La profundidad y la belleza de la poesía de Octavio Paz están fuera de discusión. Me desagradan quienes hurtan de aquí y de allá palabras que suenan elegantes para pegar unas a otras, al gusto, como si la importancia de la semántica fuera ser una esdrújula útil para puentear graves: de Paz uno recibe mensajes que explican una compleja visión del mundo, no aromáticos juegos florales.

Otra cosa es su perspectiva política. Es una pérdida que lo que para muchos de nosotros fue su principal aportación haya sido, al final de su vida, su gran renuncia: la independencia del pensamiento.

Dos ejemplos de épocas contradictorias de su vida: en días de complicidad intelectual y silencio vergonzante ante la masacre de estudiantes en 1968, Paz hizo de su salida de la embajada en India un ariete de denuncia pública y global, un megáfono del lo vi y no me callo. Afirmó en Posdata, en 1970: “En México no hay más dictadura que la del PRI y no hay más peligro de anarquía que el que provoca la antinatural prolongación de su monopolio político”.

El PRI no era otro en 1990. Era el mismo aparato vertical, antidemocrático, autoritario y exitoso de dominación. El que era otro era Octavio Paz. Lo pudimos ver muy bien en el Encuentro Vuelta, que él organizó ese año (un evento costosísimo que trajo a pensadores de todo el mundo, gracias a generosos e interesados patrocinios públicos y privados), en el que Mario Vargas Llosa –compañero de viaje en el trayecto de la izquierda a la derecha— describió al régimen político mexicano como la “dictadura perfecta”: un Paz arrogantemente subordinado a Carlos Salinas de Gortari expresó su molestia y censura, y permitió que oficiosamente echaran a su invitado del país por incodificados delitos de manifestación de las ideas.

Vale la pena que se tomen siete minutos para ver la intervención de Vargas Llosa.  Hay que fijarse en la incomodidad de Paz y en lo que hizo no como una contra-argumentación, sino como un regaño a los niños, incluido Enrique Krauze por haber matizado con el concepto “dictablanda”, ya que “lo de México no es dictadura, es un sistema hegemónico de dominación” (se le olvidó Posdata). Además del berrinche de Paz, para valorar mejor el gesto de Vargas Llosa, hay que recordar dos cosas: una es que el nacionalismo mexicano es tan torpe y montañés como todos los nacionalismos y a los extranjeros se les niega la libertad de expresión con un artículo específico de la Constitución, el 33, usado para callarlos; y dos, más importante, es que el ambiente político que se vivía en el país, cuando el régimen se inflaba en arrogancia tras dar por superado el poderoso reto de Cuauhtémoc Cárdenas y parecía haber reconquistado la hegemonía incontestable. Vargas Llosa se fue a meter a un escenario súper-controlado, el de la televisora cuyo dueño se decía soldado del PRI, en el que de los participantes se esperaba que hicieran el canto de la democracia vencedora ante las dictaduras totalitarias del Este.

El novelista peruano les echó a perder la taquiza: “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México”. Y de paso, le recordó a Paz la maestría del PRI en poner intelectuales a su servicio: “Yo no creo que haya en América Latina ningún caso de sistema de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual, sobornándole de una manera muy sutil”. Sonaba a reproche  pero Vargas Llosa tuvo la cortesía de eximir a su anfitrión (Krauze quiso recordarlo aquí). De todos modos, alteró a un Paz que se había convertido en un intelectual orgánico (orgánico no por haberse cultivado en un medio ambiente puro sino por haber mutado en un organismo genéticamente modificado por la corrupción priísta), que después de haber hecho ejemplo de pensamiento crítico e independiente en la revista Plural, ahora encabezaba una intelligentsia que se había dejado cooptar por la dictadura perfecta. Fue valentía lo que exhibió Vargas Llosa (un rasgo que una parte de la izquierda le suele regatear).

Además del Paz poeta y del Paz de Plural, me quedo con el Paz que en su día fue uno de los que marcó el camino de la independencia intelectual. Con gestos como aquél en que inició la crítica de la sumisión a la narrativa mentirosa del socialismo como se vendía en Moscú y en La Habana. Es un fallo grave que Paz no le haya concedido la misma importancia al perverso enemigo simbiótico de la URSS, que era Washington. Su rompimiento total con la uniformidad pro-soviética y sus derivados, sin embargo, nos toca a muchos directamente.

