la foto

Lo vi algunas veces, pero sólo una pude realmente platicar con él, en total calma, en una comida en mi casa. Había pocos invitados: los necesarios para que en la mesa se llevara sólo una conversación. Recuerdo que Federico Reyes Heroles llegó con una revista de desnudos femeninos que se titulaba, precisamente, Gabo. Sí: “Gabo”. Mercedes y García Márquez se rieron mucho y aceptaron tomarse una foto posando con esa publicación que no sé si todavía existe, llena de modelos argentinas en actitudes provocativas (lugar común) y evidentemente con escasa ropa. Estaban contentos, protegidos con esa seguridad que otorga la decisión de no tomarse la vida tan en serio. La fotografía está en el estudio de mi casa, impresa, y yo me encuentro lejos, en otro continente, así que lamentablemente no puedo mostrárselas ahora. El caso es que cada vez que alguien se refiere al autor de Cien años de soledad como Gabo, no puedo dejar de recordar la portada con una mujer escultural (otro lugar común), semidesnuda y demasiado maquillada.

He visto en las redes sociales muchas críticas a quienes, al hablar de García Márquez, nos referimos a una anécdota personal. Pero ¿qué otra cosa podemos contar las personas que nos dedicamos a escribir pero no somos críticos literarios profesionales? Además, eso habla bien de él no sólo como escritor, sino como ser humano. ¡Cuántos autores quisiéramos ser tan leídos y tan queridos! ¿Hacer una aproximación hermenéutica a su obra? Eso, hoy, se lo dejo a los teóricos. ¿Criticar o alabar sus posturas políticas? Tampoco se me antoja. El duelo requiere apapacho y nada más.

De Gabo (el hombre, no la revista) se ha dicho mucho en estos días (¿demasiado, tal vez?), pero no quería dejar de contar algo para Cuadernos Doble Raya, aunque fuera breve, tal vez porque la palabra cura y me hace sentir menos sola en esta orfandad en la que me ha sumido la distancia. No estar ahí, en la tierra adoptiva de García Márquez, me ha pesado. No pude ver, en vivo, la gran cantidad de lectores que lo querían. Ni las mariposas amarillas. Compartir el dolor es sentirse acompañado. Menos solo durante un rato.

Cada fallecimiento de un escritor con cuyas obras he convivido durante tantos años, me hace sentir una especie de abandono; un poco huérfana. Si bien no era probable, por su condición de salud, que García Márquez volviera a escribir (aunque, al parecer, ha dejado un inédito), siempre quedaba una esperanza. Ahora sobra decir que no podrá plasmar ni una letra más. Y si me siento huérfana es porque uno de los primeros libros que leí, todavía en la primaria, fue La triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada. Mis padres me lo regalaron; casi acababa de ser publicado. Con ese título era imposible no leerlo. En cuanto lo terminé elegí Isabel viendo llover en Macondo y, enseguida, Crónica de una muerte anunciada.

Vuelvo al día de la comida. Además de llevar una botella de vino o una caja de chocolates (no lo recuerdo bien), García Márquez llegó ese sábado con una mujer… para presentársela a mi marido. Una especie de blind date que decidió a última hora sin haberse informado debidamente. Sí, así como lo leen. No sabía que Francisco estaba casado y pensó, mientras se ponía la pijama por la noche o se vestía por la mañana, que sería una magnífica pareja para una amiga que en esos momentos estaba sola. No voy a decir el nombre pues es alguien importante, conocida, muy guapa, fina, que, de no haber existido yo, probablemente sería la pareja ideal de mi esposo: independiente, inteligente, culta. El realismo mágico, en esta ocasión, no supo o no quiso engancharnos al transformarse en “realismo práctico”. Tal vez hubiéramos tenido un “matrimonio de tres”, feliz, longevo y armónico. Y yo finalmente hubiera encontrado más espacio, tiempo e independencia para mí. Compartir los “deberes maritales” puede ser un aliviane… El caso es que deben imaginar la cara con la que me vio Gabo al ser presentada como la anfitriona y la esposa del “señor de la casa”. Horrible reconocerlo, pero fue de sorpresa y… decepción.

Finalmente todos tomamos el equívoco con humor y el encuentro resultó muy agradable. Él, callado, profundamente sencillo, amoroso. Merecedes, encantadora y más parlanchina. Mi hija de 5 años, sin saber quién era aquel hombre que la cargaba, se tomó una foto sentada sobre las piernas del Premio Nobel. Hoy, que entramos a una librería en Oxford y vio una mesa-homenaje a “Gabo” con varios de los los libros del  escritor, en inglés y español, me dijo: Mamá, no sabía que era tan tan tan tan importante. Y me pidió que la ayudara a eligir qué libro comenzar a leer para sumergirse en la obra del colombiano. Me urge leerlo, me confesó. Entonces pienso que cuando termine su primer libro de García Márquez y elija el segundo, comprenderá una de las tan citadas frases del Premio Nobel, algo así como: “La vida es la cosa mejor que se ha inventado y lo malo, a diferencia de la muerte, es que no es para siempre”. Tal vez en ese momento se sienta, como yo, un poco huérfana.

Y la orfandad sí es para siempre.

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