único móvil aparente es la venganza. Pero el dolor por su hija muerta nos obliga a ser solidarios, a lamentarnos de su suerte: “Si en verdad se puede morir de tristeza, no entiendes por qué sigues vivo”. También nos encontramos al viejo con su nieto “idiota” (con capacidades diferentes, sería lo políticamente correcto), caminado juntos por una calle interminable, cuidándose mutuamente: “Ninguno de los dos debería salir solo de casa. Al viejo ya no le alcanzan los recuerdos para pensar con claridad. Al joven le sigue sobrando el entusiasmo como para percibir el peligro”. Y el cura Nicolás, quien se ve en la necesidad de fundar una religión nueva para que sus fieles acepten mudarse a un lugar en el que la compañía minera olvidó construir una iglesia. Claro, los dueños de la empresa le dieron al sacerdote una buena cantidad de dinero. “Creer en Dios no basta (…) El miedo es el mejor combustible de la devoción”. También está el licenciado, encargado de supervisar la mudanza y de asegurarse de que nadie quede atrás, en El Goterón; un lugar árido, alejado de la civilización, tan seco como sus habitantes. ¿Y qué decir de la historia de Elpidio, el rengo, y su profundo (y absurdo) amor por Cecilia? Es triste e indignante. Ya no hablaré de Perro Viejo (cargando toda su crueldad), la Machacona, Irina y las cenizas de su padre… porque estoy segura de que ustedes no podrán evitar ir a la librería más cercana para comprar Instrucciones para mudar un pueblo.

En realidad, esta novela también nos ofrece muchas otras instrucciones a partir de cada una de las historias que Jorge Alberto Gudiño nos va narrando: instrucciones para claudicar, para triunfar, para crear un dogma, para entonar un canto, para el desahucio, para rescatar a un hombre. Es un libro que se podría leer de una sentada pero que es mejor disfrutar en pequeños sorbos, como un buen whisky con pocas rocas (por cierto, le bebida favorita del autor). Tejida a través de capítulos cortos, de frases breves, que van al grano, nos atrapa desde la primera página. Captura nuestra atención y curiosidad. Queremos saber más del hilo conductor y de cada uno de los personajes.

Demostrando un gran dominio del lenguaje y del arte de narrar ficción, el joven autor mexicano abre la novela con el protagonista… y la cierra también con el protagonista: es una historia redonda y melancólica. “Debe llegar a tiempo. Rescatar a ese hombre de sus fantasmas”. Además, al lector experto no se le escapa el hecho de que precisamente los capítulos sobre el asesino profesional son los únicos narrados en la segunda persona del singular: “Te miras al espejo para descubrirte más flaco, más ojeroso, con la piel colgando de los cachetes. Más derrotado”.

Pero independientemente de las diferentes historias, Instrucciones para mudar un pueblo es un libro que denuncia, de manera fina y con una narración precisa, la miseria del ser humano. Y no me refiero sólo a la pobreza material, sino a la del alma: ambición desmedida, corruptelas, abusos. Engaño. La indiferencia ante el dolor ajeno. Codicia. Ignorancia. Es un texto que acusa a los políticos, a los empresarios, a la iglesia: “Sí, será lo que más les convenga. Luego brindaron en medio de carcajadas. Al final, un portafolio cambió de manos y se palmearon las espaldas.” Pero también desenmascara al resto de los habitantes, por su indiferencia, por no alzar la voz. Por agachados y conformistas. Y aquí es donde vale la pena aclarar, como lo hacen en muchas novelas o películas, que cualquier parecido con la realidad de nuestro país es una mera coincidencia.

¿O no?

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