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Plinio Apuleyo Mendoza, íntimo amigo y compadre de Gabriel García Márquez, comentó en una entrevista que García Márquez, habiéndose quedado dormido camino a Leipzig, entonces parte de la ex República Democrática de Alemania (RDA), de repente despertó comentándole: “Maestro, soñé una cosa horrible. Soñé que el socialismo no funciona”. Esa impresión de García Márquez sobre el “socialismo real” de la Unión Soviética y la Europa del Este quedó plasmado en el libro De viaje por los países socialistas. 90 días en la “Cortina de Hierro” publicado en Bogotá en 1957 por la Revista Cromos. García Márquez había visitado la región entre junio-septiembre de 1957 viajando por la RDA, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y la URSS, esta última como delegado en el VI Festival de la Juventud y de los Estudiantes celebrado en Moscú.

Así como aquella oración con que iniciaba su famosa novela Cien años de soledad y que muchos aprendimos de memoria, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”, García Márquez legó a la posteridad otras muchas más, entre ellas, varias relacionadas con su viaje a la Europa del Este.

“La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías.” Así de concisa sería su primera impresión de viaje. Muchos años después yo la recordaría al pisar por primera vez territorio tras la “Cortina de Hierro” aunque éste fuera el aeropuerto de Berlín Oriental. García Márquez conocería ese Berlín y esa RDA de 1957: “A medida que se penetra en el Berlín Oriental se comprende que hay más que una diferencia de sistemas, dos mentalidades opuestas a cada lado de la puerta de Brandemburgo. Los escasos bloques intactos del sector oriental tienen todavía los impactos de la artillería. Los almacenes son sórdidos, parapetados detrás de las troneras abiertas por los bombardeos, y con artículos de mal gusto y de una calidad mediocre. Hay calles enteras con edificios desfondados de cuyos pisos superiores, solo queda el cascarón. La gente sigue viviendo apelmazada en los pisos inferiores, sin servicios sanitarios ni agua corriente, y con la ropa puesta a secar en las ventanas como en los vericuetos de Nápoles. De noche, en lugar de los anuncios de publicidad que inundan de colores el Berlín Occidental, del lado oriental sólo brilla la estrella roja. El mérito de esa ciudad sombría es que ella sí corresponde a la realidad económica del país.” Un Berlín en el que “ Hay gente que trabaja en un lado y vive en el otro, arreglándoselas de la mejor manera posible para aprovechar lo mejor de cada sistema. En ciertos sectores basta con atravesar la calle. Una acera es socialista. La otra es capitalista. En la primera, las casas, los almacenes, los restaurantes pertenecen al Estado. En la segunda son de propiedad privada. En teoría, quien vive en una acera y atraviesa la calle para comprar un par de zapatos, comete por lo menos tres delitos de cada lado.” En definitiva, un “disparate” como lacónicamente llamaría a Berlín.

Su impresión de Praga tras su experiencia en la RDA fue más que positiva: “A Praga llegamos a las once de la noche, con la misma llovizna, y nos encontramos con una ciudad viva, alegre… […] Nosotros pasamos en Praga varios días a la deriva y no encontramos un grueso indicio que nos permitiera pensar que estábamos en una ciudad de Europa occidental. Hay un orden natural, espontáneo, sin policías armados. Es el único país socialista donde la gente no parece sufrir de tensión nerviosa y donde uno no tiene la impresión —falsa o cierta—de estar controlado por la policía secreta. La influencia soviética es difícil de determinar a pesar de que se dice que los gobernantes checos son los más fieles a Moscú. La estrella roja está en las locomotoras, en los edificios públicos, pero no parece postiza. Nosotros no vimos un solo militar soviético. Los mármoles y la aplastante pastelería de Moscú no han trastornado la unidad arquitectónica de Praga. Hay una personalidad nacional fuerte y dinámica que se manifiesta en cada detalle y que elimina esa impresión de servilismo oficial, voluntario, lagarto, que vimos en Alemania Oriental y que habíamos de encontrar después en Hungría.”

