Por Irma Gallo, invitada

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Fotos de Yaki niña

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La cárcel de Tepepan

Situado arriba de colinas imposibles, entre casas de clase media que nada tienen que ver con el horror que se vive entre sus muros, en el Reclusorio Femenil de Tepepan predomina el azul. Dicen que es el “menos peor” de la Ciudad de México. O por lo menos, tiene el mejor servicio médico. Por esta razón, aquí están Elba Esther Gordillo, “La Maestra”, antigua líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación caída en desgracia en el sexenio de Enrique Peña Nieto, y Andrés Granier Melo, ex gobernador de Tabasco, procesado por robar millones de los recursos públicos del estado que le tocó gobernar, por obra y gracia del PRI. Aquí estuvo la francesa Florence Cassez, acusada de secuestro durante el gobierno de Felipe Calderón, y liberada en los inicios del de Peña.

Entre estos muros vive ahora una joven de 20 años, de piel morena clara, delgada, con boca grande y ojos oscuros, y sobre todo, rebelde, rebelde hasta las últimas consecuencias. Se llama Yakiri Rubí Rubio Aupart; es la cuarta de siete hijos, trabaja vendiendo mochilas, bolsas y carteras en Tepito, tiene una relación sentimental con Gaby, también vendedora en el mismo tianguis, y unos padres que la adoran, y que por ella salen, todos los días, a gritarle al mundo que su hija no debería estar donde está.

Yakiri está presa por el homicidio de su violador.

El primero que sale por la puerta principal de la cárcel de Tepepan es su padre, José Luis Rubio. Delgado, moreno, lleva una cachucha blanca y el pelo negro, largo, con algunas canas, peinado en una gruesa trenza. Su estampa de maestro de salsa, director y fundador del Salsabrosón Tepis Company, se ve siempre en las marchas y mítines en apoyo a su hija que organizaciones feministas y otros ciudadanos de a pie han hecho. Hoy también lleva una playera color vino, en la que en letras blancas, como gritos, se lee: #JusticiaParaYakiri.

Detrás de José Luis vienen otros familiares; él intenta presentar a su pareja con un “mi esposa”, pero ella se ha adelantado quizá porque no quiere mostrar sus lágrimas a los extraños. Las nubes se están pintando del color del mamey maduro cuando Marina Beltrán camina, abrazada de una mujer más joven, murmurando algo e intentando no llorar más.

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“Para mí es más importante ese lazo que me une con ella, que si llevara mi propia sangre”

“Yakiri nació el 13 de abril de 1993 en un hospital particular”, dice Marina, ya sin lágrimas, en el trayecto a su casa, en el tradicional barrio de Tepito, en el centro de la ciudad. Inmediatamente aclara: “te puedo comentar que yo no soy mamá biológica de Yakiri, pero la he visto desde que tenía 11 meses de edad, y para mí es mi hija. Para mí es más importante ese lazo que me une con ella, que si llevara mi propia sangre. La he visto desde pequeñita y así es como nace mi amor por Yaki”.

El viento que entra por la ventana trasera del auto no alcanza a despeinar a José Luis, con la cachucha que casi le tapa los ojos y su trenza bien apretada. Mira hacia adelante, como queriendo atrapar un recuerdo, cuando dice que de pequeña, Yakiri era “muy gordita, muy dormilona. Con tremendas pestañotas que no sabíamos si estaba dormida… Y no, estaba viendo la televisión”.

Aunque ahora es la más rebelde, continúa su padre, de chica era la más tranquila de todos sus hijos. “Crece como una chiquita muy callada. Era, incluso, introvertida; tímida”.

Explica que su padre, el abuelo de Yaki, importa bolsas y mochilas, y que desde que terminó la secundaria, la joven decidió irse a trabajar para él. “Así crece mi hija. Tepito te da la opción de convertirte en una persona sociable; te obliga a hablarle a la gente. Eso hace que mi hija ahora sea conocida en el barrio como una niña muy fiestera, muy amiguera, muy sociable”.

En Tepepan Yakiri tuvo que entrar a la preparatoria. De lo peor, lo menos: a sus padres les da gusto que tenga la oportunidad de retomar los estudios que dejó truncos. “Aquí lo que nos pasa a los tepiteños es que tenemos que conjugar todo, y a veces terminamos siendo simplemente comerciantes”, dice, con resignación, José Luis Rubio.

