Una crónica a cuatro manos: Óscar Balderas y Karla Casillas.- 

 

“¡Chicos, no se alarmen, tuvimos que cerrar la reja porque afuera hay unas ratas. Tranquilos”.

Desde el escenario de un pequeño bar a cinco cuadras del Zócalo capitalino, Leonor, una drag queen vestida de amarillo canario –top y minifalda a juego– y peluca de cabellos rubios, quería apagar con su voz la misma fiesta que ella encendió.

“Calma, calma…”, pedía, mientras el atronador sonido de la música irrumpía su corto llamado a la serenidad desde la tarima que comparte con el DJ.

This is the rhythm of the night

The night, oh yeah

The rhythm of the night

This is the rhythm of my life

Pero nadie paraba la fiesta. La infalible canción de principios de los 90, el primer single de la banda Corona, ponía a bailar frenéticamente a los chicos discotequeros que querían un cierre cañero para una noche planeada en las redes sociales.

Habían llegado a la fiesta buscando la bandera de arcoíris, señal del único local gay de la calle: un salón con servicio de restaurante, con pinta de bar y con pista de antro, con meseros apurados de un lado a otro atendiendo a la mitad de sus clientes enfiestados y rebasando a la otra mitad, que vivía con angustia la petición de Leonor de mantener la calma.

Oh, I can ease you of your pain

Feel you give me love again

Round and round we go, each time I hear you say

This is the rhythm of the night

The night, oh yeah

 

“Calma, calma…”, decía la drag queen. Porque unos minutos antes, afuera, en la calle Gante esquina con Madero, los granaderos habían arrasado con brutalidad un par de terrazas con comensales incluidos. La del Salón Corona, y la del Marrakesh, el garito en el que nos encontrábamos cuando esto sucedió. Y para proteger a sus clientes de la furia de la policía, decidió bajar la cortina y encerrar a todos.

Dos ambientes divididos por una cortina; dos maneras de enfrentar una misma situación.

La noche se vivía a dos ritmos en el interior de Marrakesh.

***

 “Sí, me salvaron, me salvaron. Alguien me salvó. Me salvó la gente”, contaba Manuel. Sentado en la esquina del bar, justo al lado de la reja de metal cerrada, resguardado en el  interior del Marrakesh, pedía una cerveza para poder narrar tranquilamente lo sucedido fuera.

Minutos antes, pasadas las once de la noche, cuando ya los cientos de miles de manifestantes del 20 de noviembre se habían retirado, una turba de policías del Gobierno del Distrito Federal avanzó por el corredor peatonal Madero hacia el Eje Central, buscando jóvenes a los cuales llevar detenidos como culpables de los disturbios en el Zócalo.

Manuel era la presa perfecta. La viva imagen de la vulnerabilidad. Media hora antes de que el cuerpo policial hiciera aparición, Manuel deambulaba por Gante y Madero, dando tumbos, bailando, algo bebido, sin hacer daño ni molestar a nadie.

Entre sorbos a una cerveza clara, Manuel contó que estaba sentado en la calle, cansado de bailar, cuando un centenar de policías con cascos, escudos y toletes embistieron a los comensales que se encontraban en las mesas colocadas afuera de los dos bares. Él, asustado, se levantó para huir, pero un policía lo sujetó del cabello y lo intentó entregar a otro uniformado.

“Yo me quería zafar, le decía ‘ya estuvo, ya estuvo, yo no hice nada’, pero me jalaba y me decía ‘ya estuvo qué, ya chingaste a tu madre’”, narró Manuel. “Ahí vi que estaban pegando a otros chavos que estaban comiendo y uno me jaló, me metió acá y me salvaron. Alguien me salvó, pero no vi quién”.

la foto

Manuel, pese a su leve estado de ebriedad, recordó que fue un chavo quien lo sentó en una silla del bar, con la aprobación del gerente, mientras un mesero cerraba la cortina de metal, dejando a su suerte a los comensales que afuera batallaban con los policías.

Desde el interior del Marrakesh intentábamos escuchar pegados a la reja, qué pasaba fuera. Se escuchaban vidrios, gritos, sonidos de sillas y mesas caer. Una súplica “¡ya no le pegues!”  y la desesperación de no poder ver por un resquicio qué sucedía afuera, ¿por qué golpearon a comensales de un bar? ¿cuántos heridos había? ¿se llevaron a alguien?

Horas más tarde sabríamos que si ese comensal no hubiera salvado a Manuel, él probablemente hubiera sido trasladado a una cárcel de máxima seguridad en Veracruz acusado, en un principio,  de terrorismo. Luego, su caso hubiera quedado en motín, asociación delictuosa y tentativa de homicidio.  Todo por bailar la música que se colaba de la fiesta de las drag queens.

***

@Antoniomarvel, activista por los derechos digitales, conoce bien la importancia de un video y de las redes sociales. Él es un destacado defensor de la libertad de expresión y su “arma” son las redes sociales. Por eso, en cuanto escuchó los gritos de los comensales,  sacó de su bolsillo su teléfono inteligente y comenzó a grabar.

Esto es lo que registra el video de 30 segundos titulado “Agresión” del usuario Antonio Martínez Velázquez, grabado frente al Marrakesh y subido a Youtube unos minutos antes de que acabara el 20 de noviembre:

 [youtube http://www.youtube.com/watch?v=5kxyDV8kWCI]

****

Comenzó la lluvia de tuits, publicaciones en Facebook y mensajes instantáneos para saber qué pasaba. La conmoción reinaba entre todos.

“Salte de ahí, está cabrón, están haciendo detenciones arbitrarias, no sea que los vayan a agarrar”, me escribió un amigo que trabaja para Amnistía Internacional.

“Aguas, andan sueltos los granaderos. Están agarrando a quien se deje. Váyanse del Centro o métanse a algún bar y no salgan hasta que pase medianoche”, tecleó una amiga, activista por los derechos de la infancia en México.

“¿Dónde estás? Repórtate para saber que no eres de los periodistas madreados”, mandó una colega de un diario nacional.

Con la cortina abajo, llamamos al celular de Alfonso García Castillo, primer visitador de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal para informarle que había decenas de atrapados en un bar sin ventilación ni medidas de seguridad, en caso de que la policía decidiera buscar adentro a más presos.

“¿En serio? A ver, dame tus datos… sí… ¿cómo se llama el bar? ¿en qué calles? Sí, ahora lo atiendo… mando a alguien, lo atendemos… dame chance de llamarte de vuelta… este es tu celular, ¿no? Ok, te marco”.

Han pasado cinco días. García Castillo no ha llamado.

  ***

Por fin, cerca de la 1 de la mañana,  la reja que aprisionaba a los comensales se levantó unos cuantos centímetros. Inmediatamente, una corriente de aire frío refrescó el lugar, pero las buenas noticias se mezclaron con el aire denso de adentro.

“Ya está, chavos. Quien se quiera ir, lo hace bajo su propio riesgo”, advirtió una empleada del lugar. “Su propio riesgo” significaba, en realidad, pasar de cliente a chivo expiatorio en el trayecto del bar al auto; de fiestero a presunto culpable en el camino al taxi.

Decidimos no tentar a la mala suerte. Una hora más adentro reduciría el riesgo de ser llevado a patadas hasta una patrulla, así que decidimos bailar un rato más.

Adentro, en el antro, una de las amigas de Leonor llegó a la pista de baile con un 43 pintado en su pecho depilado.

“¡1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 41! ¡Justicia!”, gritó el bar a todo pulmón, a manera de colofón de la noche.

La noche a dos ritmos había terminado.

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