Rogelio Gómez en el estudio de su sello discográfico Black Stone Records.

Rogelio Gómez en el estudio de su sello discográfico Black Stone Records.

Creo que esta será la primera vez que hablemos de rock mexicano en este espacio. Lamentablemente, acaba de morir un guitarrista que con su grupo dejó una marca en varios jóvenes de mi generación, por lo que me derrotaron las ganas de compartir con los lectores un poco de los recuerdos que afloraron con la mala noticia (quienes me conocen saben que estoy en contra de escribir de todo y por todo).

Pasando a lo que interesa, tengo que explicar que, por alguna afortunada razón, a principios de los noventa conviví con un montón de grupos rockeros que más o menos habíamos comenzado a tocar juntos en la Ciudad de México. Siempre acompañando a Ricardo Arnauda, el bajista y cantante del grupo del que este corresponsal era el guitarrista, organizábamos también tocadas en el James Dean, un bar de Polanco que reunía todos los requisitos para fruncir las cejas y dudar no una, ni dos, sino muchas veces más antes de aceptar ir a dar un concierto ahí.

Para empezar, se pagaba al grupo con un porcentaje de boletos vendidos y vales de cerveza. Luego, el lugar se encontraba en una colonia súper fresa del norte de la Ciudad de México y en una zona aburridísima, cuando la mayoría de los sitios de moda para escuchar rock en vivo estaban en el sur, donde estaba la movida. El equipo de sonido no daba envidia a nadie, lo alquilaba un grupo de glam metal, Cristal y Acero, que, como su equipo, había alcanzado su momento de gloria en los años 80; el de “iluminación” daba una pena casi caritativa: teníamos unos cuantos foquitos caseros que habíamos revestido con una especie de papel de colores (que con el calor empezaba a quemarse y humear), y que manejábamos manualmente mediante una deplorable caja de control que habíamos podido fabricar de milagro nosotros mismos con simples interruptores y madera.

Para colmo, la decoración del lugar (con luces de neón en tonos pasteles y mobiliario que evocaba la estética cursi de las cafeterías gringas de los años 50) se prestaba más para un espectáculo escolar tipo Onda Vaselina que para un concierto de metal, dark o garage, que eran las corrientes dominantes de entonces. Y eso sin mencionar que, en el estacionamiento, en una explosión de genialidad ñoña, los propietarios (nunca supe quién o quiénes eran) habían colocado un automóvil Cadillac rosa, completito, en un peldaño de varios metros de altura.

Ansia a principios de los 90

Ansia a principios de los 90

Sin embargo, en esa época, en general, había un espíritu de solidaridad muy fuerte entre los grupos (desconozco si persiste), que nos permitió sobrevivir mucho más tiempo del que cualquiera hubiera pensado y ofreciendo conciertos casi toda la semana con dos o tres bandas diarias. Ahí, en el James Dean, llegaron a tocar grupos que eran ya conocidos en el medio, como La Lupita, La Castañeda o El Cuerpo de Cristina, pero en su mayoría se presentaban bandas en pañales, algunas de las cuales continúan en activo como El Clan, La Concepción de la Luna o Los Estrambóticos (ahí fue su primera tocada “seria”). Pero nos faltó una que hubiéramos querido tener: Ansia.

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***

Recordé ese episodio tras enterarme, hoy, de la muerte del guitarrista y productor Rogelio Gómez. Tenía apenas 48 años. A lado de Ricardo Lassala (voz) y Alejandro Palet (batería), Rogelio formó el grupo Ansia, uno de los proyectos de rock más adelantados de su época (Wikipedia dice que mezclaban metal, pop e industrial). Esa época coincide en parte con mis recuerdos del James Dean (digamos que están guardadas en el mismo archivo).

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Ansia nunca saltó definitivamente de la escena independiente a la comercialización pop, con la que coqueteó. Fue un grupo que influyó a muchos jóvenes que empezábamos y que veíamos en ellos una propuesta inteligente de rock mexicano alternativo sin tintes folclóricos. Su primer disco homónimo, grabado en 1991 después de haber ganado de calle el primer concurso La Batalla de las Bandas, que un año antes organizó el legendario Rockotitlán –aquella oscura y pequeña sala de conciertos de rock que se localizaba por el eje 6 sur–, es uno de los más entrañables para muchos de mi generación.

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En una ocasión, el grupo en el que tocaba compartió cartel con Ansia en la escuela Cristóbal Colón, que todavía está por los rumbos de Lindavista. Quien escribe era uno de los organizadores. La banda estelar era Fobia, que presentaba su segundo disco, Mundo Feliz, editado precisamente ese año de 1991. Nosotros abríamos el concierto y seguía Ansia. A diferencia de Fobia, ellos mismos efectuaron su prueba de sonido y no enviaron asistentes. Me acuerdo que ese día toqué con un amplificador que Rogelio me prestó, no sin antes regañarme, con toda razón, por no llevar el mío (confiando en que su manager me había ofrecido previamente el de él). Pero sobre todo, nunca olvidaré la energía que ese hombre desbordaba en la guitarra (cierro los ojos y aparece la imagen).

Debido a que no llegaban los muchachos de Fobia, los de Ansia tuvieron que alargarse y alargarse y repetir canciones; en ese momento disponían sólo del repertorio de un disco, por lo que debieron soportar al final los gritos de más de dos mil jovencitos que exigían ver a Fobia. Por 1993, un amigo, Vicoy Calderón, quien había tocado con el grupo Hora X, y que por motivos ajenos a su voluntad tocaba música versátil en bodas y fiestas de 15 años, entró a Ansia como bajista.

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El grupo se separó en 1998 y su última grabación fue un magnífico cover en versión jungle-drum’n’bass de la canción Perdí mi ojo de venado de Caifanes para un álbum tributo. Decidieron separarse, entre otras razones, por la enfermedad del corazón que padecía Rogelio, me contó Ricardo Lassala, con quien entablé una relación de amistad por esas fechas. Ricardo vive ahora en Canadá y por él supe de la “inesperada muerte” de Rogelio.

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La última vez que platiqué con Ricardo en México (sería más o menos en 2005) le pregunté, mientras paseábamos por el centro de Coyoacán, por qué no se reunía otra vez Ansia. Me respondió que ya se lo había planteado a Rogelio, pero él no quería: tenía como prioridad su trabajo de productor. Esa ocasión percibí en Ricardo una necesidad vital de regresar a los escenarios y revivir su talento creativo. Por eso me causó gusto saber desde la lejanía europea que Ansia estaba de vuelta para ofrecer un concierto en el festival Vive Latino de 2011. Y también, quién lo hubiera imaginado, para despedirse de quienes como yo saltaron, eslamearon y se desgañitaron coreando, “¡Esclavo, juguete, capricho!”. Hasta pronto, Rogelio.

Ansia en 2011: Rogelio, Vicoy, Alejandro y Ricardo

Ansia en 2011: Rogelio, Vicoy, Alejandro y Ricardo

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