La calzada de Tlalpan, con el metro de la línea 2 corriendo por en medio, y un tráfico más bien leve a esta hora, nos acerca rápido a nuestro destino. Adentro del carro, en las palabras de José Luis, se deja sentir el orgullo de ser quién es: “el tamalero de repente se pone a vender perico y cambia su vida completamente. Y ya trae un carro del año y mujeres de nivel. Y a ti te dicen: ¿y tú por qué estás jodido? Pues porque soy honrado. Pero salgo tranquilo a caminar. Y ustedes, y los malos, y los buenos, me ven con respeto”.

Marina se pone un suéter beige sobre la blusa verde oscuro. El frío empieza a hacer una  discreta aparición en esta zona de la Ciudad de México, y por la ventana abierta del lado de José Luis, el viento quiere jugar con los cabellos de la “güerita”, como le dice él de cariño.

Emocionado, el padre de Yakiri Rubí no para de hablar: “Yaki hereda, primero, nuestro espíritu de izquierda, de gente de convicciones, de gente de lucha, de gente de un pensamiento claro, y eso la hace rebelde”.

Así se explica José Luis la elección sexual de su hija: dice que le “aburrieron” los hombres; que seguramente no les vio nada interesante, y que cuando le “entró” con las mujeres, ni él ni Marina estuvieron de acuerdo en un principio. Ella dice que, “como mujer”, intentaba entenderla un poco más, aunque tampoco lo aprobaba del todo. No saben tampoco si Gaby fue la primera pareja mujer que tuvo, y José Luis incluso sube la voz cuando dice que eso no es lo importante. “Lo que importa es que la secuestraron y la violaron, y la intentaron matar, y en la defensa ella se lleva a uno de estos desgraciados”.

Y es que en el mundo de las causes y los hashtags en Twitter, las filias se excluyen una a la otra. José Luis dice que ha observado que la orientación sexual de su hija le ha valido el apoyo de grupos de mujeres lesbianas, mientras que a otros, ese mismo dato no les ha caído del todo bien. Por otra parte, según este atípico padre de familia, muchos hombres justifican así la violación de Yaki: “ah, pues por eso la violaron, para que aprendiera”.

Sin embargo, apunta, lo que ha hecho que este caso sea un escándalo es el intento de las autoridades de justificar la agresión sexual que Yakiri sufrió con el argumento de que el violador era su “novio”. Como si el ser pareja “formal” de alguien le otorgara el derecho a forzarla para tener relaciones sexuales.

Después de haber dejado atrás la calzada de Tlalpan, el paisaje urbano cambia abruptamente: la colonia Doctores se descubre con sus fondas de paredes despintadas y un poco sucias; sus carros viejos (y no tanto) estacionados a media calle y despanzurrados, muy cerca de los locales de venta de auto partes, y sus hoteles de paso de fachada gris oscura, casi negra, manchada por el smog.

“Aquí muy cerca pasó todo”, dice José Luis, señalando con la cabeza a un punto indefinido. Se refiere, por supuesto, a la noche del 9 de diciembre de 2013, cuando Yakiri Rubí salió de un hotel sangrando, pidiendo ayuda a gritos, y terminó acusada de homicidio. Con voz más firme, continúa su padre: “Yo lo he dicho muchas veces: en Tepito aprendemos a darnos en la madre desde chiquitos”.

Casi a punto de llegar al barrio bravo, José Luis Rubio cuenta con emoción que sus hijos crecieron entre libros, entre música de salsa y de trova, y que una de sus cantantes favoritas era la “negrita” Mercedes Sosa. El recuerdo de Yaki, de cuatro años, imitando a sus padres y hermanos mayores bailando la marcha de la canción Hermano dame tu mano, hace que se le quiebre un poco la voz… “Una cosa pequeñita que se llama libertad”, canta, y luego dice: “¡Qué ironía!”

José Luis y Marina en casa

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“Total, es una tepiteña. Sus padres han de estar en el Reclusorio”

José Luis, Marina, Yakiri Rubí y dos de sus hermanos más pequeños viven en una vecindad en Tepito. El cielo todavía no se ha pintado de negro cuando entramos al edificio anaranjado, recién pintado. Afuera, una señora vende golosinas y cigarros en una mesita. Ella, y quienes la acompañan, entre clientes y curiosos, saludan con amabilidad a Marina y a José Luis.

