Hace un año la noticia que comentábamos no era la desaparición de 43 estudiantes en el estado de Guerrero. La desventura que ocupaba la atención de los mexicanos era la muerte de 78 habitantes de esa desamparada entidad. Resulta que por aquellos días dos bandoleros, de nombres Manuel e Íngrid, habían pasado por la región enterrando decenas de cuerpos humanos y sepultando cientos de viviendas. La furia de los perpetradores había dejado un saldo de 3,589 casas dañadas, 1,315 hogares arrastrados por los deslaves y 297 moradas arrasadas por el cauce de los ríos desbordados.

Familias sin guaridas para dormir, padres desesperados por conseguir comida para sus hijos, desolación, miedo, frío. Muchos perdieron la totalidad de sus cosechas de café. La saña de los huracanes Manuel e Íngrid provocó que los pobres de la Montaña de Guerrero descendieran al noveno círculo de la miseria. Esa zona tiene uno de los mayores índices de marginalidad del país. Ahí vive el 85% de la población indígena de Guerrero, el doloroso Guerrero.

Por esos días me llamó una periodista que cubría las consecuencias del desastre natural. “Hay hambruna, los niños tienen los ojos saltones, las despensas de comida que prometió el gobierno no están llegando a los albergues, o se las están robando”, me dijo al teléfono Laura Castellanos, una reportera bragada en la cobertura de conflictos.

Laura recogió historias de las víctimas, constató el desabasto de alimentos en los albergues, documentó que la ayuda económica estaba quedándose en los bolsillos de líderes políticos locales. Recabó cifras de las organizaciones civiles de la región y consiguió documentos del gobierno federal que señalaban que algunos poblados se encontraban en situación de “Alto Riesgo”. Los funcionarios públicos que hicieron el diagnóstico recomendaban desalojar a la gente. Aún había riesgo de deslaves. Pero las autoridades no tomaban acciones.

Las tres entregas de la cobertura periodística salieron publicadas en sendas primeras planas de El Universal a finales de noviembre de 2013, hace casi un año. No parecía haber cabos sueltos. A la información verificada la acompañaban fotografías de Ramón Romero que daban cuenta de niños hambrientos en los albergues, grietas de hasta 40 centímetros en el piso de las casas… la vulnerabilidad de los damnificados. El equipo de enviados a la cobertura también se ocupó de registrar con cámara de video la situación. Ahí pudieron verse los testimonios de las familias que vivían a orillas de los despeñaderos.

No abundaré en la reacción de las autoridades de gobierno, quienes descalificaron la serie de reportajes, pero sí diré que una de las principales problemáticas de las coberturas periodísticas sobre desigualdad es que entrañan una doble desigualdad.



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1)     La desigualdad de acceso a la información. Los pobres no suelen emitir comunicados ni llevar estadísticas sistematizadas. Ellos carecen de una política profesional de comunicación social. Los reporteros que cubren fenómenos de desigualdad parten de cero. Llegan al lugar de los hechos, recaban testimonios de los afectados, registran hechos, consiguen versiones de activistas que pugnan por los derechos de las víctimas y buscan reportes gubernamentales –que frecuentemente les son negados–. Los periodistas de investigación buscan evidencias, no reproducir versiones de expedientes oficiales. Mientras los boletines de prensa tienen detrás todo un aparato para procesar y diseñar los mensajes que se quieren dar, los reporteros investigadores tienen que ir creando sobre la marcha sus propios aparatos sistémicos de información, para transmitir a las audiencias el producto de sus hallazgos. Las noticias que terminarán dando pasarán siempre por los filtros de su propia observación, pericia y verificación.

2)     La desigualdad entre la influencia de las diversas fuentes. Mientras los funcionarios públicos, los empresarios y las organizaciones diversas –como sindicatos, asociaciones de profesionistas o comerciantes– cuentan con la facultad de incidir en los medios de comunicación para dar a conocer la supuesta predominancia de sus mensajes, los afectados por un desastre natural, los vecinos inconformes ante una política pública, los habitantes afectados por un daño ambiental o los estudiantes desaparecidos por la colusión entre corporaciones policiacas y narcotraficantes tienen menos herramientas de presión para que sus mensajes sean reproducidos de manera sonora por los medios. El informe de Oxfam Intermón sobre Periodismo comprometido lo dice bien y lo dice fuerte: “Nos dimos cuenta de que la crisis de los medios nos estaba afectando directamente porque los contenidos sobre los que nosotros trabajamos, es decir, las situaciones del mundo que intentamos cambiar, no tienen la suficiente relevancia informativa.  La solución que encontramos para resolver esa carencia de contenidos fue abrir un debate con los medios de comunicación para identificar las bases del problema, es decir, por qué esos contenidos de calidad y de información internacional no estaban llegando a las portadas”.

La crisis de los medios que refiere Oxfam es a su vez espejo de la crisis de los reporteros que hacemos periodismo de investigación. Con holgada frecuencia, los comunicadores nos conformamos con hacer conjeturas en vez de esmerarnos en encontrar evidencias. El ejemplo clásico es cuando denunciamos en un reportaje a un funcionario público o a un empresario por sus nexos con cierto personaje involucrado con la corrupción o el crimen organizado, pero no aportamos alguna evidencia contundente de la supuesta colusión.

Ese pequeño gran paso, que significa la diferencia entre lanzar una conjetura y poner en el espacio público una evidencia, se ha convertido en una especie de eslabón perdido que no permite que el periodismo de calidad evolucione hacia estándares de mayor sonoridad en los medios. No es la única razón, cierto, pero sí echa luces sobre una tarea que está al alcance de nuestras manos. En la medida en que profesionalicemos la solidez de los hallazgos periodísticos, daremos menos excusas para desaparecernos de los espacios más destacados.

No nos cansemos, la cobertura en tiempos de desigualdad implica blindar el reporteo que hacemos. No demos pretextos para ser desplazados, marginados, abatidos o sepultados de los espacios dominantes de los medios.

Los padres de los estudiantes de Ayotzinapa están poniéndonos una medida ejemplar: no cejarán su lucha hasta que les muestren evidencias de la pretendida muerte de sus hijos. Ya se cansaron de creer, quieren saber, como nuestras audiencias. No quieren pistas, quieren certezas. Están hartos de conjeturas, exigen evidencias.

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DESIGUALDAD EN GUERRERO: cobertura

Alto riesgo en la Montaña. 27 de noviembre de 2013

http://www.eluniversal.com.mx/nacion-mexico/2013/impreso/alto-riesgo-en-la-montaa-211104.html

El pueblo cafetalero que se derrumba. 28 de noviembre de 2013

http://www.eluniversal.com.mx/nacion-mexico/2013/impreso/el-pueblo-cafetalero-211136.html

No hay trabajo, no hay comida. 29 de noviembre de 2013

http://www.eluniversal.com.mx/nacion-mexico/2013/impreso/no-hay-trabajo-no-hay-comida-211146.html

 

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