En tiempos en que ha tomado vuelo —no el suficiente— escribir reportajes desde la perspectiva de las víctimas, Alejandro Sánchez González opta por contarnos la historia de un homicidio desde la versión del criminal. El ahora denostado periodista tomó la decisión de describir la manera en que “un joven de 19 años, deportista, amable, educado, talentoso” y “medalla de bronce en la Olimpiada Internacional de Física 2012” asesinó a Sandra Camacho, “una jovencita de 17 años, delgadita, de hombros finos y cabello negro y largo”, “de origen humilde”.

Javier Medina Martínez, el asesino confeso, no sólo estranguló a Sandra Camacho, sino que la descuartizó, según nos cuenta con detalles inquietantes el reportero en la revista emeequis (http://www.m-x.com.mx/2014-09-21/el-joven-que-tocaba-el-piano-y-descuartizo-a-su-novia-int/), la publicación mexicana que ha ganado más premios de periodismo durante la última década.

El homicida parece ser un muchacho con futuro, brillante, con aparentes perspectivas de irse a estudiar al extranjero (Alemania). La víctima, Sandra Camacho, era una persona que no pasó el examen para entrar a una universidad pública. El asesino, nos dice Sánchez, habría matádola por burlarse de él. Porque le hablaba de sus planes a futuro, porque le mostraba seguridad, porque parecía confiado en navegar avante por las aguas de la vida.

Los críticos más severos del autor señalan que la historia está escrita desde una perspectiva “machista” y “misógina”, “justificando la violencia de género y el feminicidio”. Sánchez, un periodista a quien conozco y respeto —quiero decirlo desde el cuarto párrafo de este artículo de opinión—, advierte al final del relato que su reportaje es un “texto periodístico de no ficción. Todos los hechos descritos están basados en entrevistas y relatos de los protagonistas, expedientes judiciales, la evaluación sicológica (del asesino), correos electrónicos y mensajes de celular”.

Sánchez, Álex, me comentó hace pocos días que intentó contar la historia de un feminicidio desde la perspectiva del criminal. Pero no hacía falta que lo dijera. Es obvio. Él va, reportea, habla con las personas que investigaron el caso, con la gente que conoció al homicida en los días prófugos, con la banda que lo escuchaba tocar el piano en su exilio, con los vecinos de la víctima (de nombre Sandra Camacho). Y tiene legajos y legajos del expediente judicial que da cuenta del caso. Dos meses, dice, le tomó indagar un asunto que ahora lo tiene en la picota, justo cuando están por darse a conocer los ganadores del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, certamen del cual él es el único mexicano finalista.

El texto periodístico por el cual Sánchez está siendo inusitadamente linchado, me parece una pieza rompedora:

  1. Tiene reporteo exhaustivo. Visita una vasta cantidad de fuentes, revisa expedientes oficiales, indaga el entorno de la víctima a pesar de que desde los primeros párrafos queda claro —aunque no lo explicita— que nos contará una historia desde la visión del homicida. Y pone contextos suficientes del suceso.
  2. El ángulo tiene un propósito. Decide relatar la historia desde la perspectiva de un joven que, siendo lo que podríamos llamar una persona “normal”, comete homicidio. Ello ocurre aparentemente porque la chica se burla de él, un tipo que probablemente asesina porque ha sido “buleado” en los años previos al crimen.
  3. Acotación. A pesar de lo antedicho, no me parece que al autor justifique el homicidio, lo cuenta desde el ángulo que decidió redactarlo. El autor quiere decirnos que cualquiera de nosotros, si nos tocan ciertos infortunados resortes, podríamos asesinar a alguien. El texto plantea que cualquier persona podría cometer un crimen en algún momento, o eso entiendo.
  4. El autor se ajusta a los propósitos del periodismo narrativo. Quiere contar el cuento como lo hacían los abuelos (Gabo dixit). Y para eso reportea, indaga, busca, cuestiona, plantea un ángulo. Y viene a decirnos cómo ocurrió lo que pocos saben. Muchas veces he pensado que la estructura de los reportajes tradicionales parecen la versión previa de cómo contaríamos lo que los periodistas descubrimos durante el proceso de investigación (¡el reportaje tradicional es un fórceps!). La estructura de la historia escrita por Álex sorprende por eso: parece el cuento real de un reportaje que pudo haber citado expedientes judiciales, acomodado frases entrecomilladas, dado garantías de que hizo la tarea de indagar a fondo. Pero optó por relatarnos que descubrió que un tipo “normal” puede cometer un crimen de la manera más atroz.
  5. Cuestiona la moral dominante. Sánchez no obedece que el estándar ético periodístico del momento diga que tenemos que contar las historias desde un perspectiva de derechos humanos, de género, de medio ambiente, de no discriminación, sino que decide un ángulo distinto para mostrar que los criminales confesos tienen algo por decir, sin dejar de asentar que éste (se llama Javier Medina Martínez) reconoció su atrocidad.

Sánchez nos cuenta el resultado de una investigación, en formato historia, acomodándose a las directrices del periodismo narrativo. La realidad escrita nunca es lo que fue, pero si se le parece mucho, bien vale el vilipendio silencioso o sonoro que viene después de publicada. Y en este caso, paréceme que la historia de la chica desmembrada llegó para reiterarnos dos cosas:

a)      Que el formato del reportaje tradicional es desde hace mucho ineficaz como espejo de la realidad: porque suele no tener ángulo, porque no aporta bien la visión del investigador, porque es políticamente correcto.

b)      Que las historias que trascienden la modas trasgreden las moralidades de los tiempos: porque en tiempos en que la ética contemporánea dice que hay que relatar desde la perspectiva de la víctimas, viene un ex boxeador —Álex— a decirnos que quiere contar las neta como “es”, como el reportero las descubrió para luego contárnosla como la vio.

Sánchez se inscribe con fruición en la escuela del nuevo periodismo, comete errores de atribución, de omisión, de precisión, pero es profundamente honesto al elegir un ángulo, una estructura narrativa y una apasionada gana por traernos una historia que nos muestra que tú, yo, ella y él somos susceptibles de asesinar a una persona que ocasionalmente podría desatar la infelicidades de nuestro frágil ego.

Álex me dijo hace unos días, con la mirada opalina de quien intuye que cometió un hermoso crimen, que no entendía por qué mucha gente descalificaba el derecho de un homicida a ser escuchado por la sociedad (no lo entrecomillo, pero eso me dijo). Y sí, ellos, nosotros, todos, tenemos la oportunidad de llegar un día a las portadas de las revistas (como autores, como víctimas, como victimarios), aunque la moral de la época exija: “pídenos perdón”.

En periodismo la perspectiva de la víctima no es la única opción para contar una historia honesta, como no lo es siempre la perspectiva de género, ni la de derechos humanos, ni la medioambientalista, ni la antidiscriminatoria. Sangre fría, sangre fría. Llegó la hora de evolucionar la sangre fría. Esquivando si se puede los errores del querido Alejandro Sánchez González, quien se ha disculpado públicamente, pero sigue el momento de revisar cómo estamos escribiendo las historias que retratan nuestros días.

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