La autora de la novela 'El bosque de tu nombre' .(Archivo de K. Pacheco)

La autora de la novela ‘El bosque de tu nombre’ .(Archivo de K. Pacheco)

La más reciente novela de la escritora peruana Karina Pacheco podría leerse de un tirón, pero es posible un atasco poco después de la mitad, que presenta escenas de tortura infligida contra guatemaltecos en las fincas de los poderosos, en los años posteriores al conflicto de 1966. Luego de un respiro, de horas o días, dependiendo del lector, se llega al final con una segunda jornada pues la historia fluye sin parar. Lo que uno no espera es un final tan pertinente para las 331 páginas previas de ‘El bosque de tu nombre’.
La historia atraviesa y recupera más de 50 años de la historia contemporánea de Guatemala, México y Estados Unidos: intercala tiempos gracias a la voz del narrador, un personaje bien elegido por su ubicación entre dos mundos, el afán de saber, y por no haber vivido directamente la violencia. Se trata de médico residente en Londres, hijo de un historiador guatemalteco exilado, que huyó a México DF y luego a Londres, donde se convierte en un activista de derechos humanos.

El libro contiene suficiente información histórica procedente de archivos desclasificados por el gobierno de los Estados Unidos o testimonios del informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, de 1994. Por ello tuve que preguntarle a la autora si Ariel, el médico, también existe. Y resultó que no: es la herramienta de la ficción, al igual que el padre, León.

El relato coloca una gran fuerza en evidenciar el papel central que cumplió Estados Unidos en la guerra interna en Guatemala, especialmente para defender intereses comerciales de United Fruit Company, en alianza con terratenientes, militares y los poderosos locales de siempre. Muestra cómo se conformaron varios grupos paramilitares que con el aparato político y la fuerza pública vigilaban a quienes consideraban comunistas o una amenaza al orden.

Quizá uno de los logros centrales de la novela es hacer notar las diferencias entre la cultura, cosmovisión y noción de orden de los ladinos, mestizos guatemaltecos, y la realidad de los indígenas. León -el maestro e historiador- y su círculo de amigos y pares antes de huir de Guatemala, eran considerados peligrosos por alfabetizar a comunidades mayas y participar en un programa de formación de liderazgo de indígenas. “Los indios son como niños a los que la providencia nos ha encomendado tutelar”, afirma en la novela un miembro de una de las familias con poder en la capital.

El mundo indígena es trazado dosificadamente, por ejemplo mediante la evocación breve de la importancia  de personajes como Vicente Menchú, muerto en la masacre a manos de policías en la embajada de España en enero de 1980, y su esposa Juana Tum Kotoja, partera y curandera que luego del asesinato de su esposo pudo eludir la persecución del ejército por medio año, y continuó atendiendo, “transmitiendo a las mujeres mayas una idea de igualdad que podría haber surgido de cualquier manual de teoría feminista”, anota la autora en la página 177. El personaje de Mamá Ixchel es también fundamental en la trama, otra partera y poseedora del saber comunal femenino.

Pacheco, nacida en Cusco, es, además de narradora, doctora en Antropología de América, y éste es su séptimo libro. Ha sido publicado por Ceques Editores, un sello regional del cual ella forma parte con otros dos socios.

Los tres personajes principales del relato, León, Ariel y el investigador de historia maya Abilio Arangüena concentran la mayor parte de las reflexiones sobre el daño causado a Guatemala y a los seres humanos y sobre los límites de la crueldad y el miedo. “Quizá todo empezó cuando le cambiaron el nombre”, especula el maestro e historiador cuando sigue descubriendo más hechos de violencia en su país. La autora cuenta que quiché en varias lenguas mayas significa bosque o lugar poblado de árboles y tal era el nombre antiguo de esas tierras. Otro nombre en lengua quiché fue ‘iximule’ que signfica tierra de maíz. Más adelante, los tlaxcaltecas junto con los españoles, llegaron a la zona y la denominaron en náhuatl ‘quauhtlemallan’: lugar de bosques, pero la simplificación derivó en Guatemala.

Esta novela me ha retrotraído en varios momentos a 1994, cuando dos veces por semana visitaba la cuadra 8 de la calle Pitágoras en la colonia Nalvarte -México- donde está ubicada hasta hoy la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala. Era el único lugar en el distrito federal donde podía encontrar diarios guatemaltecos para una investigación sobre el TLC norteamericano y la migración ilegal hacia Estados Unidos. Me dejaban revisar los periódicos en una mesa en la cocina y a veces alguno de los trabajadores me invitaba una infusión. Algunos eran exiliados, algunos habían sido guerrilleros. Nunca hubo tiempo de preguntarnos nuestros nombres, no usábamos correo electrónico aún. Escuchaba trozos muy incompletos de historias en voz baja e intentaba no distraerme de mi obligación de fichar las noticias. Eran días fríos para los migrantes en general, para ellos y para mí.

Fachada de la sede mexicana de la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala. (Captura de pantalla Google Maps)

Fachada de la sede mexicana de la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala. (Captura de pantalla Google Maps)

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