ElsyyValeria

Valeria nació en Estados Unidos. Hija de padres hondureños, sus cuatro años de vida han sido cuesta arriba: un diagnóstico de parálisis cerebral que le impide tener control motriz y hablar; ataques epilépticos, y un problema en los tobillos que no le permite tenerse en pie.

Elsy Núñez es la madre de Valeria. No tengo detalles sobre el proceso de deportación de su familia, pero desde su regreso a Honduras, ella y su esposo buscaron alternativas para volver a Estados Unidos a buscar el mejor tratamiento para la niña; en Honduras no existe la tecnología y no cuentan con los recursos para ello. La familia emprendió el regreso, llegó a México, y buscó reingresar de manera legal por el cruce entre Nuevo Laredo, Tamaulipas, y Laredo, Texas.

Elsy se dirigió a las autoridades de inmigración para solicitar lo que en inglés se conoce como humanitarian parole, una visa humanitaria que le permitiera estar en el país acompañando a su hija, ciudadana estadounidense. La experiencia no sólo fue negativa, sino humillante.

–Vine tres veces al puente y siempre me regresaban, me insultaban –me dijo Elsy hace unos días en ese mismo cruce fronterizo.– Decían que mi niña no tenía derecho por ser hija de una ilegal. Me decían, “a ver, párela”, y yo les enseñaba que no puede caminar. Uno de los agentes me dijo que estaba fingiendo para meterme al país.

Ante la imposibilidad de ingresar de manera legal, el esposo de Elsy decidió cruzar sin documentos, empezar a trabajar allá, y reunir el dinero suficiente para luego mandar por ella y la niña. No fue posible: durante el cruce el hombre fue detenido, y como tenía un arresto previo, fue sentenciado a seis meses de prisión en una cárcel de inmigración. Elsy se quedó en la frontera mexicana sin dinero y sola con Valeria. Y así, el fin de semana pasado llegó a la Casa del Migrante Nazareth, un albergue que recibe a migrantes deportados o que necesitan un descanso en su marcha rumbo al cruce ilegal hacia Estados Unidos.

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El movimiento Dreamer en Estados Unidos tiene muchas manifestaciones, pero la más radical es la corriente encabezada por la Alianza Nacional de Jóvenes Inmigrantes, conocida como The NIYA. Los Dreamers son los chicos que llegaron a ese país siendo menores de edad, algunos incluso de meses de nacidos, llevados por sus padres de manera indocumentada. Han pasado su infancia y adolescencia como cualquier otro chico estadounidense, y cuando llegan a la mayoría de edad descubren que no pueden estudiar, trabajar, viajar o conducir un auto, porque no tienen documentos. Más aún: la posibilidad de una deportación a su país de origen, un país que no recuerdan, los pone en un nivel de vulnerabilidad extrema al enfrentar el riesgo de perder el único mundo conocido para ellos. Los Dreamers toman su nombre de la iniciativa de ley DREAM Act, que de ser aprobada regularizaría la situación legal de estos chicos. La ley fue presentada por primera vez ante el Congreso estadounidense en 2001, y hasta ahora no ha sido aprobada.

The NIYA lleva tres años realizando acciones de desobediencia civil –bloqueando calles en grandes ciudades, haciéndose arrestar en oficinas de políticos– para llamar la atención sobre el asunto, pero hace un mes dio un paso más adelante: reunió a nueve Dreamers mexicanos que tuvieron que salir de Estados Unidos debido a una deportación, o en busca de una alternativa para seguir estudiando, y con una asesoría jurídica impecable buscó su reingreso legal al país por la frontera entre Nogales, Sonora, y Nogales, Arizona, a través de la solicitud de un asilo político. A los chicos, quienes durante el cruce vistieron togas y birretes de graduados para poner de manifiesto su deseo de seguir estudiando –y para lograr un buen efecto mediático visual– les fue aceptada la solicitud –que debido al cuello de botella burocrático en las cortes de inmigración tardará entre cinco y siete años en ser procesada. Desde hace un mes viven en este país de manera legal, con un permiso temporal, en el país que consideran suyo.

Ante lo que hasta ahora consideran un resultado exitoso, los integrantes de The NIYA organizaron una segunda acción de regreso a casa para jóvenes Dreamers, esta vez treinta. En esta ocasión eligieron el cruce fronterizo de Laredo, y hasta ahí llegaron de distintos puntos de México, e incluso una chica de Perú, para preparase para el cruce. Los recibió la Casa del Migrante Nazareth.

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El lunes 30 de septiembre, cerca de las dos de la tarde, los habitantes de Nuevo Laredo presenciaron una escena surrealista. Una mujer hondureña, bajita, vistiendo una camiseta con la leyenda “indocumentado” –la prenda icónica de las acciones de The NIYA–, y caminando con decisión, encabezaba una fila india que atravesó el centro de la ciudad. Detrás de ella Marco, un chico vistiendo toga blanca y un birrete guinda, cargaba a Valeria, vestida de rosa. Tras ellos Jesús, un chico de toga y birrete negros, sostenía un paraguas también negro para cubrir a la niña del sol. Siguiéndolos en fila india, veintiocho Dreamers con togas y birretes multicolor, coreaban:

-¿Somos indocumentados?
-¡Sí!
-¿Tenemos miedo?
-¡No!
–¿A dónde vamos?
–¡Vamos a casa!

El caso de Elsy no había cambiado un ápice entre la última vez que pidió un ingreso a Estados Unidos y esta ocasión. El argumento era el mismo: una ciudadana estadounidense necesita atención médica que le permita recuperar calidad de vida, y por ser menor de edad requiere de la presencia de su madre. ¿En qué consiste la ciudadanía y sus derechos, en lo que establece un documento? ¿En el sitio de residencia, en donde se construye la identidad, en el criterio de un agente de inmigración? ¿Quién decide los límites de todo lo anterior? Al enterarse del caso de Valeria, los jóvenes que conforman a The NIYA tomaron una decisión: si parte de la estrategia para el reingreso de seres humanos consiste en “vender el producto”, y les ha funcionado bien, esta vez lo intentarían también con ella.

La fila se acercó a la garita y el grupo, acompañado por el abogado David Bennion, ingresó a las oficinas de inmigración. Ocho horas más tarde, del lado estadounidense, Elsy salía caminando con la ciudadana Valeria en brazos y con la tan ansiada visa humanitaria en su haber.

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