Les cuento algo mágico que pasó la  semana pasada. Lo que se hizo público fue esta frase: «En México, la revista Cambio tuvo dos épocas con Gabriel García Márquez a la cabeza. Era su idea, su inspiración y siempre cuidó la parte editorial, que era la suya, la del lado del corazón. Quienes compartimos con él diversos momentos, reunimos ahora nuestros recuerdos de quien jamás olvidaremos». A esta, le seguía una serie de 26 narraciones en las que los periodistas y fotógrafos que tuvimos la maravillosa suerte de compartir un proyecto con Gabriel García Márquez contamos cómo fue trabajar en un proyecto que, me atrevo a decir, nos cambió la manera de vivir.

Parece un simple anecdotario pero, bien leído, resume una manera de entender el periodismo, una forma de hacer periodismo, que le debemos al maestro. Aquí les cuento un secreto, lo que hubo detrás de esas 26 anécdotas y que, en realidad, muestran la magia de alguien que ya no está físicamente con nosotros, pero que sigue estando de muchas maneras.

La propuesta empezó el 17 de abril y a todos nos cogió en diferentes lugares del mundo: en México, en España, en Colombia, en India y en muchos y diversos momentos de la vida: amamantando, pariendo, en pleno duelo, casi pariendo. Ese viernes ardieron los 26 móviles y, en menos de 12 horas, habíamos regresado a la revista Cambio México, como mínimo con el alma.

Sandra Meneses, como siempre, se hacía cargo de las correcciones. Salvador Frausto movilizaba a algunos. Témoris Grecko y Grace Navarro buscaban a los que, como yo, siempre llegan tarde a las conexiones digitales y a los chats de Facebook.

Hacía una década que no trabajábamos juntos, pero funcionamos como un equipo, exactamente con el mismo rol que tuvimos cuando compartimos un sueño periodístico que se tradujo en 60, 70 páginas de periodismo llamado Cambio. Solo alguien mágico como Gabriel García Márquez puede conseguir que 26 personas se sientan una sola, parte de una estirpe, en solo unas horas.  Hicimos lo que nos enseñó Gabo, para algunos; don Gabriel, para otros; maestro, para todos. Quien más quien menos en esos párrafos explica una anécdota que vivió con él. En todas se lee el respeto inmenso hacia quien te enseña a vivir y a entender el periodismo como el mejor oficio del mundo. Gabo se sabía maestro y sabía que en la vida los maestros son necesarios.  Gabo nos enseñó a contar historias, a ordenar lo que le contábamos en voz alta, a buscar la palabra precisa, a verificar cada dato, a andar con la ética, como zumbido, en nuestras orejas y, sobre todo, nos enseñó una manera de ver la vida: con entusiasmo, siempre posible.

El maestro también nos enseñó a gozar, a bailar salsa (a unos más que a otros) en un restaurante llamado La Habana, a defender una historia, a soñar, a pelearle a los editores, a escuchar y a estar orgullosos de pertenecer a una comunidad de periodistas que creíamos, y creemos, en contar historias. Le debemos tanta vida maestro, muchas gracias. Xanic escribe que éramos las olas de un mar. No puedo escribirlo mejor. 

Alguien me preguntó en estos días cómo era trabajar con él. Le expliqué qué fue ese Cambio. Por su expresión, supe que esperaba anécdotas, pero, poco a poco, se fue entusiasmando con esa revista en la que se podían narrar historias, en la que cada dato era una lucha, en la que había un equipo te retaba a ser mejor.

El viernes 17 fuimos ese equipo, otra vez. A 25 de abril, el chat en Facebook sigue abierto. Ahí están los centenares de mensajes cariñosos, organizativos, de vida que nos han vuelto a conectar. Nadie lo ha abandonado; hay quien llega ahora.

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