El pequeño departamento en donde vive la familia Rubio Beltrán está en una planta baja.   La sala, el comedor, el diminuto espacio en donde está la computadora y el baño, ocupan un área de apenas unos cuantos metros cuadrados. A la izquierda hay una cortina que separa esta estancia de lo que probablemente será una recámara, y en donde también se alcanza a ver un refrigerador.

Las paredes están llenas de fotografías de toda la familia en momentos importantes, como bodas y bautizos, así como escenas brillantes en la carrera de la Salsabrosón Tepis Company. En las fotos que su madre ha colocado en la mesa, Yaki, en el kinder, sonríe vestida de Mickey Mouse; en otra, abraza a una amiguita, las dos con traje folklórico; y en otra más, muy seria y con uniforme de gala, encabeza la escolta. “Todas son del Día de la Madre”, dice Marina con la voz quebrada de orgullo y emoción.

Sentado en el brazo del sofá, José Luis cuenta, con lujo de detalles, lo que ocurrió el 9 de diciembre y cambió radicalmente sus vidas:

“Mi hija sale a las 7 y media de la noche del local de Tepito. El local está entre Chucho (Jesús) Carranza y Peralvillo, sobre el Eje 1 Norte. Toma el metro Lagunilla y aproximadamente a las 8 llega al metro Doctores, y se va hacia adentro. Va a buscar el Supercity. Dice que casi de inmediato, en el camino, hay dos tipos en una moto que le están diciendo “flaquita súbete, te llevamos”. Y mi hija es de las que sí les contesta, no se queda callada y les dice: “no, gracias”. Ella no los conoce; son dos. Dice que de repente sintió que los había perdido”.

En esta parte de su relato, el maestro de salsa hace una pausa; luego, como para darle contexto a sus palabras, explica: “Si tú caminas a las 8 de la noche por la Doctores, en esas callecitas para salir a Doctor Jiménez, está de la chingada…”

Y después de la aclaración, continúa: “de pronto resulta que tiene a Miguel Ángel, que estaba por los 1.80 y los 90 kilos de peso, a la izquierda, y le dice: ¿cómo ves que ya chingaste a tu madre? Ahora te subes porque te subes“.

Según su padre, Yakiri le responde a quien en unos minutos se convertirá en su agresor que ahí está su bolsa, que se lleve su dinero, pero él replica: “no te hagas pendeja, si nos interesara robarte, ya te hubiéramos robado desde hace rato. Venimos por ti”, y al mismo tiempo la abraza y la somete con un cuchillo. Los dos hombres la suben en medio de la moto, y se la llevan a un hotel de paso de la zona, llamado Alcázar. Aunque los tres llegan al hotel, primero sólo entran Miguel y Yakiri. La trae abrazada del mismo modo en que la subió a la moto, con el cuchillo apoyado contra sus costillas. El agresor saluda a un hombre y a una mujer que están en la recepción, con familiaridad, como si los conociera.

José Luis Rubio continúa con su relato: “El hermano se queda afuera, pero luego sube. No hay ningún pago por la habitación. Cuando llegan al cuarto, dice mi hija que lo primero que le pregunta Miguel Ángel es: “¿eres menor de edad?”, mientras la avienta a la cama. Ella le contesta que no, no es menor de edad. En eso entra el hermano. Cierra la puerta y pone la toalla del hotel abajo de la puerta, porque lo primero que hacen es madrearla”.

Lo que sucede después es lo que tiene a Yaki en la cuerda floja. Su padre cuenta que los dos hermanos, Luis Omar y Miguel Ángel, la violan. Luego, Luis Omar se va. Cuando Miguel Ángel ha terminado, intenta matarla con el mismo cuchillo con el que la amenazó para que subiera a la moto. A pesar de que logra hacerle una cortada bastante profunda en el brazo, Yakiri Rubí logra torcerle la muñeca, y el filo del cuchillo da en el cuello del hombre, abriéndole la carótida.

Miguel Ángel logra ponerse sólo la bermuda, sin calcetines, ni tenis, ni camiseta. Agarrándose el cuello, del que brota un torrente agresivo, sale a la calle, monta su moto y desaparece en medio de la noche.

