Indiferencia

Indiferencia

La vida no vale nada cuando otros se están matando…
La vida no vale nada si cuatro caen por minuto,
y al final, por el abuso, se decide la jornada…

Nos canta Pablo Milanés

El país se nos está yendo de las manos, y no nos damos cuenta. Como bien publicó Témoris Grecko en su muro de Facebook: “Es la pasividad de los mansos lo que ha permitido que los violentos nos dominen”. Cierto. Nuestra frialdad. Nuestra indiferencia. Tal vez también nuestro miedo a perder lo mucho o lo poco que tenemos. Pero no nos damos cuenta lo que ya hemos perdido y todo lo que todavía podemos perder. A nuestro país, por ejemplo. Poco falta para que quienes detentan el poder, desde el gobierno, desde las empresas, desde los partidos, desde el narcotráfico, desde los medios, se lo queden completito y no nos dejen sino algunos despojos. Y no lo merecemos. Ya basta.

Lo peor es que muchos, como yo, no sabemos bien qué hacer. De qué manera ayudar, de qué forma protestar con eficacia. Cómo solidarizarnos. ¿Conformarnos con manifestar nuestra indignación en las redes sociales? ¿Sumarnos a una marcha (a la que lamentablemente no pude asistir) para que vean que somos muchos, muchos los descontentos? Está bien, pero… ¿qué más? Desde los pocos foros a los que he asistido (las diferentes presentaciones de mi novela) he manifestado mi inconfomidad y he pedido solidaridad, pero no es suficiente. Y lo peor es que si lanzo estas preguntas es porque no tengo respuestas. Así de triste y así de simple. ¿Cómo dejar de ser pasivos para impedir que los violentos, los corruptos, los egoístas nos dominen?

En el fondo, creo que también nosotros somos muy egoístas, nosotros los mansos, digo. Casi todos. Porque mientras estemos bien dentro de nuestra pequeña (o grande) burbuja de que nada sucede, preferimos no movernos, no hacer olas, no producir ruido. Volver la vista hacia otro lugar. Silencio, un sorprendente silencio es lo que nos viene bien. Y dejamos que pasen las cosas más indignantes posibles: declaraciones misóginas, racistas, clasistas u homofóbicas de nuestros “líderes”; gastos absurdos frente a nuestros ojos; corrupción desmedida en todos los niveles del gobierno, en todos los partidos, entre los mismos ciudadanos; propuestas de leyes que lastiman a nuestra nación; decisiones equivocadas que sólo beneficiarán a unos cuantos; rutas suicidas, intolerancia… y fosas, muchas fosas con los cuerpos de tantos desaparecidos. México “produce” muertos como si estuviéramos en plena guerra (¿estaremos en guerra?) y aparentemente no nos damos cuenta.

Voy en el avión de regreso de Hermosillo. Leo en la novela que traje para mi viaje, La ciudad más triste, de Jerónimo Pimentel: “Ese era el legado humano, una suerte de indiferencia al ver pasar la desgracia ajena”. Creemos que eso, que desaparezcan a nuestros hijos, que asesinen a nuestros seres queridos, a nosotros no nos puede suceder. Así que contemplamos el dolor ajeno desde una conveniente e higiénica distancia. Pensamos que es mejor no involucrarnos. Tratamos de ignorar que un día cualquiera, la desesperación, el desconsuelo, la angustia puede tocar nuestra puerta y entrar a nuestra vida cotidiana sin siquiera decir: Buenas tardes o buenos días.

En la misma novela encuentro otra frase que me impacta: “Sólo parecen estar vivos quienes odian”. Pues sí, aparentemente quienes se mueven, hacen planes, estrategias, alianzas y actúan son quienes odian; los violentos. Los demás estamos paralizados, sumisos, agachados. Si pudieramos cerrar los ojos para no ver, lo haríamos. Si pudiéramos clausurar nuestros oídos, no escucharíamos. Si pudiéramos dormirnos cien años, mientras soñamos que vivimos en un país de estudiantes que no desaparecen, de ciudadanos con las mismas oportunidades, de democracia verdadera, educación de calidad, administración responsable, gobernantes decentes, lo haríamos. Pero temo que despertaríamos y encontraríamos un caos todavía mayor. Es cierto: el miedo suprime a la valentía, al arrojo, ¿pero también anula la cordura?

Lo peor es que no sé (realmente no lo sé) qué puedo hacer por ejemplo yo, aquí, ahora, antes de que sea demasiado tarde.

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