No fue el único momento en que lo hice pero me recuerdo a los 12 años, en la clausura del Festival del PSUM en el viejo auditorio nacional, de pie con unos pocos cientos de camaradas, con la mano izquierda levantada haciendo la V de venceremos: flaco, minúsculo y con una boina roja de mala calidad que había encontrado por ahí (la verde militar con estrella que mi padre me había traído de la China entonces aún maoísta y cerrada, había quedado en manos de algún compañero ladrón de la secundaria), cantaba casi con lágrimas “La Internacional” en la versión de Eugenia León, “arriba los pobres del mundo”. No imaginaba que, en los territorios dominados por el imperio soviético, muchachitos con los mismos sentimientos que yo eran forzados a repetir cada estrofa de lo que en su realidad no era un canto de liberación, sino de tiranía. Y nosotros creíamos que ellos marcaban la ruta de la felicidad del pueblo.

Crecimos con mitos y mentiras. Admito que eso me provoca un sentimiento de rencor, a pesar de que quienes nos formaron y envolvieron en ello eran víctimas casi tan indefensas como nosotros de un poderoso aparato de adoctrinamiento. Era un final de la Guerra Fría en el que incluso la alternativa, la tercera opción presentada como movimiento de países no alineados, no era más que una estratagema de uno de los contendientes: nos forzaban a estar de un lado o del otro.

Las canciones, los carteles, las fiestas y las épicas del guerrillero heroico, del presidente mártir, del obispo de los pobres asesinado en el altar, contribuían a reforzar en nosotros la convicción de que estábamos del lado de la justicia y el futuro. “Alerta, alerta, alerta que camina la lucha guerrillera por América Latina”, gritaba en las marchas, sin reflexionar en la locura de muerte y destrucción insensata que proponía ni sospechar que las revoluciones, casi sin excepción, son traicionadas y devoran a sus propios hijos. En las paredes de mi cuarto, las gráficas de Iron Maiden y Deep Purple perdían espacio cada mes frente a las de todo tipo de iconografía rebelde, lo que pudiera encontrar. Recuerdo una de Guatemala, la única bella, con unos versos: “Mi voz la que está gritando / mi sueño el que vive entero /y sepan que sólo muero / si ustedes van aflojando /porque el que murió peleando / vive en cada compañero”. La muerte… pensaba en la muerte y, antes de ella, en el paso con sacrificada y exitosa resistencia por sesiones de tortura a manos de incógnitos verdugos, como verdades que llegarían antes que tarde. Pensaba que al cumplir 16, me tomaría un par de años para ir a pelear con mis “compañeros” en las selvas de El Salvador. Enmarqué y colgué un gran retrato, fotografía original que hizo mi tío Carlos, de Daniel Ortega y Sergio Ramírez… tal vez Sergio –después arrojado al margen— ya veía venir lo que yo no, que Ortega iba camino de convertirse en dictador.

La mentira popular, cínica, autodenigrante que esparcen los conversos es la de que quien a los 20 años no es de izquierdas no tiene corazón y quien lo sigue siendo a los 40, no tiene cerebro. Si la virtud de la experiencia es la traición a la justicia, no es virtud, es traición. Dense vergüenza. No encubran su bajeza con pretextos.

La virtud de la experiencia es entender cómo funcionan las cosas. Descubrir, por ejemplo, cuando se ha sido engañado. Reconocerlo. Combatir el engaño. Si la izquierda es justicia, libertad y oportunidades para todos, eso no era la Unión Soviética, un sangriento aparato de burócratas asesinos, ni tampoco Cuba. Cuba, la mentira que más trabajo nos ha costado reconocer: una gerontocracia represora que ha arrojado a su país al abismo.

Cuando fui con Adolfo Miranda a Cuba, mi primera vez, al Festival Internacional de la Juventud de 1997, ya lo habíamos entendido e hicimos gala de ello en nuestros debates, pero en el fondo no podíamos asumirlo. Tardé 11 años más en lograrlo: tuve que ir a Santiago de Cuba a ver a Raúl Castro dar el discurso del aniversario 50 de la Revolución, en diciembre de 2008: no tenían nada qué celebrar, él y su cúpula (todos hombres blancos como los que estaban con George W. Bush, pero más viejos) estaban atemorizados porque la llegada de Barack Obama a la presidencia de EU estaba inspirando a las nuevas generaciones (que en ese régimen son todos los que tienen menos de 70 años) y el régimen sentía que le robaba a su gente. Raúl se dedicó a lanzar alertas y advertencias a los jóvenes, que no se dejaran engañar, que si cedían un poco les iban a quitar todo… que siguieran el ejemplo de los viejos. Me acordé del verso de Bertolt Brecht que todos repetimos por décadas porque Silvio nos lo repitió por décadas, y que termina en: “Pero hay hombres que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles”. Esa imprescindibilidad indoctrinada a través de los partidos y de las canciones es una de las grandes herramientas de retraso mental de la antigua izquierda latinoamericana –una izquierda reencarnada en el chavismo.

-Son imprescindibles los dirigentes, aunque esto no es más que la izquierdización de la trágica pasión latinoamericana por el caudillismo.

