Konig

 

Cuando el periodista brasileño Mauri Konig dijo aquella frase, pensé que se había equivocado o que estaba haciendo una mala broma. No era posible que ese hombre, considerado uno de los mejores reporteros sobre derechos humanos en el mundo, dijera, sin titubeos, que el periodismo no sirve a las víctimas que dan entrevistas. “No sirve”, fueron sus palabras exactas en español.

Konig había viajado a México para dar una conferencia sobre cómo hacer investigaciones en temas sociales y enfrente de decenas de colegas, el hombre que ha retratado hambrunas, pobreza, trata de personas y corrupción policiaca por Sudamérica nos decía, sin rubor, que el periodismo que él hacía no ayudaba a la gente que le confiaba sus secretos. Incluso, a los periodistas que le escuchábamos nos invitaba a tomar en cuenta aquello antes de reportear historias sobre la gente que más sufre.

“Díganles, sepan, que eso no les va a cambiar nada”.

En el rostro de algunos asistentes noté la misma extrañeza, ¿se había vuelto loco el hombre que en 2006 fue galardonado por la Comisión Europea por sus sobresalientes reportajes sobre derechos humanos, democracia y desarrollo en América Latina? Pero Konig parecía divertido con nuestra reacción. Incluso río.

Cuando vio a varios desorientados, explicó por qué el periodismo “no sirve”.

***

En agosto del año pasado conocí a Esther, una indígena de Oaxaca, México, que quería contarme cómo había sido vendida en tres ocasiones antes de cumplir 14 años. Su testimonio era inusual, porque existen pocos registros en la prensa de víctimas que hablan sobre su propia experiencia como “objetos de venta” y que pueden explicar los detalles de transacciones y precios en el mercado negro de seres humanos.

Para platicar elegimos un pasillo desierto en un cafetería en el Centro Histórico de la ciudad de México. Esther llegó con su hijo en brazos y me dio la impresión de que, si la viera en la calle, nunca reconocería que se trata de una víctima. Caminaba sonriente, jugando con su bebé. Y cuando se sentó frente a mí, me preguntó con una mezcla de español y zapoteco si estaba pasando un buen día. Luego, fue al punto.

A lo largo de una hora de entrevista, narró que a los 10 años fue vendida por su madre para que fuera explotada laboralmente en una casa oaxaqueña y con ese dinero su familia compró un animal de rancho. La segunda ocasión fue ofertada por su padrastro para explotación sexual en un bar de Juchitán, Oaxaca, cambio de 20 mil pesos. La tercera vez fue vendida por ambos para una mezcla explotación laboral y sexual en una casona en la zona rica de Huixquilucan, Estado de México.

Cada testimonio de Esther lucía más terrible que el anterior. Cada minuto que pasaba develaba un episodio que superaba al otro: antes de los catorce años, Esther ya había conocido la heroína y la cocaína, las violaciones tumultuarias, la esclavitud en su propio país y la desazón de un aborto por un embarazo no deseado.

Cuando terminamos de platicar y las cámaras de video se apagaron, le pregunté a Esther por qué tenía interés en contar esto, si resultaba obvio que muchos fragmentos de su relato aún le dolían hasta las lágrimas. Tomó aire, volteó a ver a su bebé que jugaba a la distancia con un acompañante y me contestó con un español que mezclaba singulares con plurales. Mi grabadora siguió prendida y registró su respuesta.

“Porque no quiero que personas que me hicieron daño piensen que es normal, que le hagan esto a niñas. Yo los odio, no quiero que pase otra vez”.

Me despedí de ella y su hijo. Le agradecí su tiempo y, como suelo hacer, le di un abrazo. Ella me pidió que escribiera su historia lo mejor que pudiera. Finalmente, el 29 de septiembre se publicó su historia en el periódico El Universal con el título “Por 20 mil pesos me vendieron mis papás”.

No había vuelto pensar en ella hasta que Mauri Konig dijo que el periodismo “no sirve a las víctimas que dan entrevistas”.

***

Konig explicó su frase: el periodismo no sirve a las víctimas que dan su testimonio porque no es honesto dar esperanzas a la gente y decirle que una publicación en un periódico, televisión o radio puede cambiar su situación actual.

Para sus reportajes, el periodista del diario Gazeta do Povo habló con niñas prostituidas en Brasil, un niño que moría de hambre en la frontera con Argentina, una familia que necesitaba desesperadamente un apoyo del gobierno de Paraguay. A ninguno le prometió más de lo que podía hacer: trabajar duro para que los lectores conocieran el drama de los fenómenos de la esclavitud, la hambruna y la discapacidad. “Take a step back, look at the bigger picture”, dirían los ingleses.

Konig nos advirtió del periodismo deshonesto que promete que hay manos invisibles que se mueven para entregar casas, autos, trabajo, incluso órdenes de aprehensión, cuando leen en los medios de comunicación que hay personas en apuros. Suele suceder y causan mucha alegría esos benefactores, pero no es la razón del periodismo. Al menos, no del periodismo honesto. El periodismo de excelencia que enseña Konig se labra con otros fines: que el trabajo del reportero no permita ver sólo los árboles, sino el bosque completo y las amenazas que se ciernen sobre todos los que viven en el.

Cuando terminó su reflexión, entendí lo que Esther había querido decir. Ninguna palabra mía en mi texto cambiaría su situación. No había teclas suficientes para borrar sus años de abuso, en cambio, sí había para decir que en México las niñas indígenas valen menos que un mueble.

Invertir tiempo y trabajar duro en escribir sobre su historia es lo más honesto que como periodista podía hacer.

No servirle al árbol, sino al bosque y todos los que vivimos ahí.

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