El procurador Murillo Karam ya se cansó; lo dejó suficientemente claro en un acto de extrema torpeza y falta de sensibilidad. Cierto que se veía agotado y tenía todo el derecho para sentirse cansado, pero no para decirlo; no en esas circunstancias, no ante la tragedia.

¿Yo? Ya me harté y puedo decirlo. Estoy desilusionada, desconsolada, preocupada. Y aunque generalizar no se vale, mi hartazgo me ha llevado a hacerlo en este texto. Perdón, de antemano, si se sienten aludidos. No, me retracto: nada de pedir perdón.

Estoy harta del gobierno, de los ciudadanos, de mí misma. De no saber qué hacer en esta grave coyuntura, cómo ser solidaria y cómo ir más allá de mis quejas en foros públicos para llegar a lo que de verdad importa: acciones concretas y eficaces. Propuestas.

Harta de ya no poder creer en nadie ni en nada o, al menos, de no saber a quién hacerle caso y qué fuerzas se esconden detrás de cada nueva noticia. Por ejemplo, de la casa de Peña Nieto en las Lomas. Nada en las medios ocupa un espacio por mera casualidad. ¿Qué intereses están detrás de la investigación que llegó a cuatro periodistas y que sólo Aristegui se atrevió a verificar, investigar y sacar al aire? ¿A quién le conviene que el país continúe desestabilizándose y que el presidente siga perdiendo credibilidad y respeto? Aclaro que no defiendo ni justifico el gasto desmedido de una casa groseramente lujosa, en un país en el que la mayoría vive en la pobreza. Debemos exigir que nos aclaren con qué recursos fue adquirida. Pero el hecho de que precisamente unos días antes de su viaje a China (otra decisión torpe) haya salido la nota, también me preocupa. Alguien, con suficiente poder, está lucrando con el desprestigio del mandatario y su esposa (ya muy desprestigiados por sus propias torpezas e indiferencia. Estamos ante un presidente “pasmado” y que “perdió el volante”, como bien dice Jesús Silva-Herzog Márquez). ¿Algún empresario que ha visto sus intereses mercantilistas amenazados? ¿Algún grupo político que desea llenar el vacío de poder que se ha creado?

Estoy harta, también, de que cada movimiento social auténtico se muera al poco tiempo por falta de uno o varios líderes desinteresados que lo sostengan, lo sustenten y lo lleven a buen puerto. Por falta de la solidaridad y el interés de los ciudadanos. Pero también harta de que llegue alguien a lucrar con las protestas… y las prostituya.

Estoy harta, y perdonen la enumeración pero es que me siento (nos sentimos todos) cansada de tantas cosas: de que el narcotráfico cada vez gane más espacios, de que los periodistas vendan su pluma y su voz, de la riqueza absurda de los líderes sindicales, de que las prisiones sean exclusivas para quienes no tienen dinero para pagar un abogado o para comprar a un juez, del comercio informal y la piratería, de quienes no pagan impuestos y de lo que el gobierno hace con los impuestos de quienes sí los pagamos, de los empresarios monopólicos, del egoísmo generalizado, del poco respeto a los derechos humanos, del tristísimo nivel de lectura, de la manipulación y desinformación de los medios.

De los servicios de salud deficientes que “permiten” que las mujeres den a luz en la banqueta que está afuera de una clínica pública y que se mueran los enfermos en las jardineras porque se niegan a atenderlos. De la destrucción de un sistema educativo a favor de un sistema económico. De la pobreza de la información y las terribles omisiones en los libros de texto. De la burocracia infinita que le pone trabas a los pequeños empresarios. De la programación de la televisión abierta; realmente indignante y denigrante. De las licitaciones poco claras, tramposas. Del favoritismo e influyentismo. De que hayamos sido incapaces de construir una izquierda inteligente, propositiva, sin los mismos vicios (o peores) del PRI. De que los partidos políticos sólo vean por sus propios intereses. De habernos quedado sin oposición. De los sueldos de los funcionarios públicos. De todo lo que se hace al margen de la ley o fuera de ésta. De la gente con las prioridades desacomodadas. De quienes siguen tratando de callar o deprestigiar a las pocas voces lúcidas y valientes.

De la falta de honestidad y solidaridad. Estoy harta de pertenecer a un pueblo hipócrita, egoísta, misógino, homofóbico, racista y clasista. Una ciudadanía de agachados, conformistas. Una sociedad que sólo sabe ser solidaria ante eventos trágicos como terremotos o huracanes. Una clase alta que gusta de la filantropía como excusa para salir en las secciones de sociales o para sentirse menos culpable. De la gente que condena la corrupción pero es la primera en darle “mordidas” a los policías o a los burócratas para apresurar un trámite.

Harta de las personas inconscientes hacia la ecología y el medio ambiente. De los comerciantes que venden kilos de 800 gramos. De los constructores que utilizan varillas menos firmes, pero más baratas. De los doctores que operan sin razón médica, tan sólo para cumplir con la cuota que les exige el hospital o para poder pagar sus vacaciones de diciembre. De quienes continúan diciendo: “¿Para qué nos quejamos si no sirve de nada?”. De seguir siendo una nación exportadora de mano de obra. De vivir en un país de fosas clandestinas y miles de desaparecidos.

¡Bueno! Estoy harta hasta de los baches y de la manera salvaje en la los choferes  conducen sus autobuses, microbuses y combis. Y también de la poca amabilidad y falta de educación vial de quienes van en automóviles particulares. De que tomar un taxi en la calle sea un peligro. De que se formen mafias ante cualquier excusa o vacío: mafias de franeleros, vendedores ambulantes, pepenadores. De que la igualdad de oportunidades sea una mera quimera. De una burguesía que sólo ve hacia el extranjero, con envidia, y pone su atención en la siguiente fiesta, en el próximo viaje exótico, en aquella bolsa de marca o zapatos de moda que todavía no ocupan un lugar en su vestidor.  De que los funcionarios públicos vean negocios en cualquier lado: la repavimentación, las grúas que encadenan a los automóviles cuyos dueños no pusieron su cuota en el parquímetro, permisos de construcción, cambios de uso de suelo, contratos sin licitaciones transparentes y un casi infinito etcétera.

Estoy harta de la impunidad. De los costos de la la intolerancia, la sinrazón, la brutalidad.

Pero no estoy harta -no debo permitírmelo-, de tener esperanzas. De ser optimista a pesar de que Ikram Antaki siempre me dijo que los optimistas son, necesariamente, pendejos. No es renunciando a la vida como nos liberamos del miedo, de la parálisis. Ni renunciando a creer que una gran mayoría de ciudadanos honestos, con convicciones fuertes, luchadores, solidarios, empáticos, comprometidos, creativos, trabajadores y decentes podamos organizarnos para hacer algo.

Es momento de luchar en favor de la vida y en contra del nihilismo. Como dijo  Nietszche algún día (aunque de una manera más bella y más lúcida): Hay que estar en contra de la repetición moral que nos ha hecho esclavos (de nuestras costumbres, manera de pensar, fanatismos, errores, prejuicios). Hay que utilizar la nada que nos ha sido heredada, a favor de un mundo diferente. Creo que ya llegó el momento y, además, estoy convencida de que lamentablemente no nos queda de otra. Tenemos esta oportunidad aquí, ahora: debemos tomarla de manera urgente.

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