Una niña que ronda los 15 años subió hace un par de días un video a YouTube en el cual, con holgado desenfado, le grita “putos” a los “pinches holandeses” que eliminaron a la Selección Mexicana del torneo deportivo que más pasiones desata.

En otros tiempos, su madre le hubiera lavado la boca con jabón para que aprendiera a no proferir improperios a sus semejantes. Pero en éstos, la expresión cantada de la infanta resulta un procaz reflejo del sentir de un montón de aficionados al futbol que se sienten hurtados, humillados por una cadena de trampas.

Como ocurre en estos días de estruendos mediáticos, el video comenzó a reproducirse a ritmos de vértigo, divirtiendo a unos y ofendiendo a otros. Hay mexicanos que incluso han confesado en redes sociales que se sintieron conmovidos hasta las lágrimas al escuchar cómo una niñita resumía estupendamente el ahogo por una victoria que no llegó.

La sensación de injusticia que transmite la canción compuesta por quien se identifica como dizzymissdc hace que el espectador intente fijar postura: está bien o está mal llamarle “putos”, “pinches” y “maricones” a los rivales. La disyuntiva de elegir entre la luz y la sombra, lo que debe hacerse y lo que no, lo correcto y lo inmoral, lo aceptado socialmente y lo pecaminoso, han acompañado a las sociedades desde siempre, pero sobre todo desde el invento de las religiones, que en un afán por establecer reglas para la convivencia humana se han esforzado por darnos coordenadas para ubicar dónde está el lado oscuro de la fuerza y cuál es el camino del recatado buen vivir.

No digo que las sociedades debamos vivir sin reglas consensuadas, pero sí me parece que a últimas fechas las ansias prohibicionistas y regulatorias del lenguaje –y por tanto del comportamiento– están desatadas. Muchos se están cargando hacia un espectro más censurador que libertario. Antiguos partidarios de los derechos de expresión lucen ahora como sacerdotes del acallamiento. Como que andamos con la espada desenvainada para señalar las malicias en el ojo ajeno y, a la vez, nos revelamos cada vez menos tolerantes frente a las tradicionales expresiones de enfado.

Lo interesante del asunto es que internet ha visibilizado que la banda discute constantemente las reglas del comportamiento social. Sí, está padre que unos digan una cosa y otros se opongan, que se formen consensos y disensos sobre lo que ofende a ciertos humanos. Definir las normas de respeto en los tiempos de las redes sociales implica fijar posturas, escuchar posiciones y definir nuevas vías, personales y colectivas.

¿Está bien o está mal decirles “pinches” a los holandeses que ganaron aquel partido de futbol? ¿Es correcto o incorrecto gritarle “puto” al guardameta del equipo rival en turno?

Durante siglos les hemos dicho esas palabras a los gachupines –“por conquistarnos”– y a los gringos –“por robarnos la mitad del territorio”–. En años próximos, muchos hemos frenado la pronunciación de esos términos populares en aras de tender puentes de respeto. La retención de la frase de desahogo se ha convertido en muestra de civilidad. No queremos ser barbarie, pero tampoco mojigatos.

Yo no les diría “putos” a los holandeses que metieron más goles que los mexicanos –aunque ganas no me faltan–, pero respeto profundamente el derecho de dizzymissdc a pinchetear a quien le venga en gana.

El parisino Voltaire decía una de mis frases favoritas: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. La razón de estos días pide a gritos coordenadas que nos acerquen a las libertades y nos alejen de las reprimendas.

Por eso, por favor, #respetamipincheteo.

 

Video:

“Pinches holandeses”

 

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