Va otra anécdota del tiempo que compartí con Gabriel García Márquez, trabajando como editor internacional de la revista que él encabezaba, en 2003-2004.

Cuando él murió , hace apenas cinco meses –parece tanto–, el 17 de abril, en Cuadernos nos invadió la orfandad: unos cerca, otros un poco menos cerca, todos le debemos grandes enseñanzas a ese periodista que siempre fue tan nuestro.

En esos días, hicimos una serie de artículos sobre el Gabo, que puedes encontrar aquí. Uno de ellos tuvo un carácter coral, involucrando a muchos que contamos alguna anécdota de la revista Cambio, antes de que un grupo político-empresarial del Estado de México tomara el nombre de la publicación para utilizarlo con fines no periodísticos.

Me faltaba añadir la que les presento ahora, que publicó en mayo la revista Esquire. Es la siguiente:

Tenía a alguien a quien apaciguar y se me ocurrió que unos libros de Gabo con el autógrafo de Gabo serían irresistibles. Se los llevé al Nobel. “Venezolano”, me llamó como me apodaba, “sentarme con ustedes cada lunes a discutir sus locuras no es trabajo para mí; pero que me hagas firmar libros… ¿por qué me pones a trabajar?”

Pobre. ¿Qué peor penitencia para quien disfruta crear que repetir las tres palabras de su nombre cientos de veces cada día? Debe haberse sentido identificado con Prometeo, el semidiós condenado a torturas eternas por el crimen de obsequiarnos el fuego. Lo que Gabo disfrutaba, en cambio, era conversar con nosotros, los periodistas jóvenes. Y darnos ánimo.

Él sabía que la responsabilidad de publicar era grande, que el temor a equivocarnos no desaparecía ni con la última verificación, que la posibilidad de un enfrentamiento con algún poderoso siempre existía y, además, que su presencia nos resultaba imponente: cada semana, sometíamos tanto trabajos terminados como ideas incipientes a su mirada, la del periodista, la del Nobel, la de la más grande gloria viva de nuestras letras.

Él espantaba todos esos fantasmas con naturalidad, frescura, buen humor y picardía, además de algo muy importante: nos empujaba. Nos invitaba a atrevernos, a ir más allá, a asumir los riesgos. Su apoyo no se quedaba en las palabras: cuando un compañero nuestro indagó en asuntos que molestaron a cierto poder del periodismo de izquierda, y desde ahí intentaron presionar a Gabo para que le ordenara olvidarse del asunto, nuestro guía sólo quiso saber más para asegurarse de que los datos eran correctos y se seguían pistas legítimas, antes de respaldarnos como grupo con un “no se preocupen”.

“Ay Venezolano”, me dijo mientras garabateaba en los libros. “Si supieras tanto de tacto como sabes de Venezuela…”

Tenía razón. No en lo de Venezuela, sólo en lo del tacto. La persona que recibió los volúmenes tampoco se sintió conmovida. Yo disfruté con mis colegas, de cualquier forma, nueve meses de sentarnos cada lunes con un Gabo en plena forma, de reír con sus chistes y arrancarle hondas carcajadas con los nuestros, de ver feliz sin trabajar en el trabajo a ese viejo con alas, al creador más hermoso del mundo.

Por ahí andará en vuelo, acordándose de todos, quizá deteniéndose en nosotros. Acaso volverá a musitar en una sonrisa, por última vez: “Venezolano”.

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