NGOsNo es un fenómeno nuevo que las organizaciones no gubernamentales (ONG) provean de información a los periodistas. Lo que sí llama la atención en Europa y Estados Unidos es que organismos de la sociedad civil estén produciendo por cuenta propia lo que expertos consideran, sin rodeos, trabajos periodísticos y de alta calidad.

El Nieman Journalism Lab de la Universidad de Harvard, un conocido proyecto que busca identificar esquemas futuros de periodismo de calidad, estima que “actores de la sociedad como las ONG y las redes de grupos de defensa de causas (advocacy networks) se están convirtiendo cada vez más en jugadores importantes de la información, mientras que el modelo tradicional de los medios se ve amenazado por la reducción de su público, la disponibilidad de los contenidos gratuitos en línea y la disminución de las fortunas de los principales medios de comunicación”.

El Nieman se pregunta en qué medida las ONG tienen una función como intermediarios de la información colaborando con las empresas noticiosas clásicas, o incluso sustituyéndolas; o si sólo están cumpliendo propósitos específicos cuando hay tiempos de crisis o situaciones críticas que centran la atención en un tema internacional particular. En cualquier caso se cuestiona sobre las consecuencias que ello traerá al periodismo. VER Artículos en la materia del Nieman Journalism Lab.

Es cierto que los activistas defienden causas y sus informaciones no son neutras ni objetivas; no les interesa tomar la misma distancia de los hechos que deben tener los periodistas. Pero también es verdad que están surgiendo casos de organizaciones civiles cuyos materiales informativos se acercan al ejercicio del periodismo de investigación. Es interesante observar cómo la presentación de esos textos, lejos de la redacción académica o del mensaje ideológico, es ahora más didáctica, entretenida en su lectura y, sobre todo, próxima al lenguaje de la prensa profesional.

En mi opinión, el interés público se fortalece cuando las organizaciones de la sociedad civil encuentran una manera más eficaz de comunicar sus inquietudes y cuestionamientos. Más aún si su objetivo es la rendición de cuentas. Sin embargo, creo que estos materiales no deben reemplazar de ninguna manera al trabajo periodístico profesional.

Apenas en junio pasado, una organización no gubernamental estadunidense, Pogo (Project On Government Oversight), obtuvo dos premios de la Sociedad de Periodistas Profesionales de Washington: uno de ellos lo ganó en la categoría de “reportaje económico” por una investigación sobre los directivos que saltan de puesto entre la bolsa de valores de Wall Street y la institución pública que la regula, la Securities and Exchange Commission. El segundo texto premiado en el rubro de “reportaje de investigación” reveló los problemas de inseguridad existentes en la embajada estadunidense de Afganistán, cuya responsabilidad recae en aquellas empresas privadas que contrató el gobierno de Washington.

Michael-SmallbergEl jurado describió al primero de esos trabajos, realizado por Michael Smallberg, como “un reportaje que abre los ojos acerca (del disfuncionamiento) de la agencia que se supone debe protegernos de la próxima turbulencia financiera”, mientras que al segundo lo consideró “de la más alta calificación” y una “historia importante” qué contar.

Hay que admitir que muchas ONG, y otros organismos independientes, están realizando una labor interesantísima de reporteo: sus activistas –algunos de ellos con formación periodística– están desarrollando su trabajo en el epicentro de los conflictos; entrevistan a los afectados y tienen un contacto privilegiado con los actores en confrontación; recaban información, algunas veces de tipo confidencial, la analizan y le dan un sentido narrativo; solicitan documentos oficiales, los cotejan, exponen las deficiencias y demandan explicaciones a la autoridad, y todo lo anterior con cierto olfato periodístico que se puede constatar en los resultados.

Un reciente artículo de la revista estadunidense en línea Slate decía que, en Estados Unidos, organizaciones como Human Rights Watch (HRW), Cato Institute o American Civil Liberties Union están “reporteando seriamente sobre los más importantes temas de actualidad”, con una lectura propia del mundo, cierto, pero que está sirviendo de “guía” a los “periodistas tradicionales”. Ver artículo How HRW got into the quasi-journalism business.