Yakiri sale del hotel, golpeada, sangrando, y pide ayuda en una nevería. Le prestan el teléfono y llama a la policía. Los policías ministeriales llegan y la llevan a la Agencia 50 del Ministerio Público, en donde peritos fotografían el golpe en el oído derecho, la espalda rasguñada que sangra en caminos de distinto largo y grosor, y la herida abierta que dejó el cuchillo, como un ojo sanguinolento, en el brazo.

Poco después, Luis Omar, a quien los policías le habían dicho que tenían a una mujer “asegurada”, llega a la misma agencia a denunciar el asesinato de su hermano. Aunque había dicho que la asesina era rubia y vestía pantalón negro y blusa de cuero del mismo color, al ver a Yakiri, morena, de pelo negro, pantalón de mezclilla azul claro y sudadera negra de algodón, con capucha, la señala como quien mató a Miguel Ángel.

Yakiri Rubí Rubio Aupart, que había llegado a denunciar su violación, se convierte en acusada de Homicidio.

Sus padres, José Luis y Marina, no se enteran de nada hasta un día después. A Yaki se le permitió hacer su llamada, pero desde su propio celular, que ahí no tenía señal. Sin embargo, insiste con los mensajes de texto. Uno de ellos le llega a un familiar, que por fin le avisa a los angustiados padres.

Cuando José Luis llega a la agencia del MP le dicen que a su hija ya la llevaron, confesa, a la cárcel de mujeres de Sta. Martha Acatitla. Está a punto de irse para allá, pero otro policía, que le juega al bueno, lo alcanza y le dice que se espere, que Yaki todavía está ahí. Con amargura, recuerda ese momento:

“Ellos apostaban a que jamás íbamos a aparecer. “Total, es una tepiteña, sus papás han de estar en el reclusorio”…, o le apostaban a que simplemente nos valiera madre”.

Sólo le permiten verla durante dos minutos; ella esposada, ya la llevan a Sta. Martha. Él la abraza y, llorando, le dice que no importa lo que tenga que hacer, la va a sacar de ahí. Yakiri se despide limpiándose las lágrimas. Según su padre, venía sangrando de la boca, con un hematoma en el pómulo y la ropa rota.

Hasta 10 días después de los hechos, la Procuraduría del DF empezó a investigar el delito de violación que Yaki había ido a denunciar desde el primer momento. Sin embargo, para ese entonces, las fotos que le tomaron los peritos a su llegada a la agencia 50 del MP ya habían desaparecido del expediente. Afortunadamente, la abogada y la familia guardan copia de estas imágenes dantescas.

En esos momentos de angustia, José Luis empezó a recibir decenas de mensajes por el inbox de Facebook. Uno de ellos fue el de la abogada Ana Katiria, que se ofreció a prestar sus servicios legales sin cobrar un peso.

Las muestras de apoyo no paran ahí. La gente que asiste a los mítines y marchas en apoyo a Yakiri le lleva víveres a la familia Rubio Beltrán, pues tanto José Luis como Marina, ambos dedicados al comercio, han dejado de trabajar para dedicarse de lleno a sacar a su hija de la cárcel.

A pesar de las muestras de apoyo que ha recibido, tanto por medio de las redes sociales como en vivo, en las marchas y en los mítines, Yakiri Rubí no se encuentra del todo bien. Incluso, está recibiendo tratamiento psicológico en la cárcel de Tepepan. Dice su padre que tiene altibajos; “nos prometió que no va a llorar pero ya sabemos que llora después. Las despedidas son difíciles. Llegamos y se alegra de vernos, y platicamos; son abrazos y convivencia, pero llega la hora en que se acaba la visita y viene el momento difícil”.

Si Yakiri Rubí es encontrada culpable de homicidio podría pasar de 20 a 60 años en la cárcel.

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Epilogo: Por mi barrio hablará mi rumba

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José Luis con playera

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A finales de noviembre, cuando la familia Rubio Beltrán no se imaginaba ni de lejos lo que le iba a pasar muy pronto, el Salsabrosón Tepis Company ofreció un baile en el Salón Los Ángeles. Rubí (como le gusta que la llamen sus amigos) participó como bailarina. José Luis muestra con orgullo la playera que diseñó para el evento, con distintas imágenes en contra de la violencia y un lema que dice: “por mi barrio hablará mi rumba”. Esto fue el 27 de noviembre. “Doce días después nos pega la violencia a nosotros”, dice, con tristeza, José Luis.

Afuera, la noche negra cae sobre Tepito.

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