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Mi profesora estaba furiosa. Aunque no la veía cara a cara, podía imaginar su rostro enrojecido y labios apretados – el mismo gesto que hacía cuando alguien interrumpía su clase —  mientras me escribía por Facebook: “¿tus colegas reporteros no aprendieron nada? ¿al menos estudiaron algo?”.

Llevaba una hora revisando portales de noticias en internet, alarmada por lo que encontraba: en todos – “¡todos, Óscar, todos!” – estaba en un espacio destacado la fotografía del presidente Enrique Peña Nieto alentando a la Selección Nacional a recoger en Brasil la Copa del Mundo y traerla a tierra azteca. Fotos más, fotos menos, los medios de comunicación país mostraban “a ocho columnas” digitales a Peña Nieto sonriente con el director técnico Miguel Herrera, junto a una alineación que entró al campeonato futbolero gracias a un gol de último momento… de Estados Unidos.

“¿No saben nada tus colegas o qué? ¡el país va a crecer  2.7 cuando prometieron 7 por ciento anual! ¡no hay leyes secundarias a las reformas cacareadas! ¡pinche inseguridad en la mitad del país! ¡maltrato a niños por todos lados! ¡y ni UN cuestionamiento les leo! ¡puras preguntas pendejas sobre si Peña Nieto va a ver el mundial con su familia o el gabinete!”, tecleaba indignada, mi profesora universitaria que impartía la materia “Ética y Normatividad en Medios de Comunicación”.

“Patricia, te voy a contar algo que puede explicar eso…”, le escribí.

***

En 2012 me contrató Grupo Expansión para cubrir la campaña presidencial. Inicialmente cubrí las actividades del nominado del Partido Nueva Alianza, Gabriel Quadri, pero a las semanas me asignaron seguirle los pasos al candidato Enrique Peña Nieto. Aquello significaba viajar a donde él viajara, comer donde él comiera, escuchar donde él hablara y hurgar por donde no estuviera.

El primer día reporteando en la campaña electoral del PRI – en Axapusco, Estado de México – me sorprendí: al menos la mitad de los reporteros de la fuente, portaban pulseras de tela con los logotipos del partido tricolor o con el nombre del exgobernador mexiquense. Hacían sus notas en libretas del PRI, con plumas diseñadas con los colores del PRI, que guardaban en mochilas serigrafiadas con emblemas del PRI, que resguardaban de la lluvia las fundas de iPads regaladas… por el PRI.

Días después, supe el partido los transportaba hasta los eventos oficiales en vehículos con aire acondicionado y bocadillos (los demás, lo hacíamos por nuestra cuenta, con boletos de avión o de autobús pagados por el medio de comunicación), les apartaban lugares privilegiados durante los mítines (vista despejada al templete, bajo techo, junto a las bocinas para poder grabar con claridad al candidato) y tenían acceso a entrevistas comodísimas en las que, incluso, bromeaban llamando “secretario” o “secretaria” a los coordinadores de campaña.

Supuse que aquello no era normal y pregunté a mis otros colegas si sucedía lo mismo en la campaña de Josefina Vázquez Mota o de Andrés Manuel López Obrador. Dijeron que sí había un pequeño club de fans en cada fuente, pero que no era tan descarado como lo habían visto en el PRI.

Con el tiempo, fui entendiendo el mensaje de negar espacios en los autobuses a reporteros de medios críticos, “perder” las invitaciones a eventos semiprivados de Peña Nieto, impedir que se hicieran preguntas al candidato sin que fueran previamente filtradas por el ahora director de Comunicación Social de Presidencia de la República: si querías cubrir de cabo a rabo la campaña, había que doblarse ante los modos tricolores. Me quedo claro cuando publiqué en ADNPolítico y CNN México una nota titulada “Peña Nieto sufre desaire en Sahuayo, Michoacán” y al día siguiente me fue cancelado el asiento en el autobús para los reporteros.

Los que sí tenían “curul” asegurada eran los “PRImeros reporteros” — como se hacía llamar ese grupo de periodistas cómodos — quienes apostaban a que Peña Nieto ganaría la elección y que ello los haría subir, automáticamente, a la fuente presidencial de sus medios durante seis años.

Para hacerlo, también devolvieron los favores que les hizo el partido: algunos llegaban temprano a los mítines para repartir a los asistentes ejemplares de sus diarios con notas favorables al priismo; ayudaban al equipo de la coalición “Compromiso por México” a transportar en sus vehículos particulares la propaganda del partido;  tenían una base de datos con todos los reporteros de la fuente y si alguno faltaba a un evento le enviaban una nota cursi sobre la maravillosa sensibilidad del candidato Peña Nieto. Uno de ellos fue quien escribió la nota “Éxito de Peña en la Ibero pese a intento orquestado de boicot”, cuando el sentido común indicaba que aquello había sido un desastre. El tiempo se encargó de marcar ese encuentro universitario como el inicio del movimiento estudiantil antiPRI #YoSoy132.

El día de la elección presidencial, al conocerse el resultado preliminar que daba la victoria a Peña Nieto, esos mismos reporteros aplaudieron de felicidad, se abrazaron, se reconocían como parte de la maquinaría que ayudó a triunfar al PRI. Algunos fueron llamados, horas después, al Salón Alfonso Reyes de la sede nacional tricolor para un agradecimiento privado y el regalo de unos libros. Días más tarde trascendió entre los periodistas que los “PRImeros reporteros” habían sido premiados con tabletas electrónicas, aunque nadie pudo confirmarlo.

La mayoría de ellos lograron su cometido: sus medios los ratificaron como los flamantes reporteros de la fuente presidencial. Ellos son los que, de primera mano, redactan las notas sobre el Poder Ejecutivo en México y las envían hasta las portadas de los diarios y portales más importantes en el país.

Otros, las excepciones que hay en todos los casos, luchan por hacer periodismo crítico en una fuente que ve con desconfianza a los buenos reporteros.

***

Cuando terminé de contarle todo esto a mi profesora, quedó más molesta que de costumbre. En mi imaginación, además del rostro enrojecido y los labios apretados, sumé a su gesto rabioso unas cuantas groserías.

“Por eso no le preguntan esas cosas, Patricia. Y si lo hacen, lo hacen quedito, suavecito, tranquilos. Yo los conozco, pasé semanas viéndolos más que a mi familia. Hay excepciones, me consta, pero esos que hacían favores en campaña son un grupo compacto”, teclee.

Creo que estaba tan enojada que dejó se desconectó de golpe. Así era ella: mejor se iba antes de seguir con su enojo desbordado. Antes de irse, me dejó una frase digna de sus clases universitarias.

“Nadie le pide heroísmo a esos buenos reporteros. Sólo que sepan distinguirse entre el lodazal que embarran los otros”.

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