-Son imprescindibles las organizaciones y pertenecer a ellas. Fidel lo dijo en 1971: “Con el Partido, todo; contra el Partido, nada”. Si no estás en La Organización, no existes, en el mejor de los casos; si no asumes la línea de La Organización o, todavía peor, si la criticas, trabajas para el enemigo. La Organización puede ser un partido, un sindicato, un movimiento estudiantil o popular, o un dirigente: en los 90, en México, no se podía ir contra Cuauhtémoc ni contra Marcos (La Organización estaba dividida); en esta década, el intocable es López Obrador. En Venezuela es muchísimo más grave, por supuesto: La Organización ocupa el poder y desde su posición, presiona para forzar a todo el país a elegir, en su propia versión de la Guerra Fría: los que no son chavistas, son llamados fascistas, aunque quienes acusan a los otros de fascistas estén actuando, precisamente de esta forma, de manera fascista.

-Son imprescindibles la solidaridad y la complicidad a toda costa: no importa que el chavismo insulte y condene a los opositores, expulse a disidentes, cierre medios de comunicación, encarcele a periodistas, utilice organizaciones populares como grupos de choque: hay que estar con él con todo y pese a todo.

-Son imprescindibles las fobias: si la consigna es despreciar, repudiar, odiar, no hay matices ni objeciones aceptables, hay que cumplir en toda regla; por ejemplo, es menester echarle la caballería encima a Vargas Llosa por ganar el Nobel, sin importar que lo que se premió no fueron las posturas políticas de las que discordamos sino su genio literario.

Entre las mentiras imprescindibles que más me provocan indignación y que, por mi trabajo, he confrontado directamente, están las de grupos que se ostentan como representantes del antiimperialismo y el pacifismo.

Antiimperialismo supone estar contra todos los que realizan actos imperialistas, y pacifismo, a favor de la paz en cualquier situación. Con estas palabras se engaña a mucha gente de nobles sentimientos. Es una manipulación vergonzosa.

El único imperialismo que les importa es el de Estados Unidos. Odian a Estados Unidos, no ven absolutamente nada bueno en Estados Unidos, no hay nada qué apreciar, nada qué rescatar: es la encarnación misma del demonio. Creer que donde se para el presidente de EU huele a azufre y que todo lo que toca es diabólico, es un acto de fe, un dogma, fanatismo: nada más opuesto al pensamiento independiente.

Este “antiimperialismo” está alineado con otros imperialismos, entre los que va destacando más el ruso: no aceptan el fin de la Guerra Fría. No entienden el mundo sin ella. Son antiimperialistas que se someten al imperialismo ruso. Como en los años 50, pero ahora ni siquiera tienen la justificación de una ideología: lo hacen por puro reflejo, como perros de Pavlov.

Y hay una vertiente de pacifismo que hace exactamente lo mismo: denuncia la guerra sólo cuando la hace o parece que va a hacerla Estados Unidos o sus aliados.

Uno de los ejemplos más patéticos y ridículos de este pacifismo, en tiempos recientes, es el del movimiento contra la guerra por la amenaza que hizo Obama de atacar al régimen sirio si éste utilizaba armas químicas. Todos sabíamos que era un pretexto: Obama nunca quiso intervenir en Siria, no termina de salir de los desastres de Bush y sabe que Siria es una locura en la que nada puede salir bien: en mis días en Alepo, los guerrilleros se burlaban de la “línea roja” que había marcado Obama con su amenaza: el régimen podía masacrar a decenas de miles de personas con aviones, misiles Scud y cualquier arma pero por favor, con armas químicas no, sería muy feo. El gobierno sirio cruzó la línea roja y el ataque, igual, nunca vino. Pero ciertos “pacifistas” se manifestaron contra Obama en Europa y EU, asegurando que estaba loco por matar sirios, y cantando “No a la guerra, no a la guerra”… pero, oigan, ¿son idiotas? ¿No se habían enterado de que la guerra lleva ya dos años y el ejército ha matado a cien mil personas sin que ustedes salieran a cantar? ¿Qué celebraron cuando Obama se retractó? ¿La victoria de la paz? ¿Dónde están ahora que siguen masacrando civiles?