El autor del texto es Dan Gillmor, un prestigiado profesor de medios digitales de la Universidad Estatal de Arizona, quien reconoce que él mismo llegó a calificar como “casi periodismo” los materiales informativos que producían estos activistas, y recuerda que así lo dejó patente en su más reciente libro Mediactive, publicado apenas a finales de 2010.

Pero “a estas alturas”, confiesa Gillmor, está a punto de olvidar el ‘casi’: “No estoy diciendo que estén haciendo el tipo de periodismo que impulsó a la fama a los diarios estadunidenses en la segunda mitad del siglo XX: una cobertura ‘objetiva’ que aún sirve a un propósito valioso. Más bien, estos ‘periodistas de causa’ están yendo más a profundidad que cualquier otra persona en los temas que les preocupan, que son vitales que el público los entienda pero que los periodistas tradicionales los han ignorado o tratado superficialmente. De ese modo, los ‘periodistas de causa’ nos dicen lo que han investigado, utilizando las herramientas y técnicas de los medios de comunicación del siglo XXI”.

Gillmor pone el ejemplo de HRW, que, estima, ofrece “el mejor reporteo en su campo”: recientemente, la organización estableció una alianza con el popular sitio web de contenido viral Upworthy para la difusión de materiales sobre derechos humanos. Upworthy explicó la decisión a sus lectores argumentando que no bastaba con poner más atención a tal problemática, sino que también era necesario reclutar a los mejores “expertos” para ofrecer una “cobertura apropiada”.

Human Rights Watch“Expertos es la palabra clave –indica Gillmor–, ya que es la cualidad esencial que HRW y otras organizaciones brindan al ecosistema periodístico. Las libertades civiles, por ejemplo, es una de las más importantes arenas para los activistas. Necesitamos su trabajo porque los periodistas tradicionales han caído en la superficialidad en esa materia y con frecuencia son demasiado tímidos para desafiar las políticas sagradas, como la Guerra contra el Terrorismo o contra (algunas) Drogas, las cuales han derivado en fuertes abusos”. VER Proyecto Periodismo Comprometido de Oxfam Intermón.

En Europa hay muchas ONG que están generando información con esas características. Una muy destacada es Corporate Europe Observatory (CEO), una organización con sede en Bruselas (aunque está legalmente constituida en Holanda) cuyos reportes sobre el abusivo cabildeo corporativo y la falta de transparencia en las instituciones de la Unión Europea (UE) no tienen desperdicio: resultan de gran valor noticioso y son tan minuciosos en los detalles de sus investigaciones que las autoridades implicadas la tienen muy difícil para contradecirlos.

El coordinador de campañas e investigaciones de CEO, el sueco-holandés Olivier Hoedeman, un veterano de la lucha contra el excesivo poder de las empresas en la toma de decisiones de la UE en Bruselas, es igualmente uno de los principales protagonistas del documental The Brussels Business.

Ahí, Hoedeman relata que hace muchos años extrajeron documentos confidenciales de la oficina de la más influyente asociación de empresarios europeos a la que se habían introducido durante una protesta, y recuerda que ni un solo periodista acudió a la conferencia de prensa donde presentaron el reporte con los hallazgos derivados de esos papeles. CEO ha dejado de organizar ruedas de prensa, sus reportes están disponibles en la red y sus Lobby tours –paseos de una hora en los que se visitan desde afuera las oficinas de empresas implicadas en escándalos o campañas de cabildeo contra intereses públicos– se han popularizado entre los corresponsales de Bruselas.

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No es un proceso sencillo que una ONG adopte recursos periodísticos en su política de comunicación; de hecho, es bastante complicado para muchas de ellas integrar dos ejes del periodismo: la investigación y la jerarquización del material informativo.

Hace unos años realicé una estrategia de comunicación para un grupo de ONG europeas. Ellas deseaban que sus posicionamientos respecto a la negociación de unos acuerdos de libre comercio de la UE con algunos países latinoamericanos fueran retomados por la prensa internacional. La primera dificultad fue que esas ONG no disponían de investigaciones ni de estadísticas sólidas para sustentar sus razonamientos críticos. Al menos no bajo criterios periodísticos.

