Por Thelma Gómez Durán

Laurence Maxwell tenía el cabello largo, una bicicleta amarilla y un puñado de certezas. La noche del 20 de noviembre del 2014 comenzó a perder eso que tenía: le cortaron su melena, extravió su bicicleta y lo dejaron sin certezas.

A partir de ese día,  Laurence, chileno de 47 años, sociólogo y estudioso de la obra de  los poetas de vanguardia que escriben en procesos de dictadura, se acercó más a la poesía de Raúl Zurita, el creador que fue encarcelado y torturado en septiembre de 1973, cuando Chile vivió un golpe de Estado. El hombre que ha dicho que en su país, la poesía y el arte se utilizaron como herramientas para la toma de conciencia, para la no resignación.

“Ahora entiendo mejor a Raúl Zurita. Entiendo mucho más su poesía”, dice Laurence, mientras toma un café, tres días después de haber salido de la cárcel de máxima seguridad, a la que fue llevado por el gobierno mexicano que lo acusó —junto con otros 10 mexicanos— de asociación delictiva, terrorismo, motín e intento de homicidio. Ninguna de las acusaciones pudo ser comprobada y por eso, Laurence y los otros acusados salieron libres, sin cargos.

“Cuando las autoridades toman la decisión de acusarnos y de imputarnos estos cinco cargos que son terribles, y decir que el detenido que es chileno es el más violento, tiene que haber una responsabilidad de lo que se dice, de las acusaciones… Por más desesperados que estén por controlar la situación del país, que está en una crisis, evidentemente, no pueden destruir vidas arbitrariamente e impunemente”, dice Laurence.

Los abogados que llevaron la defensa de Laurence y de los 10 mexicanos que fueron detenidos el 20 de noviembre del 2014, cuando la policía disolvió la marcha de protesta por la desaparición de 43 estudiantes normalistas del estado de Guerrero, presentarán denuncias por tortura y detención arbitraria contra el gobierno federal y de la Ciudad de México. Una de esas denuncias buscará que el gobierno indemnice a los afectados y les pida disculpas públicas.

—¿Realmente esperarías que el estado mexicano te pida disculpas?

—El panorama más ideal sería que yo pudiera vivir aquí, en México, tranquilo y que las autoridades se retractaran de lo que han dicho y que pidieran disculpas públicas. Pero, probablemente eso no ocurra nunca.

Para Laurence, la única lógica que tiene su detención y la de los otros 10 mexicanos es que se buscaba “amedrentar a la población, a los estudiantes, a la gente que está saliendo a manifestarse”.

***

El 20 de noviembre del 2014, Laurence llegó a la zócalo capitalino en su bicicleta amarilla. Como miles de habitantes de la Ciudad de México asistió a la marcha que se realizó para protestar por la desaparición de 43 estudiantes normalistas. Cuando la policía comenzó a desalojar el Zócalo de la ciudad y a detener a quien se encontrara a su paso, Laurence trató de correr, como lo hicieron muchos. Su bicicleta no lo dejaba mover con facilidad, por eso, la encadenó a una jardinera. Segundos después lo detuvieron.

Laurence comenzó a entender aún más las palabras de Raúl Zurita la mañana del 21 de noviembre. A las siete de la mañana, él y los otros 10 detenidos (entre ellos cuatro mujeres) fueron sacados de las instalaciones de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (Seido), para ser trasladados a la cárcel de máxima seguridad, en Veracruz.

“Pensábamos que ya nos iban a sacar para darnos la libertad, pero de pronto nos ponen esposas, nos rodea un comando de civiles, con armas largas; nos meten a una camioneta sin logotipos y sin señales que mostraran que era del gobierno. Empezamos a preguntar: ‘¿dónde nos llevan?’”, recuerda Laurence y repite las frases que escuchó durante las casi cuatro horas que duró el trayecto de la ciudad de México a la cárcel de máxima seguridad en Veracruz:

“Aquí se chingaron, cabrones. Los vamos a destrozar. Los vamos a quemar. Los vamos a desparecer. Los vamos a lanzar uno a uno de la camioneta. Aquí sus derechos humanos se acaban. Yo hago lo que quiera con ustedes”.

Durante ese recorrido, a quien más golpean —de acuerdo con los testimonios de los otros detenidos— es “al chileno”. Laurence vuelve a recordar: “Me decían que por qué, yo que soy extranjero, me metía en cosas que no debía. Me decían que yo era el líder, que había llegado a hacer la guerrilla”.

La tortura física y psicológica terminó cuando llegaron a la cárcel de máxima seguridad. “Ahí, ya sabíamos de qué se nos acusaba; pudimos ver a los abogados, yo tuve una visita del cónsul. En la cárcel nos trataron bien, teníamos acceso a libros, papel, lápiz; podíamos ver un rato la televisión”.

Laurence y Juan Daniel López, un chico de 18 años —también detenido en la marcha y acusado por los mismos delitos—, compartieron la celda durante nueve días.

Ahora, fuera de prisión, cuando se miran se abrazan como si se conocieran desde siempre.