“Los polacos no son comunistas”. “Ellos dicen que lo son pero van a misa todos los domingos”. Esta y la advertencia de tener cuidado con su pasaporte en Polonia ya que los polacos los anhelan para salir del país, fueron los consejos a García Márquez en su aventura hacia Polonia. “Uno se da cuenta desde el primer momento de que la vida es dura, de que se ha sufrido mucho con las grandes catástrofes y de que hay un drama nacional de minúsculos problemas domésticos. El comercio es tan pobre como en Alemania Oriental, salvo las librerías que son los establecimientos más modernos, más lujosos, limpios y concurridos. Varsovia está llena de libros y sus precios son escandalosamente bajos. Un autor muy cotizado es Jack London. Hay salones de lectura abiertos y ocupados desde las 8 de la mañana, pero los polacos no se conforman con sentarse en ellos sino que llenan con la lectura, todos los vacíos de la vida.” En cuanto al comunismo y la religión, García Márquez despacha este asunto analizando la situación interna polaca de la época: “La cúspide del prestigio político son Gomulka y el cardenal Wyszyński. […] El antiguo régimen había abolido la enseñanza religiosa y puesto al cardenal bajo vigilancia policial en un convento. Había abolido la libertad de expresión, el derecho de huelga, la iniciativa de las masas en la construcción del socialismo: era la dictadura de un grupo a órdenes de Moscú. La policía política impuso el orden por el terror. Władysław Gomulka —el dirigente comunista más popular— fue enviado a la cárcel. Cuando la presión de las masas liberó a Gomulka y lo llevó en hombros hasta la secretaría del partido, lo primero que este hizo fue disolver la policía política, llamar a juicio a los responsables de los crímenes cometidos por ella y poner en libertad al cardenal. Es cierto: Gomulka y el Cardenal no han conversado nunca, se conocen por los retratos. En una actitud sin antecedentes, el primado de Polonia recorrió los púlpitos pidiendo a los católicos votar por el candidato comunista, Se embrolló con el Vaticano. Gomulka, por su parte, se embrolló con la Unión Soviética y con los duros de su partido, pero restableció la enseñanza religiosa. El pueblo ganó terreno. Gomulka ganó terreno. El cardenal Wyszyński ganó terreno. ¿Qué diablos pasó? Una cantidad de polacos son católicos y comunistas al mismo tiempo. Asisten el sábado a la reunión de la célula y el domingo a la misa mayor.”

De todas las descripciones que hace García Márquez de su viaje tras la “Cortina de Hierro” aquella de la “U.R.S.S.: 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola” ha sido una de las más emblemáticas.

Geniales son sus observaciones; como la de aquel compañero de viaje, español él, un “niño de la guerra” que regresaba de una visita a Madrid y quién no entendía “cómo se puede vivir bajo el régimen de Franco. Entendía, sin embargo, que se hubiera podido vivir bajo el régimen de Stalin.”

A pesar de la limitación del tiempo, las circunstancias, los problemas de comunicación, García Márquez saca conclusiones muy válidas de sus observaciones: “La circunstancia de haber estado en Moscú en un momento excepcional fue sin duda un obstáculo para el conocimiento de la realidad. Yo sigo creyendo que la gente había sido preparada con consignas muy precisas. Los moscovitas —de una espontaneidad admirable— manifestaban una resistencia sospechosa cuando se insistía en visitar su casa. Muchos cedían: el hecho es que ellos creen que viven muy bien y en realidad viven mal. El gobierno debió prepararlos para que los extranjeros no viéramos el interior de las casas. […] —Los soviéticos —que han viajado mucho por los mapas y se saben de memoria la geografía universal— están increíblemente mal informados de la actualidad periodística. Así como los aparatos de radio no tienen sino un solo botón, los periódicos —que son de propiedad del Estado— tienen una sola onda: “Pravda”. El sentido de la noticia es rudimentario: sólo se publican los acontecimientos extranjeros muy importantes y en todo caso orientados y comentados. No se venden revistas ni periódicos del exterior, salvo algunos de los partidos comunistas europeos.” La visita al mausoleo de Lenin le dejó una seca impresión: “Sufrí una desilusión: parece una figura de cera.”

Un año después de los acontecimientos en Hungría de octubre de 1956 que convulsionaron el espacio soviético, García Márquez visitó el país. Las recomendaciones dadas eran estrictas y claras: “[…] no salir a la calle, llevar siempre el pasaporte, no hablar con desconocidos, restituir la llave en la recepción cada vez que abandonáramos el hotel y recordar que “Budapest está en régimen marcial y está por tanto prohibido tomar fotografías.” La situación de la Budapest de 1957 era decepcionante: “Casi un año después de los sucesos que conmovieron al mundo, Budapest seguía siendo una ciudad provisional. Yo vi extensos sectores donde las líneas del tranvía no han sido repuestas y continúan cerradas al tránsito. La multitud mal vestida, triste y concentrada, hace colas interminables para comprar los artículos de primera necesidad. Los almacenes que fueron destruidos y saqueados están aún en reconstrucción. A pesar de la bulliciosa publicidad que los periódicos occidentales dieron a los sucesos de Budapest, yo no creí que los estragos fueran tan terribles.”

Al final, creo que la mejor visión de esa Europa del Este tras la “Cortina de Hierro” la da García Márquez cuando escribió lo siguiente: “En Hungría, un comunista comentaba: “Polonia no es una democracia popular. Es una colonia cultural de Francia y todo lo que hicieron fue sacudirse de la influencia soviética para volver a la influencia francesa”. Los húngaros están bien correspondidos. Un comunista polaco comentaba: “Los comunistas húngaros son siervos voluntarios de la Unión Soviética, sectarios, dogmáticos con todos los vicios del antiguo marxismo”. Un comunista polaco abrazó en Budapest a un comunista húngaro: “Estamos emocionados —le dijo— por la revolución que hizo el pueblo húngaro en octubre”. El húngaro se puso verde de rabia. “No fue una revolución”, protestó. “Fue una contrarevolución armada por la reacción”. Así andan las cosas en familia. Ambos de otra parte, estaban de acuerdo en relación con Checoslovaquia: “A los checos —decían— lo único que les interesa es vender”.

 

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