Luego, antes de que fuera publicado cualquier documento dirigido a la prensa, requerían la autorización de varias personas en varias organizaciones: el proceso era lento (fuera del ritmo de la comunicación moderna en un centro de cabildeo como Bruselas) y desgastante, ya que, además, discutían la pertinencia o precisión de algunos párrafos o palabras y de la jerarquía de los mensajes. Parecía que querían rehuir de toda acusación directa para no molestar a nadie. En consecuencia, los documentos resultantes perdían atractivo periodístico.

A los activistas les costaba trabajo entender que los temas de sus debates internos no son necesariamente del interés de los periodistas, o que, en todo caso, debían convertirlos a un formato “amigable” para la prensa, que incluyera datos duros y “materia periodística”. Los activistas insistían algunas veces en que sus documentos destacaran aspectos poco o nada relevantes para los periodistas de Bruselas.

En una ocasión, algunas ONG organizaron una rueda de prensa para denunciar las “asimetrías” económicas existentes entre la poderosa UE, Colombia y Perú, y que ofrecían todas las ventajas de un acuerdo comercial a los europeos. La intervención del invitado principal, un sindicalista traído desde alguno de esos países (no recuerdo cuál) duró mucho y fue hueca de contenido; finalizó dándole vueltas a la pregunta más evidente, que le planteó una periodista belga: “¿podría darnos algunos datos concretos de los sectores afectados en Colombia o Perú por el acuerdo de libre comercio con la UE?”. El invitado no proporcionó ni un solo dato, ni un porcentaje aproximado. Y no lo hizo porque no existan.

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En México, donde en los últimos años han surgido ONG más modernas y profesionales que las del pasado en sus métodos de trabajo y comunicación, persisten las descalificaciones contra la información que producen. Recuerdo que un funcionario de la UE me respondió una ocasión que simplemente no creía en los reportes de HRW y Amnistía Internacional cuando le pregunté sobre el fuerte aumento de la violencia que éstas reportaban en México.

Hace poco, en una charla informal, un alto diplomático mexicano me aseguró que el país guarda una imagen de triunfador ante la UE. Según él, los europeos comprenden que la violencia en México “no proviene de una política autoritaria de Estado”.

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–¿Y qué me dice entonces de los reportes de Artículo 19 que han documentado que en México la gran mayoría de los ataques contra los periodistas son cometidos por fuerzas de la seguridad pública, por las mismas autoridades?, pregunté, sorprendido por lo que ya me parecía una majadería negar con tanto cinismo.

 –¡N’ombre, no es verdad!; esos reportes son imprecisos, contestó.

Otro caso: durante una reunión celebrada en una oficina del Servicio Europeo de Acción Exterior, en presencia de dos funcionarios europeos encargados de las relaciones con México, un grupo de periodistas mexicanos invitados a Bruselas cuestionaron un reporte publicado recientemente en el país por Artículo 19, que, cabe recordar, es una muy reconocida organización de derechos humanos, con sede en Londres, que defiende y promueve la libertad de expresión y de información en el mundo de… ¡los periodistas!

El tono de las críticas contra la organización que dirige en México Darío Ramírez –la que me parece que más decididamente ha exigido cuentas a las autoridades por las agresiones sufridas por los periodistas del país– fue duro. Los colegas acusaban que Artículo 19 había reportado equivocadamente el número de 46 agresiones contra periodistas durante los enfrentamientos en la marcha del 2 de octubre de 2013 en la Ciudad de México. Como prueba mencionaron que Grupo Milenio desmintió que empleados suyos hubieran sido golpeados, como lo afirmó el reporte de la organización. Ese tipo de errores, advirtieron, dañaba fuertemente su fiabilidad ante la prensa mexicana.

Los funcionarios europeos tomaban nota.

VER PANEL: El papel de las ONG en el periodismo de investigación (The Centre for Invetigative Journalism)

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