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La primera vez no supe bien qué hacer. Tenía unos meses como reportera en el diario La Opinión en Los Ángeles cubriendo la fuente de inmigración y comunidades mexicanas. Ese día acababa de llegar a la redacción y empecé a escuchar los mensajes en mi correo de voz. De pronto llegué a uno en el cual una voz iracunda decía más o menos  esto:

-I’m tired of your newspaper and your illegal propaganda! You filthy mexican, go back to your country and write whatever you want there, not here. This is America! Stop stealing our American dream and go back to your Mexican nightmare! (¡Estoy cansado de tu periódico y de tu propaganda de ilegales! Tú, asquerosa mexicana, regresa a tu país y escribe lo que quieras ahí, no aquí. ¡Esto es Estados Unidos! ¡Dejen de robar nuestro sueño americano y regresa a tu pesadilla mexicana!).

Me asusté por unos segundos pero después me dio un poco de risa. En primer lugar, ¿cómo había sabido el tipo que yo era mexicana? Esa redacción estaba llena de periodistas cubanos, argentinos, boricuas, salvadoreños, y sí, varios mexicanos; pero tampoco es que mi nombre ayude mucho a adivinar mi nacionalidad. De seguro era uno de esos gringos con no mucha información para los cuales todos los latinos son mexicanos. En segundo lugar, ¿de qué sueño americano hablaba? La nota que había publicado ese día, y por la que supuse que había recibido la llamada, hablaba de los inmigrantes indígenas y su falta de acceso a servicios por la carencia de intérpretes preparados. La realidad de estas comunidades estaba –y sigue estando– muy lejos de ser un sueño.

Durante los meses posteriores me daría cuenta de que las llamadas de odio son parte de la cotidianeidad en la redacción de un diario en español en Estados Unidos. A varios nos llegaban periódicamente, algunas en forma de simples berrinches y otras como diatribas iracundas. Los temas que las detonaban: iniciativas de reforma migratoria, leyes que insinuaran algún tipo de regularización para inmigrantes indocumentados, o programas que los beneficiaran. Particular irritación provocaban las notas sobre servicios en español para inmigrantes; también los temas fronterizos, y desde luego, recibimos una gran oleada con las marchas proinmigrantes de 2006.

En el caso de aquellos que no dejaban un mensaje, sino que hablaban conmigo, durante la conversación empecé a entender algo: la mayor parte de sus argumentos eran erróneos y su rechazo, o en ocasiones abierto odio a los inmigrantes, se debía a la falta de información. Desconocían la realidad de quienes viven en Estados Unidos sin documentos, las razones que los obligan a venir y las dificultades que atraviesan cada día para hacer cosas tan ordinarias como ir al trabajo o a la escuela, conseguir un lugar donde vivir –aunque tengan el dinero para hacerlo–, o ir al doctor. Me di cuenta entonces de que el odio no viene del corazón, sino de la ignorancia.

Hace un par de semanas recibí un recordatorio sobre esto, cuando visité la pequeña ciudad de Murrieta, una hora y media al sureste de Los Ángeles, para hacer un breve perfil sobre el sitio y su población. El 1 de julio pasado la comunidad de ese lugar puso a Murrieta en el mapa de los sitios antiinmigrantes al impedir el paso de tres autobuses que transportaban niños migrantes centroamericanos detenidos en Texas. Con carteles, con gritos, y con gesticulaciones que transpiraban odio, un centenar de personas gritaban desaforadamente frases como “go home!” y “we don’t want you!” a los niños que se asomaban por la ventana con los ojos muy abiertos. El episodio fue el inicio de una serie de eventos racistas que pusieron en alerta a quienes monitorean a los grupos de odio; uno de los más publicitados fueron las declaraciones de dos sujetos que se identificaron como miembros del Ku Klux Klan y dijeron estar dispuestos a disparar a los niños migrantes y a dejar  el cadáver de un par de ellos sobre la línea fronteriza como advertencia.

Cuando llegué a Murrieta, hablé sobre el incidente con algunos de sus habitantes, busqué a los organizadores de la protesta y a quienes habían asistido a ella. Encontré gente convencida de que el pueblo había hecho lo correcto y también a algunos que aseguraron sentirse mal por lo ocurrido; pero en ambos casos, los mitos, la falta de información y los comentarios de odio, ya habían hecho mella.

-No podemos permitir que los niños vengan porque el gobierno no los está atendiendo. Hemos escuchado que traen piojos, tuberculosis y hasta ébola.

-La situación en sus países es terrible y los obligan a entrar a las pandillas y a volverse asesinos. Ya vienen mal influenciados. Sólo dios sabe qué puede pasar si Inmigración los deja sueltos en el país, sin comida y sin dinero.

-Ellos no deciden venir. El gobierno de Barack Obama está trayéndolos para presionar al Congreso para que apruebe una reforma migratoria.

-¿Por qué no vienen de manera legal? ¿Por qué no van al consulado de Estados Unidos en su ciudad y piden un permiso de trabajo? ¿Cómo dice? ¿Qué no existe un mecanismo legal para que hagan eso? Eso yo no lo sabía.

Existen en Estados Unidos casi mil grupos de odio activos; tan sólo en los cuatro estados que colindan con la frontera mexicana hay más de 160. Sus denominaciones van, desde los  neonazis, KKK, racistas skin head, y blancos nacionalistas, hasta anti-LGBT, antimusulmanes, negros separatistas, extremistas nativistas, vigilantes de la frontera y otros grupos antiinmigrantes. El año pasado el FBI registró casi 6 mil crímenes de odio.

Gran parte de este odio proviene de la ignorancia, de la incapacidad de sentir empatía por el otro por la falta de información que permita ponerse en sus zapatos. Durante nuestra conversación le conté a Diana Serafin, la organizadora de la protesta en Murrieta, mi experiencia con una familia hondureña cuya hija de catorce años emprendió el viaje hacia Estados Unidos sin que el padre, quien vive en California, se enterara hasta que le avisaron que la chica estaba detenida en Texas. “Si ella hizo eso para estar con su padre, ella debe quedarse”, me dijo Serafin muy conmovida con la historia. ¿Cómo es que nadie le había contado a esta mujer que la reunificación familiar es una de las razones por las que los niños viajan solos?

Creo que en tiempos como los que vivimos, el periodismo que cuenta historias se vuelve una de nuestras armas contra el odio. Poner rostro y nombre a los problemas, a los datos, a las cifras; compartir la realidad del otro, enseñarle al que odia cuántas similitudes hay entre él y los demás, sí puede empezar a hacer la diferencia. Tal vez el impacto no lo veamos hoy, o mañana, y tal vez nunca dejemos de recibir llamadas amenazantes; pero mientras tengamos en las manos la información que combate a la ignorancia, existe un antídoto posible para el odio.

(Puedes consultar en estos links mi trabajo sobre Grupos de odio en Estados Unidos y sobre Murrieta, la ciudad que se volvió antiinmigrante, ambos publicados en El Universal).

 

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