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Julio César,

Esta mañana escribo para contarte lo que esos hijos de la chingada que te mataron han provocado entre nosotros.

Esto lo sabes bien: la madrugada de 27 de septiembre, policías de los municipios de Iguala y Tixtla, en Guerrero, junto con sicarios del grupo Guerreros Unidos, dispararon a los camiones que iban a llevarte, y a tus compañeros, a la marcha histórica del 2 de octubre. Lo hicieron por órdenes del alcalde y su esposa porque creían que ustedes, normalistas rurales de Ayotzinapa, habían tomado los buses para arruinar el informe de labores de la “primera dama” de Iguala y abollar sus aspiraciones políticas. Las balas te aterraron, no hiciste caso a tus compañeros que pedían usar el vehículo como escudo y corriste hacia el monte, donde la negrura de la noche te tragó. Al día siguiente, el amanecer descubrió tu cuerpo con los pantalones abajo y tu cara sin piel ni ojos.

Lo que no sabes es esto: alguien fotografió tus restos y los subió a internet. En cuanto la noticia del ataque comenzó a conocerse, las redes sociales replicaron miles de veces tu imagen en unas cuantas horas. Nadie supo con qué fin te exhibieron así, pero si el objetivo era infundir miedo y paralizar a la gente, tuvo el efecto contrario: algo, en esta sociedad tan adormecida, empezó a despertar. Marissa, tu esposa, se sacó del pecho tu historia y la contó a cada reportero que preguntaba por ti. Le habló de tus sueños en el Distrito Federal, tus ganas de ser maestro, el anhelo que tenías de poner un techo familiar.

Lo que sigue te impresionaría: en un país donde en un pueblo se pueden masacrar a 300 personas y la gente calla; donde se pueden asesinar 72 migrantes y no pasa nada; donde 49 bebés pueden quemarse vivos y nadie se despeina; en ese país, tu imagen hizo semilla. Pudimos entender la magnitud de la saña, la inhumanidad, la podredumbre de la que son capaces esos ¿hombres? que desaparecieron a tus otros 43 compañeros.

Hiciste temblar bajo nuestros pies: se han organizado cientos de marchas para exigir justicia para ti, tu familia, la de otros cinco asesinados y la de tus 43 compañeros normalistas que aún no podemos localizar . Miles han tomado las calles de la ciudad de México, Guerrero y otros estados para exigir un alto a la violencia. Lo que te hicieron, lo que les hicieron, es el último abuso que queremos tolerar. Caminamos de día o de noche, gritando o en silencio, bailando o en duelo, cantando o desgañitando la garganta, a veces alegres y a veces sentimos que el pecho se nos encoge y no nos cabe la tristeza. Lo mismo ha pasado alrededor del mundo. En Estados Unidos, Canadá, España, Inglaterra, Alemania ¡hasta Japón! las muestras de solidaridad nos hacen sentir acompañados en esta batalla por la memoria.

Lo que hemos logrado ha sido insuficiente, porque el objetivo máximo de tener a todos ustedes con vida parece cada día más distante. Sin embargo, al mismo tiempo, hemos conquistado lo que hace años parecía impensable: el líder de los Guerreros Unidos, Sidrono Casarrubias, ya duerme en una prisión de máxima seguridad; el otro jefe, Benjamín Mondragón, mostró lo cobarde que es y se suicidó cuando lo arrinconó la policía; 59 integrantes del grupo criminal están detenidos. El jefe de la policía de Iguala, Francisco Salgado vive escondido, sin poder asomar la cabeza; el entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y su esposa, María de los Ángeles Pineda, enfrentan una sentencia que podría dejarlos de por vida tras las rejas. Y los ediles de decenas de municipios están bajo la lupa.

Además, cayó el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre. En el país de la impunidad, eso es mucho. Y el recuento no acaba: se tambalea el procurador Jesús Murillo Karam y, como nunca, hay un clamor popular para que renuncie el presidente Enrique Peña Nieto.

Estoy convencido de esto Julio César: este país te necesitaba más vivo. Nos haces más falta en el salón de clases, formando niños, enseñándoles solidaridad al prójimo, criando a tu hija de dos meses, Melissa. Hoy, millones daríamos mucho para que ni tú, ni tus amigos, nos hicieran falta. Pero también estoy convencido de que esa imagen tuya, la valentía con la que el reporte forense dice que te defendiste de esos tipos, nos orilló a esta digna rabia. Tal vez, sin esa estampa de dolor, no hubiéramos reaccionado como sociedad. Tú peleaste contra esos que nos arrinconan, ¿por qué habríamos nosotros de hacer lo mismo por ti?

Y de eso te quiero hablar esta tarde: hoy es la Marcha Nacional por Ayotzinapa. Es la Marcha Nacional por Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora Venancio, Antonio Santana Maestro, Benjamín Ascencio Bautista, Bernardo Flores Alcaraz, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomas Colon Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz., Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonas Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Julio César López Patolzin, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemany Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías y Saúl Bruno García.

Hoy saldremos miles, decenas de miles, cientos de miles, a demandar castigo a los responsables, el paradero de tus compañeros y justicia para los caídos como tú. Hoy el país tiene un ambiente diferente. Se siente en el aire. Hay dolor, rabia, indignación, vergüenza, pero también hay esperanza de que lo que suceda esta noche abra un boquete de luz para la oscuridad que nos envuelve.

Julio César, hoy se cumplen 56 días y las calles no nos alcanzan. Las desbordamos. No se ha construido una avenida tan larga como para contenernos. Nadie aún ha descubierto la fórmula para callarnos.

Me gustaría que estuvieras aquí para verlo: el país que soñaste, se está sacudiendo el letargo. Me gustaría que leyeras la intensidad de las redes sociales, que escucharas las pláticas de la gente que se pone de acuerdo para ir en conjunto a la marcha, los planes de fiesta cancelados para asistir a este encuentro de desobediencia civil. Quisiera que sintieras que no te hemos abandonado.

Hoy por la noche, donde quiera que estés, ponte muy atento. Escucha a los que te vamos a nombrar. Grábate bien cada voz de niña, niño, joven, adulto, anciana, que salió de su casa para acompañar a tus padres, los padres de ellos, a todos nosotros. En un año, Julio César, esos mismos que hoy te llamaremos, te rendiremos cuenta de lo que hicimos en tu ausencia.

Te contaremos, con orgullo, que estuvimos a la altura de ti, de la manera en que te defendiste esa noche, cuando la negrura de Iguala te comió y nos devoró a todos.

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