Ejemplos de supuesto “antiimperialismo” están por todos lados en estos días. Han convertido a auténticos asesinos de masas en sus campeones…

Por ejemplo, al dictador Muamar Gadafi. Ya he contado lo que viví desde un viejo edificio en la ciudad libia de Bengasi en febrero y marzo de 2011, al inicio de la revolución. Entre vinos y canciones, en las verbenas antiimperialistas de Europa y de Estados Unidos, se apoyaba la gesta heroica del pueblo libio y se alertaba del peligro de intervención de las potencias occidentales, porque lo único que ellas quieren, les advertían a los hermanos libios, es apoderarse del petróleo. Pura ignorancia, o si no, ceguera voluntaria, porque el petróleo ya estaba en manos de las compañías occidentales que tenían en Gadafi a su socio y guardián. La petrolera italiana ENI fue la que más audiblemente argumentó en defensa de Gadafi, pero no la única. Y en Bengasi, civiles y revolucionarios libios, que miraban que los batallones blindados de Gadafi se nos venían encima, decían lo contrario: si Occidente no detiene a Gadafi es porque no le importan los libios, sólo el petróleo. En cuanto los aviones franceses destruyeron los tanques gadafistas a las puertas de Bengasi, los “antiimperialistas” dejaron de hablar de “gesta heroica del pueblo libio”, santificaron a Gadafi y condenaron a los rebeldes como instrumentos de una “conspiración imperialista” contra un gobernante digno.

Así como alabaron a Gadafi, lo hicieron con el iraní Majmud Ajmadineyad, siguen con Bashar al Assad y elogian a una pandilla de criminales por el estilo. Y están entusiasmados con Vladimir Putin, ¡válgame Stalin! Eace unos días, en la Asamblea General de la ONU, cuando la gran mayoría de las naciones condenaron la invasión a Crimea y el despojo de un país débil por una potencia imperialista de toda la vida (es decir, un caso claro para que la izquierda honestamente antiimperialista apoyara al agredido), las únicas de América que votaron por Rusia fueron Venezuela, Cuba, Nicaragua, Ecuador y Bolivia… el eje chavista.

Recuerdo Teherán en 2009, Ajmadineyad realizó un fraude electoral en toda regla, en las calles los paramilitares mataban a jóvenes manifestantes y en le tele, el régimen hacía lo posible por demostrarle a su pueblo que no estaba aislado, que los líderes democráticos del mundo reconocían la calidad del proceso iraní: uno a uno, ponían los retratos de los presidentes que felicitaban a Ajmadineyad por su victoria, como Kim Jong-il, el maniático de Corea del Norte; Nursayeb y Karímov, los dictadores de Turkmenistán y Uzbekistán; Omar Bashir, el genocida sudanés de Darfur; el sirio Bashar al Assad y el libio Muamar Gadafi; y en medio de tanto adalid de la democracia, Hugo Chávez y Daniel Ortega.

De mi libro “La Ola Verde”:

—Ya empiezan los voceros del imperialismo —dijo Hugo Chávez en su programa dominical de radio—: que no se respetó no se qué, que no se aceptó la observación internacional… Lo mismo de siempre. Ha sido una gran victoria, con más del sesenta por ciento de la votación.

(No sé cómo presenta Chávez su amistad con el mandatario iraní ante su pueblo, pero en Irán algunos mulás celebraron como uno de los grandes logros de Ajmadineyad el haber llevado hasta Venezuela «la verdad del islam».)

En una carta que iniciaba con la frase: «Querido hermano Ajmadineyad», el nicaragüense Daniel Ortega envió «un saludo fraterno y revolucionario, desde este país y esta Revolución que vio la luz de la Victoria en el mismo año de 1979 en que Irán se insurreccionaba y se liberaba para fundar la República Islámica y su propia Revolución».

En tiempos de confusión, en los que la izquierda no logra articular una propuesta alternativa y en los que la democracia ha sido secuestrada por las agencias calificadoras de bonos, el miedo está arrastrando a muchos hacia las seguridades del pasado, a los tiempos en que no había dudas sobre quiénes eran los malos y quiénes los buenos. Pero esos buenos no eran buenos, eran tan malos como los otros. Y no hay cobijo en taparse los ojos con viejas vendas.

Si hay desconcierto ahora, en buena parte se debe a la falta de pensamiento crítico e independiente, a la exigencia verticalista de someterse a las imprescindibilidades. Esto es lo que canceló las oportunidades de señalar los errores, los desvíos y las traiciones, lo que persiguió las alternativas y la exploración.

La ruta opuesta no ofrece garantías, pero sí mayores posibilidades porque sólo el debate abierto, despojado de dogmas y mitologías, puede conducir a hallazgos y nuevas construcciones.

Esto es algo que podemos hacer con otros: el fanatismo se funda en la exclusión y la desconfianza hacia el otro. Aunque su discurso ensalzaba el internacionalismo y la multiculturalidad, en realidad esa vieja izquierda era reaccionaria, eurocentrista, conservadora y, además, xenófoba: sólo los probados miembros de La Organización eran de fiar, los demás son el enemigo.

Pero fue el mismo Octavio Paz, ese Paz de sus mejores días, quien nos dejó uno de los poemas más bellos y significativos, una proeza de sencillez léxica, manufactura artesanal y profundidad filosófica, una postulación clara de un pensamiento que es independiente y crítico a la vez que abierto, sensible, fraternal y dialéctico:

Para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia.

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