PagarGuerra

A mediados de 2012, las quejas del periodista español Antonio Pampliega se convirtieron en una película. Luego de vivir cuatro años al borde de la quiebra financiera para vivir en los lugares más peligrosos del mundo, el corresponsal de guerra decidió contar su historia en un texto publicado en el diario español El País, que se convirtió en un cortometraje documental llamado “Paying to go to war” (“Pagando para ir a la guerra”, en español).

En 7 minutos con 29 segundos, Pampliega narra sus inicios en la cobertura de conflictos armados: animado por los préstamos bancarios que se otorgaban en España en 2008, el entonces reportero de 26 años solicitó uno por 10 mil euros para iniciarse como periodista freelance. Le otorgaron el crédito y viajó a Iraq para escribir desde allá piezas periodísticas con la idea de venderlas a los medios que no podían pagar un corresponsal en Medio Oriente, pero que tenían interés en informar a sus lectores sobre la guerra en Bagdad.

En total, Pampliega invirtió en su cobertura en Iraq mil 500 euros entre boletos de avión, comida, hotel y equipo. Al cabo de unos meses, cuando sumó las ventas de sus trabajos periodísticos, notó que apenas había cobrado 700 euros; es decir, había perdido 800.

Tal vez, pensó, estaba mal ubicado, así que usó entre mil 500 y 2 mil euros para trasladarse a Líbano, pero por sus textos sólo ganó entre 800 y 900 euros. De nuevo, cambiar de lugar: invirtió unos 4 mil 500 euros para poder reportear en Paquistán y sus ingresos fueron de mil 500 euros.

Acaso – pensó el corresponsal — las historias de Medio Oriente no interesaban al público europeo, pero sí las de Latinoamérica, por lo que viajó a Haití en noviembre de 2010… sólo para tener pérdidas de mil 500 euros.

Hasta este punto de la historia, uno podría culpar a Pampliega, ¿no trabajaba lo suficientemente duro? ¿le faltaba talento? ¿no sabía hacer propuestas atractivas a los editores de los que medios en los que quería aparecer? Pero una anécdota revela que gran parte del problema no estaba en el reportero, sino en los medios y su modo de pagar por el periodismo.

Después de su estancia en Haití, el corresponsal decidió probar suerte en Afganistán – donde ganaba hasta 45 euros al mes, apenas para sobrevivir – y allá conoció una historia que, creyó, podría vender a un gran periódico de su país.

“En Afganistán, ofrezco a un diario deportivo de tirada nacional en España un reportaje sobre una niña afgana que está preparándose para ir a los Juegos Olímpicos de Londres. Es boxeadora y boxea en el estadio donde los talibanes antes ejecutaban a las mujeres.

“Y me dicen que les encanta la historia. No quieren fotos, porque las van a coger de agencia. Me van a hacer una doble página un domingo… pero no me van a pagar nada, porque va a ser para promoción personal. Eso es lo más obsceno que a mi me ha dicho nadie: que trabaje gratis para que yo el día de mañana tenga un nombre.

“No, eso no puede ser. Si queremos periodismo, hay que pagarlo”.

Pampliega sí trabajaba. Era un corresponsal efectivo a la hora de buscar historias atractivas, ofrecerlas a los editores, entusiasmar directivos de prensa y televisión… pero a la hora de pagar, la ecuación de los medios se podía resumir así: tu pon la vida, la salud, el riesgo laboral, los viáticos, alimentos, hospedaje, tiempo y lo que surja en la cobertura; nosotros te ofrecemos, en el mejor de los casos, el pago más raquítico que podamos arañar de nuestras arcas millonarias o, simplemente, nada.

La historia de Pampliega sirve para estar atentos a los colegas que están ahora mismo en Gaza e Israel informando entre bombas y muertos. Los corresponsales, nuestros colegas, merecen un trato digno y una paga justa, acorde al riesgo que están asumiendo para difundir al mundo la tragedia de esa zona.

No los conozco, pero seguro están ahí: jóvenes entusiastas, amantes del periodismo, una mezcla de novedosos emprendedores en uno de los oficios más viejos del mundo, que se están rifando la vida sin seguro de vida, sin seguro médico, sin contactos, sin apoyo financiero, sin el teléfono de un editor a quien llamar en caso de una emergencia, con un el casco y chaleco antibalas que pudieron comprar a un precio razonablemente bajo.

Seguro Témoris, integrante de este colectivo y reportero especializado en estos temas, los conoce: haciendo un trabajo digno, atractivo, emocionante, que los medios explotan como grandes coberturas exclusivas… pero que se están gastando los ahorros personales o luchan por no caer al abismo de la quiebra personal, porque los grandes medios no les sueltan un peso/euro.

A ellos, los que van a tirar la toalla porque no hay dinero en la chequera, los que hipotecan su futuro para entregarlo a periodísticas cínicos, a los que regalan su trabajo para que, al menos, sean publicados por algún medio grande, les recuerdo las palabras de Pampliega:

“No, eso no puede ser. Si queremos periodismo, hay que pagarlo”.

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