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Laurence conoció México, por primera vez, en 1999. Tiempo después decidió hacer de este país su lugar de residencia. “Recién llegado —dice— me sentía extranjero. Ahora, después de tanto tiempo de vivir en este país, me siento parte de esta realidad y con un derecho ético, moral, de participar, porque parte de mi vida está aquí. Mis amigos, mis amores, están aquí.”

Cuando lo detuvieron llevaba poco más de ocho años viviendo en la ciudad de México, ya había terminado su tesis sobre poesía de vanguardia que escriben en procesos de dictadura, esperaba que le anunciaran la fecha para realizar su examen de doctorado en letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tocaba la trompeta con un grupo de músicos locales, colaboraba en un estudio sobre comunidades de la sierra mazateca en Oaxaca y escribía.

Laurence no había visto manifestaciones tan multitudinarias como las que se han registrado en la Ciudad de México, a partir de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, el pasado 26 de septiembre.

Como sociólogo que es hace su análisis de lo que se vive en México:

“Lo que pasó con los chavos de Ayotzinapa, si bien es un caso terrible, no es el único en México. Fue la gota que rebasó el vaso para que la indignación y la rabia ciudadana saliera a las calles. Desaparecidos, muertos, mutilados hay todos los días y desde hace mucho en este país. Es una crisis que se viene arrastrando desde hace mucho tiempo.

“Desde el 2 de octubre del 68 no hay culpables, no hay imputados, encarcelados no hay juicios. No es una situación reciente, es una situación muy antigua que tiene raíces muy profundas. Y ahora con los elementos del narcotráfico que se agrega a lo que ya se estaba viviendo.”

Como un latinoamericano que sabe lo que es un régimen de dictadura y que conoce la historia de las desapariciones políticas, Laurence dice que lo peor que le puede pasar a un país es acostumbrase a que las desapariciones sean algo cotidiano: “Lo más terrible es que la gente se acostumbre a ello. Lo peor que le puede pasar a un país es que estos hechos queden en la impunidad. Y por eso la reacción que ha habido hacia los 43, tan masiva, tan sensible. Se siente que el país ya está harto de lo que pasa.”

Como el dirigente estudiantil que fue en Chile, durante la década de los 80, hace su propia reflexión sobre las manifestaciones multitudinarias que se han visto en México desde hace dos meses:

“Las nuevas generaciones están desarrollando un espíritu crítico que las antiguas generaciones no tenían. Las antiguas generaciones vivían al amparo del estado benefactor, clientelista, se acomodaban y aceptaban la realidad porque había ciertos nichos de seguridad que el estado daba. Eso hacia que el país no se moviera ante muchas cosas. Hoy hay muchas cosas que empiezan a tener descrédito: los partidos, los políticos, la policía.

“Las nuevas generaciones tienen una mirada crítica y por eso salen a la calle. Creo que de aquí en adelante van a empezar a cambiar cosas en México. Tienen que empezar a cambiar.”

***

Laurence Maxwell está cansado. Lleva días sin poder dormir ni comer bien. Se le mira demacrado.  Hace tres días que salió de la cárcel de máxima seguridad y no ha parado de tener citas con los abogados, en la embajada de Chile, con sus maestros de la UNAM, para tratar de acelerar sus trámites de examen de doctorado. Desde hace tres lo acompañan como escuderos su padre, Alberto, y su hermano, Dennis, quienes viajaron a México para estar con él.

Laurence viajará a Chile para encontrarse con su madre María Eugenia, quien le ha pedido que regrese a su patria natal. No decide aún si dejará de vivir en México. Antes de su detención se sentía “seguro y libre” en este país, “ahora eso cambió”. Incluso, comenta, ya no camina por las calles con la misma confianza con que lo hacía en el pasado.

“Hasta antes de la detención, tenía más o menos articulado mi futuro inmediato; ahora ya se me desvanece, ya lo perdí, no tengo muy claro lo que voy a hacer, dónde voy a vivir. Esa reflexión la tengo que hacer rápido y cualquier decisión que tome tendrá costos, va a tener un montón de costos.”

—Si pudieras, ¿qué le agregarías a tu tesis de doctorado?

—Más emoción a los conceptos que incluyo, como lo que es vivir en un estado de excepción. El sentir ese sentimiento de desamparo, de incertidumbre, de no tener a dónde asirse. En esa situación, el sujeto se va descomponiendo. Esa es la voz de Raúl Zurita, ahí encuentro esa emotividad. Ahora, habiendo experimentado la tortura, entiendo mucho más la poesía de Raúl Zurita. —dice un Laurence con el pelo corto y sin varias de las certezas que tenía antes del 20 de noviembre, como, por ejemplo, saber dónde vivirá los próximos meses.

En una de las jardinera de herrería que están cerca del zócalo de la ciudad de México quedó el candado con el que Laurence intentó resguardar su bicicleta amarilla. Los abogados de Laurence fueron a buscar la bicicleta, sólo encontraron el candado.

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